Historia

¿Está escondido aquí el oro de los nazis?

Un polaco y un alemán aseguran haber encontrado cerca del castillo de Ksiaz, en Polonia, un tren con tesoros robados durante la II Guerra Mundial

La Razón
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El viento del desierto de Sonora, México, cegaba al grupo de científicos. Avanzaban sorprendidos y ansiosos. Los esperaban unos guardias mexicanos. «Fue una cosa que salió del cielo. Con una luz muy bonita, pero muy espantosa», soltó uno de los asustados hispanos. Y allí estaban: unos aviones de guerra desaparecidos en mayo de 1945. Intactos, con el depósito lleno, y fotografías de novias, mujeres e hijos cuidadosamente colocadas. Sólo un viejo había sido testigo: «El sol salió anoche y me cantó». Así comienza «Encuentros en la tercera fase», de 1977, dirigida por Steven Spielberg.

Y es que la aparición de un tren cargado con oro, joyas y armas en un túnel perdido entre Polonia y Alemania, encontrado por dos excursionistas, parece sacada de una escena de la película del director norteamericano. El convoy habría desaparecido, según cuenta una vieja leyenda polaca, también en 1945. El acoso de las hordas soviéticas habría hecho que los soldados de las SS que llevaban el tren tomaran todas las precauciones y prisa posibles. Pero la expedición desapareció.

Convoyes desde Wroclaw

Casualmente, setenta años después de la caída del Berlín nazi, dos ciudadanos, un alemán y un polaco, han encontrado el convoy –sí, intacto– en un túnel secreto de un bosque profundo, junto al castillo de Ksiaz. Los descubridores se lo comunicaron a las autoridades después de reclamar el 10% de las riquezas encontradas. El Gobierno polaco, para disuadir a los lugareños de que cogieran pico y pala para desarenar la montaña, ha dicho que es posible que el tren contenga uranio y explosivos. Según la leyenda local, el tren partió en 1945 de Wroclaw y se extravió en las galerías subterráneas cercanas al castillo de Ksiaz. Una película que puede ser cierta, y que está basada en la realidad del expolio nazi.

El III Reich legisló la confiscación de los bienes de los judíos alemanes. Empezó con los que huyeron del país, y siguió con los que no tuvieron más remedio que quedarse a partir de 1938. Es más; en julio de 1942, el ministerio de Asuntos Exteriores alemán decidió aplicar el «principio territorial», por el que las propiedades de todos los judíos residentes en un país ocupado le correspondían al Reich. Se apropiaron de todo: tierras, ropa, obras de arte, cuberterías de plata, obras de arte... El expolio no tuvo límites.

Alfred Rosenberg recibía los informes del saqueo, y ufano escribió una carta a Hitler, fechada el 16 de abril de 1943, diciendo: «Mi Führer, con el deseo de hacerle feliz para su cumpleaños, me permito remitirle un expediente con fotos de algunas de las pinturas de mayor valor sin propietario y en manos de los judíos». Los trenes cargados con oro y objetos valiosos partían sin cesar de las zonas invadidas hacia el Reich. Los inventarios son minuciosos; tanto como los relativos al botín de los campos de concentración y exterminio. Las víctimas eran obligadas a entregar todas sus pertenencias. Después de asesinarlos, los miembros de las SS examinaban los objetos y les extraían los dientes de oro.

El botín se apilaba en los centros de la Aktion Reinhardt y en Auschwitz-Birkenau (Polonia). A partir de septiembre de 1942, las directrices de las SS indicaban cómo había que distribuir los objetos, desde piedras preciosas a «mantas, sombrillas, cochecitos de bebé», «gafas con montura de oro», ropa, tijeras y hasta utensilios de higiene personal. La norma advertía: «Compruebe que todas las estrellas judías han sido eliminadas de la ropa antes de enviarla. Fíjese bien en si se han quitado todos los objetos valiosos ocultos o cosidos de todos los artículos que se van a enviar», porque eran subastados o vendidos a los alemanes corrientes. A Hamburgo, por ejemplo, llegaron en 1942 unos 45 cargamentos de bienes confiscados a los judíos holandeses, que fueron adquiridos por unas cien mil personas.

El oro requisado, incluso las coronas dentales, era fundido normalmente por la empresa Degussa –todavía existe– y se convertía en lingotes para el Reichsbank. Los objetos más valiosos y las obras de arte eran entregados a joyeros, anticuarios y gerifaltes nazis. En algún caso servían para conseguir diamantes industriales, básicos para la industria bélica. Las operaciones se hacían a través de intermediarios suizos.

No es fácil cuantificar el saqueo y la expropiación a los judíos europeos. Se estima que fueron unos 8.500 millones de dólares de la época. Lo cierto es que el saqueo de las propiedades judías se convirtió en el carburante del régimen nazi. El 1 de julio de 1943, la 13ª Ordenanza de la Ley de Ciudadanía del Reich, firmada por los ministros del Interior, Finanzas y Justicia, decía: «La propiedad de un judío será confiscada por el Reich después de su muerte». Todos se beneficiaban, desde un Estado militarista y omnipresente, cruzado de corrupción, hasta una sociedad aria que prefería mirar hacia otro lado. Pero aquello no era una película, ciertamente.