Fernando Conde: «Los políticos temen más a un humorista que a la oposición»

Es Pepe en «Los caciques», montaje que se recupera como homenaje a Arniches en el 150 aniversario de su nacimiento. Tras muchos años, sigue siendo el tercero de Martes y Trece.

Es Pepe en «Los caciques», montaje que se recupera como homenaje a Arniches en el 150 aniversario de su nacimiento. Tras muchos años, sigue siendo el tercero de Martes y Trece.

Si nos hablan de Martes y Trece, la mayoría de españoles nos acordamos de Josema y Millán. Pocos son los que recuerdan a Fernando Conde y, los que lo hacen, hablan de él como el tercero de Martes y Trece. Desconocen que ese «tercero» fue en realidad miembro fundador del famoso trío humorístico. Llamado más por los derroteros del teatro que por los del humor, a pesar de su vis cómica, Conde se retiró del grupo tras siete años de éxito para retomar su faceta de actor. Ahora interpreta a Pepe en «Los caciques», la obra de Arniches que se repone desde el 20 de enero en el Teatro Marquina, tras su paso por el CDN, como homenaje en el 150 aniversario de su nacimiento.

–¿Fue Arniches un visionario o es que conocía bien el ADN español?

–Algo sí, pero es que la corrupción existe desde que el mundo es mundo. En España, el caciquismo en los pueblos ha existido y sigue existiendo, somos el país de la picaresca, como ya reflejaron nuestros clásicos en el siglo XVII. Él se atrevió a denunciar en tono humorístico la corrupción caciquil de los ayuntamientos a principios del siglo pasado.

–¿No es una pena que 100 años después sigamos igual? –Hemos cambiado poco y es una lástima, pero más lo sería que dentro de veinte años a alguien se le ocurra reponer «Los caciques» porque siga de actualidad. Si continuamos es porque no siempre se ha castigado debidamente la corrupción.

–¿Cómo es su personaje?

–Es un vividor de buen aire. Dice: «Estoy acostumbrado a vivir sin dinero». Es desprendido, generoso, con buenas intenciones. Un buen hombre que se indigna ante las injusticias y las corruptelas. Un pícaro, pero que demuestra ser honrado. A él le toca desenmarañar todo el entramado.

–Un papel agradecido.

–Se trata de un personaje muy grato para cualquier actor. Un personaje «bombón», pero, modestia aparte, uno así tiene que caer con un actor bombón. Se los das a un cualquiera y lo destroza. Un buen actor hace brillar a un personaje y, como consecuencia, éste brilla también con él.

–¿Es más fácil denunciar en clave de humor?

–Es la más potente arma de denuncia que existe. Los políticos temen a un humorista más que a la oposición. En general, demuestran poco sentido del humor. Yo viví la Transición y era otra cosa y eso que venían de una dictadura. Había una altura intelectual y un sentido del humor que ahora no ves. Se tiraban con bala en el Congreso, pero con gracia. El nivel del parlamentarismo en este momento está por los suelos.

–¿Qué destaca de Arniches?

–Que es uno de los grandes de siglo pasado, con una capacidad teatral impresionante. Un gran constructor de comedias. Destaco su sentido del humor, el uso del lenguaje y su capacidad de observación para reflejar su época. Aunque alicantino, supo captar el costumbrismo del pueblo de Madrid, el casticismo. Hilvana, liga, enreda y construye con un lenguaje riquísimo y unos juegos de palabras únicos, aunque no es fácil para un actor. A mí me costó.

–¿Está un poco olvidado?

–Quizá sí, como tantos otros. Muñoz Seca, Mihura o Jardiel. Son autores que periódicamente deberían reponerse porque son extraordinarios y se representan poco. Los ingleses nos llevan mucha ventaja en esto. A sus autores no se los tocan, Shakespeare es obligatorio en las escuelas y todos los actores se saben monólogos de él.

–Estudiaba para banca y acabó como actor.

–Sí, soy de Daroca, donde mi padre era médico. Al morir éste y por circunstancias –suspendía como estudiante– acabé viviendo con mi hermano en Madrid. Él me matriculó en cálculo, contabilidad y mecanografía para opositar a banca, pero no aprobé. Después entré en una academia donde repasaba todo y en Literatura teníamos un profesor llamado Antonio Cruz al que se le ocurrió montar «La venganza de don Mendo» y donde yo hice de Don Mendo. Me cogió aparte y me dijo: «Oye, ¿tú has pensado seriamente dedicarte al teatro?». Se lo gradeceré eternamente.

–Y se convirtió en la vocación de su vida.

–Apuntaba maneras. Él mismo me acompañó a la Resad para ver qué requisitos pedían. Aprobé el ingreso y me matriculé. Era 1972. Fui alumno nada menos que de don Manuel Dicenta, que decía el verso como nadie. Empecé a trabajar en seguida. Adolfo Marsillach me llamó para la serie de televisión «Silencio, estrenamos», después vino el musical «Godspell», hasta que todo se truncó por la mili.

–Y ahí nació Martes y Trece...

–Nos conocimos en la Escuela de Arte Dramático. Millán estaba en primero, yo en segundo y Josema no era alumno pero iba por allí. La relación era superficial. Me fui a la mili y estando allí llegó Millán. Nos dedicamos a hacer gansadas para los compañeros y aquello tenía éxito. Fue después de la mili, con poco trabajo, cuando le propuse a Millán hacer lo mismo que hacíamos en el cuartel. Buscamos un tercero, Josema, y así nació Martes y Trece.

–Con un éxito fulgurante...

–En poco tiempo pasamos de actuar en un pequeño pub –ganando muy poco– a acudir a televisión y firmar galas por toda España. El éxito fue arrollador y el crecimiento en los emolumentos se multiplicó por mucho.

–¿Por qué lo dejó?

–Entiendo la vida por ciclos y en esta profesión más. No me considero humorista sino actor. Aquello fue un bombazo, una delicia, pero consideré que mi papel había concluido. No me divertía. Ni yo crecía como actor ni ellos como humoristas y después de varias discusiones –yo quería llevar al grupo por caminos más teatrales–, me despedí. Creo que es importante tener capacidad de renuncia si no te satisface lo que haces. Todo el mundo no sabe renunciar estando arriba, pero es cuestión de valores familiares, de cómo te han educado.