Emilio Lledó:«La peor corrupción que existe es la de la mente»

El filósofo recibió ayer el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades por ser un pensador «de relevancia internacional» y por la aportación de sus reflexiones sobre el lenguaje.

Emilio Lledó disfruta de la vitalidad que suele dar el pensamiento libre, honesto, sin cadenas ni peajes, que afronta con coraje las habituales vicisitudes que viajan con la realidad inmediata, circundante. Siempre ha rechazado una filosofía ensimismada, alejada de la realidad, encapsulada en sus propios reinos, y en más de una ocasión ha expresado su afecto hacia los grandes maestros, pero no los de cátedra y universidad, sino hacia esos docentes anónimos que imparten clase en los institutos. Lledó es un convencido de la labor formativa de las aulas de colegio y en su memoria –la misma que con tanto fervor ha defendido en sus discursos, entrevistas, como una vacuna contra los males inherentes al olvido– todavía reluce el nombre de Francisco López Sancho, aquel profesor de escuela que, cuando todavía era pequeño, le abrió los ojos, o sea, la mirada, a la reflexión. «Lo tuve cuando tenía nueve o diez años y ese hombre, que era joven, nos hacía leer fragmentos de “El Quijote” un par de veces por semana. Después, nos hacía escribir sugerencias de lo que habíamos leído. Esa forma de enseñar suponía una revolución y un apoyo a la creación y la libertad».

Un niño de la guerra

Emilio Lledó fue uno de los numerosos niños de la Guerra Civil que hubo en nuestro país, uno de esos chavales que conocieron el racionamiento y la carestía el mordisco infame del hambre, en un país dividido entre vencedores y vencidos. Pero él también proviene de un ideal, de una tradición que conoció, la que impulsaron aquellas personas que le impartieron sus primeras lecciones y que abogaban por una educación innovadora. «El tutor que tuve entonces –explica– es una muestra clara de los jóvenes pedagogos de esa época en España que consideraban que podían renovarse la nación y la cultura desde los pasillos de las escuelas. Y que ése era, además, el inicio fundamental para hacer que la sociedad fuera mejor. Creo profundamente en ese concepto y siento un leve rechazo contra todos los que no se dan cuenta de la importancia que tienen las humanidades y la comunicación libre y creativa». Lledó recibió ayer el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El jurado del galardón subrayó que «concibe la filosofía como meditación sobre el lenguaje y subraya la tendencia natural del ser humano hacia la comunicación. De este modo, hace suya la razón ilustrada a través de un diálogo que impulsa la convivencia en libertad y democracia».

Pero si existe un motivo por el que ha recibido esta distinción –que se suma al Premio Nacional de las Letras que se le otorgó hace seis meses– es «por las humanidades, es lo que realmente me hace ilusión». Lledó habla muy animado, sin que le amilane la altura de los años, 87, y reconoce, riéndose, que estos reconocimientos «me dan marcha, como dicen tantos jóvenes en la actualidad». La edad no ha disminuido su espíritu crítico ni tampoco eso le arredra para elaborar un pensamiento activo, que interactúa con los problemas vigentes que hoy minan la sociedad. «La economía –asegura con energía– es fundamental, aunque tenga la depravación de la codicia. Pero lo que construye un país es la cultura, la cultura en libertad que cree en ideas como la bondad, la verdad, la belleza. La lucha por estas creencias es lo que ha hecho que existan los seres humanos a lo largo de los siglos. Nosotros somos un pueblo de cultura, por eso me resulta catastrófico que eso que se llama humanidades se considere por muchos algo totalmente accesorio o marginal, algo de segundo o de tercer nivel».

Lledó es un hombre de pensamiento y, también, es un hombre de acción que ha vivido mucho siglo XX: la posguerra, la dictadura, la Transición, los diferentes avatares que ha padecido la democracia española. Muy pronto marchó hacia Alemania (y estaba también en Berlín cuando se derrumbó el Muro en 1989), sin un conocimiento perfecto del alemán, impulsado por la sed de conocimiento, la necesidad de encontrar una atmósfera más creativa y menos opresiva que la que se vivía en España en esos instantes, por la búsqueda de unas lecciones que no encontraba en una nación que venía mutilada por la guerra y el franquismo. Allí encontró a George Gadamer, cuando éste todavía no disfrutaba de la fama posterior, y a partir de ahí ahondó en el terreno de la filosofía. Con su retorno a España trajo consigo, también, una manera nueva de ver, que para él es sinónimo de reflexionar, de entender el mundo actual; o sea, una forma moderna de abordar la filosofía, algo que le reconocen muchos compañeros. «La economía –continúa Emilio Lledó– es esencial, pero ya lo dijo Platón que estaba por debajo de la cultura y las humanidades. El momento en que ya no concedamos más importancia a las humanidades en nuestro país comenzaremos a degenerar como sociedad. La peor corrupción que existe no son los trapicheos de los trapisondistas, es la corrupción de la mente, el olvido de la literatura, el pensamiento, la historia, la filosofía. Todo esto es de una ceguera inconcebible e inaceptable». Hombre comprometido con la realidad política, que ha defendido la enseñanza, la memoria del individuo y el lenguaje como vehículo esencial de comunicación y reflexión, Lledó reclama que se vuelva a la filosofía «con profesores apasionados y, también, a los grandes conceptos, porque son un principio maravilloso de la cultura. No podemos prescindir de ello: eso sería de una zafia ignorancia, una degeneración».