Escribir la condición humana

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Entre los panegiristas de William Shakespeare destaca el crítico de Yale Harold Bloom, alguno de cuyos elogios puede llegar a parecernos, incluso, desmesurado, como cuando dice: «No sé si Dios creó a Shakespeare, pero sé que Shakespeare nos creó a nosotros, hasta un grado completamente asombroso». Bloom parece consciente de sus excesos cuando, después de afirmar que, ni más ni menos, la personalidad, en nuestro sentido, es una invención shakespeareana, concede que a los eruditos les provoca bastante enfado su opinión de que Shakespeare nos inventó.

Precisamente por todo ello merece la pena destacar cómo en vísperas del cuarto centenario de la publicación de la primera parte de la primera novela moderna, Harold Bloom bendijo el hermanamiento entre William Shakespeare y Cervantes en un libro de prometedor título, «¿Dónde se encuentra la sabiduría?» Allí los sitúa, hombro con hombro, entre las parejas de autores en los que funda su concepto de literatura sapiencial y les atribuye la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta ahora.

En este orden de cosas, no menos interesante que esta equiparación resulta el distingo que Bloom establece entre ambos genios: «La poesía, sobre todo la de Shakespeare, nos enseña cómo hablar con nosotros mismos, pero no con los demás. Las grandes figuras de Shakespeare son magníficos solipsistas (...) Don Quijote y Sancho se escuchan de verdad el uno al otro, y cambian a través de su receptividad».

Ya en 1914 José Ortega y Gasset, en sus «Meditaciones del Quijote», definía la obra como un conjunto de diálogos. Y del análisis informático de frecuencias a que se puede someter la novela cervantina se deduce que, después de la forma es del verbo ser, las dos ocurrencias léxicas con mayor presencia en el texto son dijo y respondió, a las que cabe añadir otras formas igualmente reiteradas como dicho, decir o digo.

Mi idea es que nuestro Príncipe de los Ingenios no se queda atrás del inglés tanto en lo que se refiere a sus planteamientos artísticos como al impresionante reflejo de la condición humana que también lo caracteriza como un clásico entre los clásicos. En el primero de sus discursos ante la RAE sobre Cervantes, que data de 1864, don Juan Valera aplaude el merecido ensalzamiento internacional de nuestro escritor, pero recela calificarlo como «el ilustrador del género humano», pese a que le reconoce sin ninguna reserva su capacidad, semejante a la de Homero y el propio Shakespeare, de «crear figuras vivas, individuos humanos, determinados y reales, a pesar de su hermosura» y considera que el alcalaíno «era un gran observador y conocedor del corazón humano». Acaso tal contención en el calificativo elogioso, que tanto contrasta con los arrebatos entusiastas de Bloom para con Shakespeare, provenga del rechazo de Juan Valera hacia lo que, prescindiendo de la correspondiente palabra francesa, él prefiere denominar «arrogante jactancia nacional».

No incurriremos en semejante chovinismo si reclamamos atención sobre el modo específico que Miguel de Cervantes tiene de recrear la condición humana en términos que no desmerecen en nada a los de cualquier otro gran escritor reconocido universalmente. Lo hace no tanto poniendo en juego recursos puramente discursivos, de impronta intelectual, que nos conduzcan racionalmente al reconocimiento de la lograda identidad personal de sus criaturas. Cervantes no ejemplifica en cada una de ellas el arquetipo de sendas pasiones humanas, sino que prefiere ofrecernos una descripción de sus conductas que apele más al testimonio de los cinco sentidos que al dictamen del intelecto. La conocida máxima de Terencio, «Hombre soy, y nada humano considero ajeno a mí», se cumple con justeza en una obra que, como «El Quijote», respira intensamente el espíritu de un Barroco cuya mímesis nace de una visión integradora, nunca depuradora –y menos, sublimadora– de la realidad más real.

«El Quijote» consiste fundamentalmente en una auténtica apoteosis de lo sensitivo, en la que no faltan a la cita referencias extremadamente significativas al olfato, el gusto y el tacto, pero en la que la parte del león les corresponde a la vista y las miradas, al oído y las voces, a las perspectivas y los diálogos.Visión y dicción.