Elmyr de Hory: cómo falsificar un Picasso sin saber pintar

Un ensayo sobre el personaje más enigmático del arte del siglo XX, retratado por Orson Welles en «Fraude», lanza la hipótesis de que el húngaro no pintara las casi de 1.000 falsificaciones que se le atribuyen.

El pintor, imitador y falsificador Elmyr de Hory fotografiado junto a algunas de sus «creaciones»
El pintor, imitador y falsificador Elmyr de Hory fotografiado junto a algunas de sus «creaciones»

Un ensayo sobre el personaje más enigmático del arte del siglo XX, retratado por Orson Welles en «Fraude», lanza la hipótesis de que el húngaro no pintara las casi de 1.000 falsificaciones que se le atribuyen.

Cuentan que Alejandro Dumas tuvo 63 negros. En el funeral de uno de ellos se le acercó un joven y le dijo: «Ahora tenemos que ponernos a trabajar, señor Dumas». «¿Y usted quién es?», le espetó el escritor. «¿Quién voy a ser? El negro de su negro». No es cierto que la mentira tenga las patas muy cortas, porque de hecho no está garantizado que solo tenga dos patas. Como la verdad, posee infinidad de caras, algunas tan parecidas a las reales que ni siquiera se pueden disociar. Por eso tampoco es posible, con certeza, saber qué hay detrás de la figura, tremendamente atractiva, de Elmyr de Hory, considerado un genio de la pintura por su hablidad para imitar y falsificar a los maestros de la Escuela de París.

La teoría dice que en la segunda mitad del siglo XX, este húngaro de raigambre desconocida, que se ocultó bajo decenas de seudónimos en el puñado de países en los que residió, llenó un mercado del arte en clara inflación de falsos Picasso, Matisse, Chagall, Dufy, Cézanne... Pintaba con idéntica maestría que aquellos y otros compraban por cifras con varios ceros obras que, en muchos casos, acabaron en pinacotecas de renombre. Tan hábil era en lo suyo que a día de hoy, supuestamente, existen falsificaciones de Elmyr colgando de las paredes de museos. Incluso, seducido por su vida aventurera y enigmática, el mundo del arte le ha dedicado exposiciones propias bajo la premisa del plagio como una de las bellas artes. Hasta ahí los hechos aceptados por la generalidad, lo que usted encontrará a un clic de Wikipedia. Pero, ¿y si todo fuese mentira? Un fraude sobre el propio fraude, como el negro del negro de Dumas.

Orson Welles, fascinado

Las investigaciones de Diego Feliu, periodista que ha dedicado dos años y medio a averiguar la verdad sobre De Hory y que acaba de publicar «Desmontando a Elmyr» (Sloper), arrancan por el final: el último año de vida del húngaro y su extraña muerte por sucidido en Ibiza, en 1976. El (presunto) pintor llegó a la isla pitiusa a finales de los años 50 (presuntamente) después de un fracasado inicio en el arte en París y una gira por Estados Unidos. En Ibiza, este distinguido homosexual, condición por la que sería detenido en una ocasión en España, que usaba monóculo y afectaba ser de una familia de rancio abolengo, se hizo un hueco en la «jet set»: Ursula Andress, Natalia Figueroa o Carmen Martínez-Bordiú se contaban entre sus amistades. No había fiesta en la que no estuviera Elmyr, al final de su vida acompañado por su jovencísimo amante, Mark Fogy. Ataviado como un dandy, se paseaba por la isla seguido por el murmullo de los locales. Y es que, desde principios de los 70, era conocido en el mundo entero gracias a una biografía de Clifford Irving sobre él que daba las claves de su trabajo como falsificador y que Orson Welles usaría poco después como material del documental «Fraude» («F for Fake»). Lejos de molestarle, le adulaba ser comparado con los grandes maestros y cultivó convenientemente la fama de genio de la pintura en entrevistas para Prensa y televisión. «Ser considerado el más famoso falsificador de obras pictóricas de todos los tiempos (...) le abrió, por morbo y transgresión, las puertas de algunas galerías de arte de España», añade Feliu.

