Fernando el Católico, el rey de la Unión

Se cumplen 500 años de la muerte de Fernando el Católico, esposo de Isabel y el monarca que en su testamento dejó como legado la cohesión de las dos coronas que reinaban en la Península, Castilla y Aragón.

En estas horas sombrías es oportuno recordar la figura de quien creó de la monarquía en España un único reino y no la separación. Me parece indispensable recordar las palabras que Isabel pronunció ante el notario que pasaba a limpio su testamento pocas horas antes de su muerte: «Algunas veces me pregunto qué es lo que más debo agradecer a Dios, el marido que me dio, el mejor rey de España». También esa carta manuscrita del propio Fernando, que como un tesoro se guarda, expresa la síntesis de su sentimiento. Se conserva en la Academia de la Historia y en ella se revela que éste es uno de los ejes sustanciales de una monarquía, el amor y el entendimiento. Así lo demuestra en muchas ocasiones nuestro pasado histórico y también nuestro presente.

Significativamente, el matrimonio de Fernando con Isabel se concertó cuando aún no se conocían en un lugar de Cataluña, que por entonces estaba rasgada en dos pedazos por esos partido políticos que asimismo se llamaban «Vigaires» y «Buscaires». Esta tierra debe a Fernando el mayor agradecimiento. Cuando él sucedió a su padre, el principado se hallaba en una ruina tan profunda que sus impuestos no bastaban para pagar los intereses de la deuda. Para entonces, el monarca contaba ya con una experiencia valiosa, pues había vencido en la Guerra de Sucesión castellana y, sobre todo, demostrado que las contiendas civiles no se acaban sino cuando se hace uso de misericordia y concordia. Ninguno de los grandes nobles que se le opusieron perdió parte apreciable de sus bienes, los Villena o los Manuel siguieron ostentando papeles de gran confianza, aunque en el rincón último de su corazón permaneciesen las raíces del odio que siembra la derrota. Años más tarde, el propio Fernando lo explicaba a su pariente Juan de Portugal: «Hay que actuar de tal modo que el castigo pueda considerarse congratulación y misericordia».

Así procedió en Cataluña, incluso los dirigentes de la batalla contra su padre fueron llamados para colaborar en la recuperación. Gracias a los recursos que Castilla proporcionaba Fernando pudo, en un tiempo muy breve, dar la vuelta al eje. Otorgó a Cataluña monopolios como el del comercio del coral y de la seda y, en cierto modo, también el de la sal. Negoció con el soldán de Egipto, reabriendo el fonduk de Alejandría y, de pronto, Barcelona volvió a encontrarse en aquellos altos niveles de prosperidad que alcanzara antes de que sobreviniera el «desgabel». Por ello, si a alguien se le debe rendir, en estos momentos, un homenaje en su memoria es a él. Además del retorno de la prosperidad, también el Rosellón y la Cerdaña retornaron a ser catalanes, hasta que, otra vez, en el XVII las querellas partidistas consiguieran que se perdieran.

Así era Fernando, el constructor de una nueva sociedad. En Castilla reinó dos veces, aunque no fuera titular de la Corona, porque su esposa Isabel y luego su hija Juana, a su debido tiempo, le entregaron poderes completos para gobernar. Y, de este modo, construyó en todos los reinos ese esquema que más adelante Montesquieu presentaría como fundamento imprescindible de la sociedad: poder legislativo, en las Cortes, otro judicial, en la Cancillería o Audiencia, y otro ejecutivo, finalmente en el Consejo. Entre rey y reino había un contrato libre, ya que ambas partes lo juraban y sus términos se hallaban en las leyes, usos y costumbres a las que los documentos se refieren como libertades del reino.

De este modo, llegó a término un proceso que entre 1344 y 1348 se iniciara y que venía a ser constitucional, pues esas leyes fundamentales explicaban de qué modo están formados los reinos, no meros proyectos versátiles hacia el futuro. Las Cortes podían mejorar las leyes, pero no sustituirlas. Así, también pudo poner fin a la servidumbre que aún gravitaba sobre Cataluña pese a los muchos intentos que se hicieron por terminar con ella. Es muy significativo que la decisión de arrancar hasta la ultima raíz a la servidumbre se tomara en Guadalupe, entonces la mansión más importante de los Jerónimos. Un nombre de procedencia árabe que hoy aparece como eje emocional de la cristiandad latina en América. Allí, a Guadalupe, se retiraba el rey a solas con su esposa cuando las circunstancias difíciles requerían el meditar.

Un error, sin duda

Naturalmente los que rechazan la memoria de este gran hombre acuden al decreto de prohibición del judaísmo. Un error sin duda. Pero no hay que olvidar que todos los grandes hombres también los cometen. Fernando e Isabel, que nunca mostraron repulsa contra los judíos –entregar a la Administración del Estado y el vientre de la reina al cuidado de judíos así nos los demuestra–, ahora heredaban una situación que jugaba peligrosa. Desde el terrible holocausto de 1392, que liquidaba en Valencia y Barcelona las aljamas, venía repuntando un ambiente lleno de amenazas para el rey que era preciso resolver. Y con indudables argumentos políticos llegó a la solución, ya empleada en otros países europeos, de que si el judaísmo dejaba de coexistir no había problema. A Fernando le hubiera gustado que se convirtieran, de hecho él fue padrino del rabino Abraham Senneor, a quien se le dio el mismo nombre. El error estaba en otra parte: además del abandono del principio de amor y tolerancia, se estaba prescindiendo de uno de los más importantes valores de la cultura española; pese a todo, Fernando no ignoraba que en su venas circulaban gotas de sangre judía.

Aquella monarquía estaba llamada a desempeñar un gran papel con el descubrimiento de América, pues allí estaba un continente y no unas pequeñas islas. Demasiado pronto para tomar decisiones políticas, los reyes tomaron sin embargo otra capital: los indios eran seres humanos y como tales tenían que ser tratados. Un mundo nuevo que hoy llena los vastos horizontes. En el otro extremo negociaban con los mamelucos en Egipto, que a cambio de dinero catalán otorgaron a España el patronato sobre las comunidades cristianas en Tierra Santa. Una condición que se conservaría hasta el final de la monarquía hispana que iba a ser lazo de relación y protección para los judíos que habían escogido el exilio. Pocos saben que la instalación de Melilla se debe a datos de dos de estos sefardíes instalados en el norte de África.

Es hora de poner fin a esta especie de memorándum. Fernando topó con un enemigo inesperado: Francia, que actuó como freno de la política mediterránea con Cataluña como base económica y la venció. Fueron precisamente aquellos veteranos de la guerra de Granada a las órdenes de un noble frontero, Gonzalo Fernández de Córdoba, los que cambiaron la estrategia, dando superioridad a la infantería y a los cañones frente a los caballos.

Aun así, no hubo obstáculos para que los españoles siguieran acudiendo a la universidad de París, sin embargo, para los reyes todo se hallaba centrado en dos fuentes del saber: Salamanca y Valladolid, en ambos claustros aparece grabado el nombre de Fernando. Y con mucha razón. Salamanca brindó a Europa el reconocimiento de los derechos naturales humanos y Valladolid enseñó a médicos venidos de todas partes cómo practicar la investigación de cadáveres.

El 23 de enero de 1516, en una finca propiedad de los Jerónimos de Guadalajara llamada Madrigalejo, murió Fernando con esa preocupación por una España que para él fue la mayor de las obligaciones.