Cultura

El Gobierno socialista y republicano que ideó José Antonio en la cárcel

Lo concibió durante su encierro en Alicante y proponía que lo conformaran Martínez Barrio e Indalecio Prieto, entre otros.

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José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, conservaba entre sus papeles privados un manuscrito de su puño y letra con el nombre de los miembros de un gobierno de concertación nacional, a iniciativa suya, para zanjar las discordias civiles. Redactado en la cárcel de Alicante, mientras aguardaba sin saberlo aún su ejecución ante un pelotón de fusilamiento, el documento revela que su autor desconocía lo que sucedía al otro lado de los muros de la prisión; por ejemplo, que Melquíades Álvarez, a quien proponía como ministro de Justicia, había sido asesinado junto con su hermano Fernando en la cárcel Modelo de Madrid. Adviértase también cómo el líder falangista confiaba la presidencia de ese gobierno a Diego Martínez Barrio, a quien el triunfo del Frente Popular en los comicios de febrero de 1936 catapultó hasta la presidencia de las Cortes republicanas. El mismo Martínez Barrio que sucedería a Manuel Azaña como presidente del Gobierno de la República en el exilio al término de la contienda civil. Hallé este documento en diciembre de 2011, mientras deshacía por gentileza de Miguel Primo de Rivera y Urquijo, sobrino y ahijado de José Antonio, la maleta que Franco buscó infructuosamente desde que el ex ministro socialista Indalecio Prieto –a quien el fundador de Falange adjudicaba la cartera de Obras Públicas–, la depositó en una caja fuerte del Banco Central de México, poco después del fusilamiento de José Antonio. En enero de 1977, recién inaugurada la transición política en España, Miguel Primo de Rivera recibió las llaves de la caja fuerte de manos de Víctor Salazar, miembro destacado del Partido Socialista y albacea testamentario de Prieto. Fue entonces cuando Miguel Primo de Rivera, con sorpresa y estremecimiento, se convirtió en custodio de los objetos y documentos póstumos de su padrino José Antonio. El destino quiso que, concluida ya la investigación plasmada en mi libro La pasión de José Antonio, con diez ediciones hasta hoy, sintiese gran excitación al deshacer la maleta de piel de vaca, de 64 centímetros de largo por 32 de ancho y número de serie 622 ante la mirada emocionada de su custodio. Al examinar el documento que reproduje ya en alta resolución junto con otros de gran valor también en mi opúsculo La maleta de José Antonio, ofrecido con La pasión de José Antonio, advertí que el líder de Falange, en su afán por acabar de una vez con los enfrentamiento civiles, tuvo la generosidad de asignar la cartera de Gobernación a Manuel Portela Valladares, presidente del Consejo de Ministros durante la Segunda República; la de Instrucción Pública, al filósofo José Ortega y Gasset; y la de Trabajo y Sanidad a Gregorio Marañón, de quien su hermano Fernando Primo de Rivera fue discípulo predilecto en la Facultad de Medicina. La «autopsia» de la maleta de José Antonio me dio la oportunidad histórica de palpar al fin el mono azul de miliciano tal cual lo dejó el condenado antes de partir hacia el patíbulo. Igual que las camisas bordadas con sus iniciales y el escudo del marquesado de Estella, el vaso de plomo y la cucharilla que utilizó en su inmunda celda, las gafas de carey hechas añicos con los cristales sin aumentos para la lectura, o la estilográfica con la que redactó su testamento ológrafo y las cartas de despedida a familiares y amigos. Entre sus papeles, localicé el telegrama de amor rubricado, de forma enigmática, por «Elizabeth»: Elizabeth Asquith, hija del primer ministro británico Herbert Asquith, casada con el diplomático rumano Antoine Bibesco.

Correspondencia íntima

Busqué afanosamente otras pruebas de sus conquistas sentimentales, aun sabiendo que muchas cartas de amor habían sido destruidas por deseo de José Antonio para evitar tal vez comprometer la reputación de alguna mujer casada. Sin ir más lejos, Luis Amérigo Castaño, primo nonagenario de Federico Amérigo, secretario del Tribunal que «juzgó» a José Antonio, me contó que éste trabó amistad con él pese a su ascendencia socialista. Hasta el punto de pedirle que retirase del sumario la correspondencia íntima con algunas mujeres alegando que nada aportaban a la causa por rebelión militar, a lo cual Amérigo accedió sin consultar al juez Federico Enjuto. Pese a su propuesta de gobierno de concertación y a esta última confidencia, José Antonio sigue siendo etiquetado como líder fascista. Pero ahí están los documentos, sin los cuales es imposible escribir la Historia, con mayúscula, sin fiarse sólo de la memoria, que a veces traiciona.

CADÁVER RECONOCIBLE

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Luis Amérigo me confesó también que José Antonio Primo de Rivera pidió a Federico Amérigo, secretario del Tribunal, «que le acompañase en el momento de la ejecución, a lo que mi primo se negó por falta de valor». Sí dispuso en cambio, que al cadáver de José Antonio se le colocase boca abajo en la fosa común para facilitar su futura identificación. «En efecto –concluía Luis Amérigo–, meses después de su fusilamiento una comisión extranjera, ante los rumores de que el jefe de la Falange no había sido ejecutado, logró que se abriera la fosa, y allí se encontró decúbito prono a José Antonio». A esas alturas, el gobernador civil de Alicante, Valdés Casas, y Ramón LLopis Agulló, a quien llegó a confundirse con el líder socialista Rodolfo Llopis por su firma «R. Llopis», habían rubricado la orden de ejecución contra José Antonio.