Pero, según el periodista, el mito del húngaro se asienta sobre aguas movedizas. Para empezar, la biografía de Clifford sería «pura invención de Elmyr que su amigo supo transcribir literariamente». Ambos se conocieron en Ibiza por una amiga en común, amante del escritor. Un autor que, por lo demás, fue condenado a prisión años después por una biografía del magnate Howard Hughes en la que falseó datos. Posteriormente, este material le llegaría a Orson Welles vía un documentalista francés, amigo de De Hory. El cineasta no estuvo, por lo demás, interesado en conocer la verdad del asunto en «Fraude», sino que, apasionado del birlibirloque y el engaño (como ya demostró precozmente en su transmisión radiofónica de «La guerra de los mundos»), asumió la tesis y se llevó el caso a su terreno. Por lo tanto, las fuentes más autorizadas sobre De Hory están manchadas de origen.

Nunca se ha llegado a comprobar que el presunto artista tuviera taller en París ni en Ibiza ni en cualquier otro lugar. Es más, Feliu, que entrevista a personas que le conocieron, da por hecho que nadie le vio pintar más allá de las «pantomimas» que hizo para televisión lanzando trazos al modo de Picasso. En cambio, sí que hay evidencias documentales de que había sido condenado en dos ocasiones en su juventud por emisión de cheques sin fondos, falsedad, estafa, ocultación y malversación. Añade Feliu: «Había sido un precoz falsificador de documentos y un hábil imitador de firmas. Esa actividad era incontestable. Lo que no estaba tan claro es que fuera capaz de pintar a semejanza de consagrados artistas lienzos que posteriormente eran falsificados con la impresión de sus nombres».

Un trío excéntrico

Dos denuncias de los años 60 son las que empiezan a relacionar a Elmyr con la falsificación de cuadros de grandes pintores. Una proveniente del magnate Algur Hurtle Meadows, que compró 54 obras supuestamente de maestros del pincel por 600.000 dólares. Todas falsas. La segunda, relacionada con la venta de un Chagall que el propio artista ruso tuvo la oportunidad de ver y de desmentir su autoría. Tres son las personas en el «ajo»: Elmyr, como presunto autor de las falsificaciones, Fernand Legrôs, como marchante, y Réal Lessard, joven canadiense, éste sí excelente imitador de arte. Este triunvirato de excéntricos personajes, a cada cual más enigmático, se conoció en Estados Unidos dentro de los círculos artísticos que todos frecuentaban con afectación. Homosexuales los tres, se amaron (De Hory con Lessard y Lessard luego con Legrôs) y se odiaron al tiempo en que hacían un suculento negocio aprovechando la «fiebre del oro» del arte en los años 50. Elmyr, que ya había sido señalado aunque sin peritajes a fondo, como el responsable de la parte artística por parte de inspectores y fiscales de tres países, se quedó con el membrete de prodigio de las artes plásticas.

Sin embargo, según Feliu, Lessard podría estar detrás de la producción de los cuadros, así como, entre otros (pues hay quien habló de toda una «factoría» de pintores), Alin Marthouret, que así lo aseguró en un ensayo de 2003. «Había otros que los pintaban, pero no los firmaban. Eran falsificados por Elmyr y los vendía Legrôs como auténticos». El trabajo del húngaro pasaba por crear falsos certificados de autenticidad y sellos de aduana para cruzar fronteras. En ningún caso judicial, explica Feliu, se le relacionó directamente con la autoría de las pinturas vendidas, «y sí con su falsificación». Conclusión: «Elmyr de Hory había sido un auténtico farsante toda la vida, pero no un excelente pintor». Lessard, de hecho, lo calificó de artista de «quinta categoría» y muchos de quienes tuvieron acceso a «verdaderos» dibujos del húngaro, destacaron su mediocridad. El arte de De Hory, si aceptamos esta teoría (tan válida como otra cualquiera en el caso de un hombre de circunstancias tan enrevesadas), fue el de crearse un personaje: el del genial imitador, pintor de pintores, maestro de maestros, capaz de revelar los secretos de un Picasso con sus propios trazos. Eso, y vivir como el noble que nunca fue en realidad, a caballo de varios países, siempre junto a jóvenes amantes, ropa atildada y coches vistosos, adorado por la «jet set» ibicenca, retratado nada menos que por Orson Welles. Así, en una fuga constante de la realidad durante 70 años (y ni siquiera eso se sabe, pues su fecha de nacimiento no coincide según las distintas fuentes), hasta que un cóctel de barbitúricos y coñac Remy Martin acabó con su vida en circunstancias tan poco claras como todo lo que de él sabemos.