Cuando los gangsters venían de París

España se suma a los homenajes por el centenario del nacimiento de Jean-Pierre Melville, el director francés que reformuló el «noir».

Alain Delon y Jean-Pierre Melville en una imagen del documental «Melville, portrait en neuf poses», de André S. Labarthe
Alain Delon y Jean-Pierre Melville en una imagen del documental «Melville, portrait en neuf poses», de André S. Labarthe

España se suma a los homenajes por el centenario del nacimiento de Jean-Pierre Melville, el director francés que reformuló el «noir».

Después de todo no iba a morir. Había sobrevivido a la Francia ocupada, a una breve estancia en prisión en España, a la traumática huida de Dunquerke y al sol inmisericorde de África en la sección de Artillería de la 1º División de las Fuerzas de la Francia Libre, de donde se trajo para siempre un fervor gaullista que nada ni nadie pudo sofocar. Ahora, «bajo un fuerte fuego enemigo», en Italia, el 10 de mayo de 1944 –recordaba con precisión, tanta que se diría inventado–, Jean-Pierre Melville decidió que «puesto que sentía que la guerra estaba acabando y quizás no me mataran», dedicaría todos sus esfuerzos en adelante a cumplir su sueño: hacer cine. Lo había vislumbrado en una taberna de Belfort cuando, muy pequeño, asistió al milagro: se apagaron las luces, se descorrió una sábana, calló la parroquia y se hizo el movimiento. Aquello era el cine y lo puso en práctica a los seis años, con un tomavistas regalo del padre con el que capturó a toda su familia, judíos alsacianos de la mediana burguesía. Tras la guerra no haría otra cosa más que cine. Y no debió dársele tan mal para que estos días, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, tres instituciones como el Instituto Francés (con la proyección especial del documental «Sous le nom de Melville», de Olivier Bohler), y la Academia de Cine y la Filmoteca, con sendos ciclos, lo homenajeen.

Los hampones de Pigalle

Ahora regresemos a aquella taberna de Belfort. La película en cuestión, la primera en la vida de Melville, era «una de policías». Nuestro «flash back», por tanto, no es baladí. De aquella impresión y del París de pre-guerra (las putas, los chulos, los hampones de Pigalle), Melville acarreó una predilección por los tipos al margen de la ley. «Conocía a varios gangsters con los que se encontraba en la estación de St. Lazare –recuerda en el citado documental Rémy Grumbach, sobrino del director–. Los típicos chicos malos de París que han fracaso en los estudios y en todo. Sentía nostalgia por el Pigalle de antes de la guerra y estaba fascinado con ese mundo». El cine había tamizado su imagen del hampa. Cuando era un joven sin oficio ni beneficio, se pasaba las tardes en la sesión continua, viendo tiros en la pantalla. Cuando llegó a Londres en el 43, siendo ya un veinteañero que había cambiado su apellido (Melville, en honor a su escritor preferido) para unirse a la Resistencia, pasó toda su semana de permiso dentro de una sala: ¡27 películas! «Allí descubrí un cine americano que no conocía. Y no hablo de películas como ‘‘Lo que el viento se llevó’’. En Londres el cine y el mundo se tornaron nuevos para mí», recordaría.

El hampa y la guerra atraviesan toda su filmografía, desde piezas primerizas como «Bob el jugador» (1955) hasta su trilogía de madurez: «El silencio de un hombre» (1967), «Círculo rojo» (1970) y «Crónica negra» (1972), con la que llevó a la cima el «polar» francés. Sus gangsters tienen más de oficiales que de chicos del arroyo, ya sea en la contención marcial y la sujeción a unos valores propios como en su atuendo, aquellas gabardinas Burberry con las que se paseaban los mandos norteamericanos en el París liberado. Para él, el soldado era un monje y sus gangsters, samurais, tipos que conjugan la acción con la introspeción, que hacen de matar un arte y de morir una filosofía. En «El silencio del hombre», Melville coloca como epígrafe un fragmento apócrifo del «Bushidô»: «La profunda soledad del samurai solo es comparable a la del tigre en la jungla». Él mismo escribió aquella cita. En ella, él, tan misántropo pero tan honorable, se refleja a sí mismo.

En una entrevista de los años 60 solivianta al entrevistador con una declaración políticamente incorrecta, pero que mantuvo siempre: «Los mejores años de mi vida fueron los de la guerra. Es allí donde encontré hombres valientes dispuestos a morir. En la guerra es el único momento en el que la virtud del hombre sale a flote». Por eso, sus «héroes» viven apartados pero se atienen a la camaradería y al honor. Asesinan en silencio, pero no aprietan el gatillo sin respetar ciertos códigos.

Melville era considerado en los 60 el más francés de los directores norteamericanos y el más norteamericano de los directores franceses. Como los grandes de la Meca del Cine poseía su propio estudio y, según recuerda Bertrand Tavernier, que fue alumno suyo como lo fue Volker Schlöndorff, en filmes como «El confidente» (1962) «incluso el papel de pared y las ventanas son americanos». Pero él –que acabaría influyendo en cineastas de aquel país como Quentin Tarantino–, negaba la mayor: «¡Ya vereis lo que es bueno cuando haga cine americano!». Se lo dijo al crítico «cahierista» André S. Labarthe. Él, como sus colegas, fue consciente del papel precursor de Melville en la transformación del cine galo: «Estábamos fascinandos por Melville desde ‘‘Dos hombres en Manhattan’’. Era como nosotros, amaba las películas como nosotros y no había por entonces muchos cineastas como él. Por eso le consideramos el padrino de la Nouvelle Vague». Tanto es así que Godard, el gran pope del movimiento, se acordó de él en el filme que lo cambió todo: «Al final de la escapada» (1960). Allí, realiza un cameo en un cara a cara entre una periodista improvisada (la inolvidable Jean Seberg) y un escritor pagado de sí mismo, al que da vida Melville con sus características gafas oscuras y sombrero Borsalino. «¿Cuál es su máxima ambición?», le pregunta ella; «Hacerme inmortal y después morir», responde. Al final de aquel rodaje, Godard se acercó agobiado a casa de Melville. «Estoy desesperado, mi película es malísima», le dijo, a lo que Melville, tras visionarla, alegó: «Es cierto, es un desastre, pero mantenla así y será una revolución». Tampoco en eso se equivocó.

Alain Delon, el hijo que nunca tuvo

Eran tal para cual. Nadie como Alain Delon supo trasladar a la pantalla el hieratismo enigmático y la soledad de los personajes de Melville. Su mirada rellenaba las parcas líneas del guión. Aunque por sus manos pasó material de primera (Jean Paul Belmondo, Gian Maria Volonté, Yves Montad), con nadie como con él Melville se encontró a su gusto, manteniendo incluso una larga amistad. Delon es el protagonista de sus «Trilogía del samurai», con su gran éxito («El círculo rojo») y su fracaso más estrepitoso («Crónica negra»). «Podría haber sido el hijo de Melville, y él hubiera estado orgulloso», manifiesta el sobrino del director, Rémy Grumbach. Otros no tuvieron tanta suerte: Lino Ventura, protagonista de dos de sus cintas, las pasó canutas para intentar captar el personaje al gusto de Melville. Cada vez que buscaba orientación, el director se limitaba a gritar «¡Acción!».