El escritor que nunca se fue de la Alcarria

El centenario del nacimiento del premio Nobel de Literatura coincide con los 70 años en que viajó por esta tierra. El libro que escribió es un clásico de las letras españolas, pero esa tierra ha cambiado y ya no es la misma que él visitó en 1946 con un morral al hombro

Cela terminó su recorrido en Zorita de los Canes, una población dominada por las almenaras de su castillo de origen árabe. Cerca está la ciudad visigoda de Recópolis
Cela terminó su recorrido en Zorita de los Canes, una población dominada por las almenaras de su castillo de origen árabe. Cerca está la ciudad visigoda de Recópolis

Hace setenta años, el Premio Nobel de Literatura describió en su primer libro de viajes esta tierra castellana. Entonces era una región marcada por la pobreza y la posguerra.

Hace 70 años, entre el 6 y el 15 de junio de 1946, Camilo José Cela emprendió, un pasito tras otro, su primer viaje por la Alcarria, ese país, como él lo llamó, «al que a la gente no le da la gana de ir» y que menos miel «tiene de todo: trigo, patatas, cabras, olivos, tomates y caza». Entonces era un escritor joven espigado, enjuto, con el cabello repeinado hacia atrás igual que un torero gallardo y que todavía no había cogido más arrobas de la cuenta en la cintura. Se lanzó a vagar por esas tierras trabadas de monte y senderos provisto con un morral, unas mudas, un sombrero para protegerse del sol, un par de cueros como botas para hollar los repechos y saltar las peñas y los regatones, y un buen puñado de voluntad como bastón para mantenerse firme, con temple, ante las desventuras, reveses y fortunas que sirviera el camino. Ese periplo, en el que no sucede nada, más que el monótono acontecer diario, se convirtió en un éxito imprevisto –es probablemente su libro más leído junto a «La colmena» y «La familia de Pascual Duarte»– y cambió la manera de hacer y trabajar los libros de viaje que, según refirió él mismo, era una de las deudas pendientes que permanecía en nuestra literatura. A este primer vagabundeo siguieron después otros igual de interesantes, pero que no han disfrutado de tanta aceptación, como «Viaje al Pirineo de Lérida», «Judíos, moros y cristianos», «Del Miño al Bidasoa», «Primer viaje andaluz» y «Nuevo viaje a la Alcarria», una obra que ha dejado una profunda huella en las ciudades por las que pasó y en la imaginación de aquellos que los leyeron.

Cuando esa madrugada partió del domicilio que tenía en la calle Alcalá de Madrid, la posguerra todavía formaba parte de la realidad española. Y esa geografía dura, aunque de vecinos afables, que él se disponía a redescubrir permanecía timbrada aún por el eterno mugido del ganado, el crujir de los carromatos, el sonido de las yuntas, el balido de los chivos y el gruñido de las bestezuelas montaraces que se crían entre los quejigos y las encinas. Las vaguadas y repechos estaban frecuentados por chamarileros, con sus alforjas y baúles repletos de baratijas roñosas, buhoneros de malvivir, pastores de mala catadura, pero de buen corazón, y niños desconfiados, de rapaces huidizos, como las raposas y las garduñas que frecuentan los matorrales, que miraban con desconfianza a los extranjeros, los desconocidos y la Guardia Civil. La siembra se araba con animales de tiro y las aldeas, misérrimas, de rúas pinas y polvorientas, formaban un entramado de callejas y casas de madera y adobe que apenas se separaban del trazado que le habían dado los siglos hace ya muchos siglos.

