Darín: «Envidio a los que se atreven a mandar a cagar a todos»

El actor argentino inaugura el festival de San Sebastián con «El amor menos pensado», una película sobre «el amor o lo que sea, pasados 20 años», y tras haberse defendido de acusaciones de «maltrato» profesional

Ricardo Darín (izda.) y Mercedes Morán (dcha.), ayer, en San Sebastián, donde inauguraron Zinemaldia con «El amor menos pensado»
Ricardo Darín (izda.) y Mercedes Morán (dcha.), ayer, en San Sebastián, donde inauguraron Zinemaldia con «El amor menos pensado»

El actor argentino inaugura el festival de San Sebastián con «El amor menos pensado», una película sobre «el amor o lo que sea, pasados 20 años», y tras haberse defendido de acusaciones de «maltrato» profesional.

Marcos, que no es otro que Ricardo Darín en «El amor menos pensado», la cinta argentina que inauguró ayer la sección oficial del 66 Festival Internacional de Cine de San Sebastián, hace «jogging» con un amigo por un parque, entendemos que porteño. Hablan de sus matrimonios, los hijos idos al extranjero, la vida... Hablan «de hombre a hombre», como en el poema de Gil de Biedma, y llegan a la conclusión de que sí, de que todo en torno a los 50 sabe a masticado pero, viste, hay que resignarse con lo que uno tiene. El amigo se gira y pregunta: «Decíme, ¿qué cosa funciona bien después de 25 años?». Desde luego, no, o no como antaño, el matrimonio de Marcos (Darín) y Ana (Mercedes Morán), abocado a tomarse un respiro en la comedia debut de Juan Vera.

La mella del tiempo

Pero es que, realmente, «de hombre a hombre», ¿qué cosa funciona bien después de 25 años? Ni siquiera (y ya es decir) la reputación de Ricardo Darín, durante décadas el yerno perfecto de Argentina, el hombre que todos soñaban como presidenciable o al menos el tipo con el que te irías de cañas. «Todo está en movimiento, nada está garantizado», asegura el actor de 61 años desde la terraza del hotel María Cristina. Y habla del matrimonio de Marcos y Ana, de la mella que hace el tiempo en todo lo que existe, pero probablemente piensa en sí mismo. No es un asunto cómodo para Darín («llevo tres meses lidiando con esto y es muy fuerte», dice), aunque no esquiva la conversación. El pasado junio, Valeria Bertuccelli le acusó de «maltrato» durante la obra teatral que compartieron hace cinco años. Con la espiral delatoria del #MeToo candente –aunque este caso no tenga cariz sexual–, la vaga acusación de la actriz despertó las alarmas en Argentina. ¿¡Que Darín hizo qué!? A día de hoy sigue sin saberse lo ocurrido, pero para muchos qué importa...

–¿Siente que esta polémica ha empañado la buena imagen que tiene en su país desde hace décadas?

–Sin duda. Esa es una mancha que difícilmente me pueda sacar de encima, es como una nube abstracta que me acompañará, porque no hay una acusación formal ni concreta. No quiero entrar en el juego de tener que defenderme. Es una cuestión privada entre colegas y es un error que cuatro o cinco años después tome cariz público. Las discusiones entre colegas no pueden llevar necesariamente a que le «cagues» la vida a una persona y hacerle defenderse de una abstracción. En estas cosas los detalles son importantísimos. Reconozco que alguien se haya podido sentir ofendido o maltratado, pero me cuesta aceptarlo porque sé cómo trato a la gente, pero entiendo que alguien se pueda sentir mal y he pedido disculpas a menudo. Y aun eso es malinterpretado, como me ha sucedido.

Darín es un tipo amigable por convicción: «Soy de los que siempre ha lidiado para que la sangre no llegue al río». Pero a veces la vida lo ha llevado a querer contradecir su propia naturaleza: «A veces siento envidia por aquéllos que mandan a cagar a todo el mundo y dicen: ''esto es una mentira o un bochorno'', pero yo no me atrevo por mi representatividad pública. Admiro al que no le importan las consecuencias».

Personajes oscuros

Por suerte, a pesar de polémicas y hasta de la reciente muerte de su madre, San Sebastián siempre ha mostrado una adhesión y un cariño inquebrantables hacia Ricardo Darín. Cinco veces, con cinco películas, ha venido, una de las cuales, «Truman» (2015), le valió la Concha de Plata al mejor actor «ex aequo» con Javier Cámara. En 2017 regresó para recoger la mayor distinción del festival, el Premio Donostia. Entre medias de esos dos años, este intérprete acostumbrado a lidiar con papeles de tipo honesto y simpaticón, a veces superado por las circunstancias o errado pero siempre con un poso entrañable y empático, vio cómo el cine argentino explotaba de repente su «lado oscuro». De ahí surgieron «thrillers» como «Capitán Kóblic», «Nieve negra» y «La cordillera»: «Afortunada o desgraciadamente, a partir de un determinado momento me plantearon ese tipo de personajes oscuros, con problemas, controvertidos... Cuando algo funciona en este oficio hay una tendencia a hacerte repetir la fórmula anterior y si uno no está atento puede caer. Necesariamente terminas encasillado». Un año, dice, hice de abogado en hasta 4 películas. Con «El amor menos pensado» regresa a ese Darín de las comedias románticas, esta vez con el regusto amargo de las rupturas sentimentales. Una cinta sobre la mediana edad, para todos los públicos, con la enseñanza de que el amor a los 20 no es equiparable al «amor o lo que sea» filtrado por los años.

Llega el momento en que Marcos y Ana, con la crisis del «nido vacío» en marcha (el hijo acaba de mudarse a España), descubren que el cariño y la complicidad no suplen el estimulante vértigo a lo desconocido y el ansia de aventuras de antaño. Civilizadamente, pactan una ruptura y se lanzan en brazos ajenos. Marcos hasta cae en las garras de las aplicaciones de citas para teléfonos.

–¿Se imagina usted (Dios no quiera que se divorcie) en Tinder a los 60?

–Ni como persona ni como personaje público podría. A mí me da mucha tristeza este tipo de relaciones sociales, me sugiere una gran imposibilidad de conexión y vinculación con los demás. Soy de los que creen que es mejor el cara a cara que las redes sociales, aunque huela a anacrónico. Aunque según tengo entendido, a algunos les va muy bien...

Como a él con el Festival de San Sebastián, que no hay «match» que se le resista.