CUP: La zapatilla independentista

Levantó la zapatilla y amenazó a Rodrigo Rato mientras le llamaba “gánster”. Era noviembre de 2013. Con aquella insólita imagen en una comisión de investigación fue como el resto de España conoció a David Fernàndez, diputado de la CUP (Candidaturas de Unidad Popular), famoso hasta entonces solo en Cataluña. Después, en diciembre de 2015, presenciamos aquellas asambleas que votaban si apoyar o no a Artur Mas como presidente, con empates amañados que escondían el nombramiento del tapado de última hora, Puigdemont. Luego vino la cesión de diputados para que cuadraran las cuentas; un cambalache al que, lamentablemente, también estamos acostumbrados en otros lares.

¿Qué es la CUP? En 2012 apareció en catalán la obra “Cop de CUP: Viatge d l’ánima i a les arrels de las Candidatures d’Unitat Popular”, escrita por Julià de Jòdar, y David Fernàndez, el hombre de la zapatilla, que ahora, por fin, aparece en castellano de la mano de la editorial Capitán Swing. En sus páginas vemos el perfil romántico, utópico y crudo de una especie de anarco-colectivismo posmoderno. No hay una construcción doctrinal, ni la referencia a grandes pensadores. Resulta más bien la amalgama de conceptos vagos que construyen un argumentario circular y sentimental. Su “ADN político” es la “izquierda independentista, anticapitalista y feminista” (p. 10) basada en eso tan español como es el municipalismo (de hecho; fue una de las bases del franquismo). La idea es, según dijeron sus diputados al aterrizar en el Parlament: “¡Hemos venido a impugnar el régimen!”. Ya, pero, ¿de dónde vienen?

La Transición fue para ellos una traición a las luchas populares. El abandono de la Asamblea de Cataluña por los partidos para competir en las elecciones de 1977 dio origen a las candidaturas de unidad popular. Sus referentes históricos son, entonces, la Candidatura d’Unitat Popular pel Socialisme y, por supuesto, Herri Batasuna (“Unidad Popular”, en euskera) fundada en 1978 (p. 33). Enemigos de los partidos y de la profesionalización de los políticos, se erigieron en defensores del movimiento vecinal. De ahí que digan que su legitimidad procede de la calle, o que su lenguaje y vestimenta sean lo más “popular” posible. Esa concordancia entre palabra y aspecto -política de imagen- asegura la eficacia del mensaje.

A mediados de los ochenta el movimiento se batasunizó contra “España” y el pujolismo: algaradas callejeras, enfrentamientos con la policía y justificación del terrorismo, como expresiones del movimiento sociopolítico contra la “violencia estructural”(p. 49). Despreciaron la vía pacífica de ERC y reforzaron el vínculo con el “independentismo de combate”, el de Terra Lliure y Catalunya Lliure, al modo de Batasuna y ETA. Pero no podían ganar en campo electoral abierto, por lo que idearon otra estrategia: el municipalismo independentista. En realidad es la resurrección de la utopía colectivista de comunidad de bienes y moralidad popular, para la protección de sus miembros de los avatares de la globalización y la competitividad del mundo moderno. Es la típica utopía totalitaria de reconstrucción de la comunidad imaginada sobre unos valores únicos e impuestos, que marginan de la sociedad a los que piensan de forma distinta.

La CUP ideó así reventar el sistema desde el marco local, tomando el poder a través de los movimientos sociales para imponer una “democracia popular”; es decir, nacionalista y socialista, de control público de la economía, la vivienda, la alimentación, la educación y la cultura. Editaron en 2001 un “Manual de Lluita Municipal” donde se dan instrucciones para posicionarse, penetrar en los movimientos locales, extender el asambleísmo, y canalizar todas las demandas vecinales hacia un culpable -el pujolismo unido al Estado español-, y una única solución -la independencia socialista-. El mecanismo es la asamblea popular, lugar propicio para los demagogos organizados. Los cuperos agitan el populismo clásico hablando de “gobierno de la gente”, “puertas giratorias” y de “democracia de baja intensidad” (p. 133), porque la riqueza está mal distribuida y no existe el “derecho de autodeterminación”. También repiten el típico imperialismo catalán, y hablan de “Països Catalans”. Y tienen como modelo a Otegi, al que glorifican, y a la izquierda abertzale (pp. 277-282). La agitación, la propaganda y el activismo, junto al declive de los partidos tradicionales y la crisis, permitieron el avance de la CUP como alternativa y castigo a lo existente. Dio resultado: subieron desde las municipales de 2003, entraron en 2012 en el Parlament y crecieron en 2015.

La CUP, tal y como se muestra en esta obra, es una máquina propagandística que se ha arrogado la voz del pueblo. Es una fábrica de eslóganes que resultan eficaces entre gente antisistema e infantil: “Sabotear Matrix; nosotros hemos elegidos la píldora roja” (Jordi Martí Font), “Un ejército de topos” (Jordi Navarro), o “Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar” (Anna Gabriel). Por eso el libro termina diciendo, como si fuera un rap: “Nos vemos en la calle: donde todo empieza, acaba y vuelve a empezar siempre”.

* Profesor de Historia en la UCM