Camilo José Cela todavía no era CJC, ni siquiera un premio Nobel ni el controvertido personaje público que salía en anuncios de televisión. Sólo un novelista que iba fraguando una obra que ya despuntaba, que sobresalía sobre la medianía, con un estilo que iría depurando página tras página. De la sombra de ese escritor airoso, con el rostro aún limpio de los estragos de la edad, queda muy poco hoy en día y son contadas las almas que todavía pueden evocar su paso fugaz por las aldeas. La memoria de la Alcarria va perdiéndose con cada generación y la que sobrevive es la de la juventud, la de esos que conocieron al autor de «Marzurca para dos muertos» cuando llegó en un rutilante Rolls Royce conducido por una «choferesa» negra vestida de blanco. El paisanaje, con su humor sano y sus mordacidades, recuerda mejor la esbelta figura de la conductora que la del insigne fabulador.

–Yo lo vi cuando vino con la negrita. ¡Que vaya tipo tenía!

No es ocasional ni infrecuente toparse con esta respuesta en la actual Alcarria, una tierra muy distinta a la que recorrió Cela en su primera vuelta por ella. Todo ha cambiado, empezando por el tren que él cogió para desplazarse desde Madrid hasta Guadalajara. Ese viaje en vagón de tercera, lleno de trabajadores, donde se tentaba a la suerte con un juego de azar y los pescadores iban con sus cañas, es una estampa que, ciertamente, pertenece a otra época. El AVE le ha robado muchos pasajeros al cercanías que discurre por esas mismas vías y que avanza con el pasaje sumido en el silencio y que cuando se detiene en su destino final se encuentra prácticamente vacío, salvo por un ciclista y una decena de hombres y mujeres.

Los paisajes que describió el escritor no existen o han cambiado totalmente. El Palacio del Infantado ya no es un ruina, sino un edificio bien plantado y restaurado, un monumento de cumplida visita para el turismo, que se ha convertido en una de las fuerzas motrices del porvenir en la provincia. Tampoco sobrevive el bar donde se detuvo a desayunar ni la albardería donde compró un aparejo para la caballería que grabó, con letra de pendolista, un niño que él llama Luisito (aunque Cela aquí se equivocó, ya que no era ese el nombre del chaval). En el primer caso, queda un hueco donde pueden atisbarse tres arcos antiguos y, en el otro, ya es una estructura dirigida a acoger en su interior pisos. El siguiente pueblo que visitó, Taracena, queda muy cerca, casi a un tiro de piedra, de los ensanches urbanísticos de la capital. La aldea, con su fábrica de caolín, ha inaugurado estos días una placa para celebrar el paso del viajero –el mítico personaje que Cela inventó en este libro y que muchos tan tomado después para escribir sus aventuras–. Quedan pocas casas tradicionales de las que él pudo contemplar en 1946, pero, eso sí, dejó un recuerdo muy vivo en la población cuando regresó por allí con su Otelinha.

El cambio más grande en la ruta de Cela, que la Diputación de Guadalajara, la Universidad de Alcalá y la iniciativa particular de Laura Domínguez, están intentando relanzar, proviene de la irrupción de las carreteras en el paisaje. Lo que antes se hacía andando, en fatigosas jornadas, ahora se recorre en quince minutos o media ahora al volante. Este paisaje de vehículos rodados merma el encanto y va revelando el impacto de la modernidad en la comarca. Cela tiró andando hacia Torija –que le ha dedicado un amplio museo ilustrado con fotografías, textos manuscritos y otras curiosidades–. El futuro Nobel no tardó en acercarse a un hombre que llevaba un carromato. Ese encuentro le aliviaría algunas fatigas en un recorrido tan largo y que va tornándose en una dura cuesta. Ahora, ese paseo discurre por huertas abandonadas o particulares, entre verdes campos de cebada infestados de garrapatas, como advierte uno, y en sus lindes no se ve un alma, salvo algún perro ladrador o el coche ocasional de un paisano que va dando cumplida cuenta de sus faenas. Es un camino silente, pesado, herido por la irrupción del motor a combustión.

