Muere Rafael Sánchez Ferlosio: Ensayo sin final posible

El novelista, autor del famoso libro “El Jarama”, ha fallecido hoy en Madrid a los 91 años

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio durante el acto de homenaje del que fue protagonista
El escritor Rafael Sánchez Ferlosio durante el acto de homenaje del que fue protagonista

El novelista, autor del famoso libro “El Jarama”, ha fallecido hoy en Madrid a los 91 años

Con la muerte de Rafael Sánchez Ferlosio desaparece el último inclasificable, aunque él obligaría a encontrar la definición exacta. El heterodoxo que exigía a sus lectores la comprensión de sus estudios gramáticos escritos en las largas madrugadas en la que la lechuza de Minerva no podía cerrar los ojos porque estaba hasta arriba de anfetaminas. Escribió “El Jarama” en 1955, como todos los bachilleres recordaran de las lecturas obligatorias, y ni su nuevo estilo narrativo, con un cuidadísimo lenguaje mezclado con el habla popular -aquella pugna entre jóvenes burgueses con humildes campesinos-, no evitó que dejase la novela como género y, pasados los años, declarase que ya no le gustaba, que de haberlo escrito otro habría dicho que era la obra de un pelmazo.

Por contra, consideró que su primera obra, “Industrias y andanzas de Alfanhuí” (1951) era su mejor lilbro, puede que por un afecto especial hacia cómo se editó: fue su madre quien pagó la publicación, que contó con el entusiasmo del padre, Rafael Sánchez Mazas, fundador de Falange Española, entre otras diletancias políticas e intelectuales. En alguna otra ocasión Sánchez Ferlosio ha dicho que de lo que se siente más orgullo es del cuento "El reincidente", integrado en el libro "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos". El primer volumen de sus ensayos están reunidos en “Altos estudios eclesiásticos”. Un no dar tregua al lector y a la vista cansada. De ellos dijo Félix de Azúa: “Esa prosa cuya tercera dimensión permite comunicar pensamientos complejos era también, por entonces, la obsesión literaria de Juan Benet. Comparar las múltiples soluciones que fueron encontrando uno y otro para este experimento estilístico es una tarea que le espera a alguien que tenga más ambición que codicia”.

De Sánchez Ferlosio dijo Miguel Delibes: “Haga lo que haga –vivir o escribir– lo hará siempre a su aire, desdeñando las rutinas y las convenciones sociales”. De él solía decirse que no tenía ideología, sino ideas, pensamiento, darle vuelta a las cosas, observar cómo las mentiras salen de la boca y luego se esculpen en mármol, de ahí que sus dominios intelectuales fueran inabarcables. De Heródoto a Diógenes Laercio, de Confucio a Lao Tse, de Max Weber a Walter Benjamin; de los temas militares, a taurinos; del mundo de las aves a la gramática. Sin ser miembro de la Real Academia -nunca encontró padrino que le apadrinara- llegó a enmendar la plana a los cuarenta y seis. A este respecto, sobre el Diccionario de la RAE llegó a escribir: “La doctrina ortodoxa ortográfica y semántica establecida no es, en modo alguno, de obligado cumplimiento: nadie -salvo tal vez determinadas instituciones estatales– está legalmente obligado a obedecer sus prescripciones, como, por ejemplo, la de usar para el ordinal eso tan culto y distinguido de ‘decimocuarto’ en lugar del común ‘catorceavo’”.

Cultivó algunas tertulias, con los filósofos Miguel Pollán y José Luis Pardo y el periodista Miguel Ángel Aguilar, cita sabatina donde, al parecer, se llegaba oír Sánchez Ferlosio recitar pasajes de la “Iliada” en griego. Tuvo tres hermanos, Miguel, dedicada a filósofo positivista dedicada las matemáticas y Chico, poeta y cantautor -del que David Trueba acaba de rodar un documental- y Gabriela, traductora casada con Javier Pradera.

Que Sánchez Ferlosio naciese en Roma en 1927 tiene una explicación. Allí fue destinado su padre como corresponsal de “Abc”, en unos años en el que tuvo la oportunidad de ver el desarrollo y triunfo del fascismo musoliniano, lecciones que sin duda aplicaría en España. Pero si hay algún lugar por el que sintiera un apego especial es la casa de Coria (Cáceres), un palacio que fue propiedad del duque de Alba y que acabó en las manos, herencia de sobrinos de por medio, en Sánchez Mazas. En 2017,

Sánchez Ferlosio donó a la biblioteca municipal de Coria que lleva su nombre dos colecciones de libros antiguos.

Sánchez Ferlosio era un superviviente de la generación del 50, aunque, como era de esperar, nada le ataba a concepto tan académico, salvando los nombres de amigos como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite, que fue su primera esposa. Se mantuvo siempre en la oscuridad de su casa, dedicado a larguísimos y complejos ensayos, alejándose de la vida con un desaliño que hacía de él un misántropo que despreciaba un mundo entregado a la nada más rutilante. A J. Benito Fernández, autor de la biografía “El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía” (publicada por Árdora Ediciones), no aceptó entrevistarle. Pero tampoco se definía como ensayista, sino un pensador, que es lo que hacen las personas que intentan desbrozar ideas dadas por inalterables. A pesar de ello, era inevitable que en 1994 recibiera el Premio Nacional de Ensayo su libro de aforismos -pecios, decía el- "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos".

Pero también despachó temas que hoy consideramos poco menos que doctrinales o de alta sensibilidad con la claridad del hombre que andaba en alpargatas y algunas quemadura en la corbata. “Ser y sentirse catalán es una decisión abstracta pasionalmente asumida, como ser del Atlético de Madrid o del Real Madrid. Y no es que tenga nada yo contra las abstracciones; hacen un papel dignísimo en el órgano del conocimiento, pero no deberían bajar al corazón”.

Recibió el Premio Cervantes en 2004 y de aquel discurso con momentos en el que era difícil seguir, pues de las ramas directamente volaba, recordemos su inicio y la referencia a su hija perdida. "Una mañana de verano del 59, paseando mi hija y yo por el Retiro, al cruzar por el trecho que separaba el quiosco de la música del antiguo escati de baldosines, oí de pronto unas voces que venían de entre los árboles, en las que reconocí el falsete característico de los actores de guiñol. En mis tiempos era muy difícil encontrar un padre joven, medianamente instruido, que, en el trato con sus hijos, no se creyese un pedagogo consumado. Ella no había cumplido los tres años y medio, y no podía haber reconocido aquellas voces, porque nunca había asistido a un espectáculo de guiñol ni a ningún espectáculo en absoluto. Así que su ignorancia me dio tiempo de dudar: ¿la llevo o no la llevo?”.