Muchos de los viejos caminos de la Alcarria que Camilo José Cela recorrió un pie tras otro, solo y en silencio, o acompañado y metido en buena conversación, están abandonados. Esos senderos –frecuentados por pastores, gentes de labranza y tratantes de bestias; que cruzaban valles y colinas, y remontaban promontorios y tesos; que se abrían paso a través de las hazas y los prados, que orillaban trigales, olivares y boyales– han quedado desfigurados por la falta de caminantes y hoy permanecen cubiertos por un tupido verde hecho de maleza, aliagas o hierbas espinosas, como sucede al descender desde El Olivar a Durón o en el tránsito empinado y duro que el escritor eligió para ir desde Pareja hasta Casasana. Otros, los que iban pegados a una lengua de tierra, que discurrían airosos bajo el cielo, sin meterse en demasiadas fragosidades boscosas, están ya sepultados bajo el alquitrán de unas carreteras de doble dirección, un pormenor que obliga al viajero a avanzar por el arcén. Para ir de Torija a Brihuega, antes un sendero generoso, por el que ya circulaba en tiempos del viajero algún que otro autobús, ya no queda más remedio que pegarse a un lado de la carretera y contemplar cómo los vehículos hacen en veinte minutos lo que el caminante tardará dos horas en completar, y si va animoso, con buen ritmo y sobrado de fuerzas.

Una de las mayores alteraciones del itinerario procede de la presencia del embalse de Entrepeñas, que todavía no se había construido cuando el novelista se adentró en la Alcarria y que ha alterado la red de caminos que él usó. Un inconveniente que obliga al paseante actual a retomar la senda desde puntos distintos a los originales. Un rodeo que los caminantes sienten en las piernas, o la espalda si el sol aprieta y no se ha madrugado.

Pero la ausencia más notable es la falta de fauna autóctona, de los animales domesticados por el hombre para faenar y sacar hacia adelante las obligaciones y deberes que impone el labrantío.

El propio Cela hizo a pie, sin quejarse, descansando cada legua y echando un trago de vino fresco de una bota para suavizar la garganta, algunos tramos de su viaje, pero, en otros, acomodó sus santas posaderas en el interior de un carro, descargó su mochila en un burro o avanzó subido en otro, ya se llamara Lucero o Gorrión. Estos animales, antes presentes en todas las aldeas de la región, escasean y, salvo en Taracena, donde un hombre conserva una pareja, Paqui y Pujol, dos rucios simpáticos, que se usaron en el rodaje de algunos capítulos de «Juego de tronos», ya no se ven estas monturas –salvo en Cifuentes: allí, por una actividad cultural, se trajeron una mula y un burro–.

Del primer viaje, el que Cela hizo en 1946, queda poco o muy poco. Los pueblos se han modernizado. Alguno, como es Brihuega, cuenta con un Spa –es el hotel Spa Niwa–, que atrae muchas visitas y que de existir en los tiempos del caminante, es muy probable que Cela no hubiera dado un paso más y hoy no existiera su libro. El patrimonio derruido se ha restaurado y ahora forma parte del eje turístico y cultural de la provincia. Es el caso del Palacio del Infantado o del monasterio de Monsalud, en los arrabales de Córcoles, que ahora acoge exposiciones. Quedan cuentas pendientes, como la excepcional y hermosa fábrica de paños de Brihuega, que, aunque se ha restaurado su jardín, se está dejando morir, ante la alarmante inacción de las instituciones. Cela ya advirtió del estado de ruina en que se encontraba este bello conjunto y las cosas no han cambiado demasiado desde entonces, lo que no dice mucho de las autoridades y propietarios correspondientes.

La Alcarria de ese primer viaje sólo puede rastraerse en el interior de algunos pueblos, que, afortunadamente, ya están muy cambiados y transformados, y gozan de ventajas que antes no tenían. Pero la memoria que dejó el viajero a su paso tampoco se conserva. El vecindaje que lo trató y conversó en esa época ha muerto o está tan mayor que sólo recuerdan su paso vagamente. Alguna anciana menciona que lo vio en un soportal y que contaba cuentos a los niños que se juntaban a su alrededor; otra refiere que llegó vestido con polainas y con un pantalón caqui, con un pantalón del ejército, de tiempos de la guerra. Pero, en la mayoría de los casos, lo que pervive es la huella de su segundo viaje, cuando se paseó por la zona a bordo de un cochazo de lujo y con una conductora negra que vestía de blanco. Hay, incluso, quien no se acuerda ni siquiera de él, pero que habla bien, y con todo tipo de detalles, de esta compañía femenina.

La presencia del escritor en la Alcarria todavía es muy fuerte, pero las opiniones que despierta su nombre son desiguales y variadas según la persona que se escoja para hablar. Hay quien muestra una profunda indiferencia hacia él y hasta dejan la impresión de que se vanaglorian de no haber leído su libro, lo que no deja de sorprender, debido, sobre todo, a que es un Premio Nobel y uno de los escritores, en nuestro país, de pluma más clásica y acertada. Otros, simplemente le desprecian por sus comentarios, sus modales y sus incorrecciones, aunque le están agradecidos por haber puesto la Alcarria en el mapa. Los demás, hablan bien de él, lo tienen en consideración y aprecian el beneficio que les ha traído ese libro –aunque en el fondo, muchos de ellos, preferirían que abrieran una fábrica en su pueblo que procurara puestos de trabajo–.

El escritor, como todo escritor, aderezó la realidad con un poco de ficción, que, por algo, lo suyo era literatura y no un cronicón, un documento oficial ni un ensayo antropológico sobre estos lares. Exageró esto y aquello, y no hay uno ni dos que le excusan por haberlo hecho, y dicen que eso es propio de intelectos volcados en la fabulación y la alquimia de las palabras. En Pareja, Cela dijo que un chico le meó encima, algo que no es cierto; también señaló que pidió un cigarrillo a un hombre y que se lo fumó con él, mientras hablaban, algo que también es incorrecto debido, sobre todo, a que la persona que menciona en su obra sufría de parálisis cerebral, lo que le impedía, entre muchas cosas, eso de apurar un pitillito. Pero donde el escritor montó un lío fenomenal fue en Budia, la aldea, según dicen, donde fue a parar a la cárcel, como él mismo menciona en la carta-prólogo que dirige a Gregorio Marañón. Existen versiones de toda clase. Hay quien dice que el alcalde de entonces, un tal Demetrio, que goza de bastante mala fama y que debió mandar a la trena a más de uno, según cuentan por allí, lo vio tirado en unos soportales con una barba larga, de varios días, y ese aspecto de persona montaraz, y ordenó que lo metieran en el calabozo hasta que se supiera quién era ese individuo; otra versión asegura que lo confundieron con un maquis y, ante la imposibilidad de que se identificara, le ofrecieron acomodo en una celda, y, la versión más amable, asegura que, en realidad, para que no durmiera a la intemperie, el regidor le puso a mano la piltra destinada a los reos. Cela aseguró que lo metieron a propósito. El problema es si hay que fiarse de lo que dice un escritor.

La ruta que se une a la del Cid y a la de Santiago de Compostela

Hace unos años, Laura Domínguez se propuso revitalizar el camino que recorrió Camilo José Cela en la Alcarria. Una propuesta que pretende atraer el turismo y unirse a otras rutas que ya pasan por la zona, como la del Cid o la de Santiago. Este año, centenario del escritor, ha traído a varios estudiantes procedentes de diferentes países del mundo para que conozcan el paisaje y los pueblos que el premio Nobel describió en su libro. Esta iniciativa, que este año ha contado con el impulso y el espaldarazo de la Diputación de Guadalajara, puede suponer un buen apoyo a la región, que necesita de más inversión y atención para afrontar con optimismo el futuro. Ante la falta de fábricas que empleen a los jóvenes y de otras infraestructuras que den trabajo, el turismo que pueda acercarse a estos pueblos supone una fuente de ingresos nada despreciable y una manera de promocionar la región.