Hitler/Trump, busque y compare

Hitler apeló al pueblo y a la raza superior para construir un estado totalitarista que se apoyaba en la propaganda. Trump se aferra al «patriotismo» de los padres fundadores para recuperar la tradicional política aislacionista de EE UU

El auge de la identidad aria

Apeló al pueblo y a la raza superior para construir un estado totalitarista que se apoyaba en la propaganda

El nacionalsocialismo se asentó en la reconstrucción de la comunidad nacional homogénea sobre la base del estatismo socialista: el hombre no era un ciudadano, sino un trabajador al servicio de un proyecto que unía partido, Estado, «Volk» (el pueblo), «Zeitgeist» (espíritu de la época) y su «Weltanschauung» (una forma de ver la vida). A esto añadió la interpretación de la Historia de Gobineau y Chamberlain, entre otros, que establecía como motor histórico la lucha de razas, e identificaba los grandes momentos de la civilización con el dominio de la raza aria. Era un biologismo político que invitaba a «limpiar» la «raza superior» de «elementos contaminantes», ya fueran raciales, ideológicos o de conducta.

Ese nacionalismo esencialista era expansionista. Precisaba de un «Lebensraum» (espacio vital) para desarrollar la potencialidad de su raza. Esto provenía de una tradición imperialista. Recordemos que el Reich se proclamó en 1871 en Versalles. Fue el colofón al belicismo prusiano, que derrotó a Austria en 1866 e inició la construcción de su imperio colonial. Esta ansia se vio reforzada por la derrota en la Gran Guerra, la humillación infringida por Francia y el irredentismo de la época: absorber los territorios ajenos donde había población alemana. De ahí que los nacionalsocialistas se anexionaran los Sudetes checos y Austria, y luego Polonia.

Hitler asumió el estilo populista. Su discurso y maneras eran teatrales, efectistas, estudiadas para ganarse al público y enganchar con sus emociones. El contenido era típico del populismo: la definición de un enemigo exterior e interior culpable de los problemas sociales, con un régimen político al servicio de sus intereses, la existencia de una raza superior cuyas virtudes y misión eran constreñidas por dichos enemigos, y la promesa de una reconstrucción nacional que permitiría cumplir su destino civilizatorio. Este mensaje se encarnaba en el Führer, portavoz de la voluntad del pueblo. Esta retórica, y la propaganda de Goebbels, permitieron la creación de una identidad autoritaria. Hitler llegó al poder en 1933 tras un golpe de Estado y pasar un tiempo en prisión. El NSDAP se convirtió en la primera fuerza electoral cuando Goebbels tomó la propaganda. Fue entonces cuando Hitler disputó la presidencia de la República a Hindenburg, quien concitó el voto de los contrarios al nacionalsocialismo. En 1932, su estrella declinó y perdió votos. La inestabilidad gubernamental por la incapacidad de las élites moderadas y el pluripartidismo parlamentario llevó al conservador Zentrum a formar gobierno con el NSDAP en 1933. Aprovechó la debilidad de una República sin verdadera separación de poderes, e inició legalmente la destrucción de la autonomía de los Estados federales y las municipalidades, la ilegalización de partidos y sindicatos, la expulsión de la administración de los que fueran arios, los progromos, la asunción de todo el poder ejecutivo, y la dictadura.

Nacionalismo «made in USA»

Se aferra al «patriotismo» de los padres fundadores para recuperar la tradicional política aislacionista de EE UU

Trump ha recogido el tradicional nacionalismo norteamericano, que allí llaman «patriotismo» que proviene de los Padres Fundadores de finales del siglo XVIII. Estos se describieron como una república de granjeros-ciudadanos que disfrutaban de la libertad sobre la base de su esfuerzo y conciencia. Guardianes de sus derechos, libertades y propiedad, se llamaron a sí mismos «patriotas». Esos nuevos republicanos desconfiaban de la administración, de los políticos y de sus funcionarios, incluso de la gente de la costa Este, a los que atribuían ideas y costumbres distintas. Sobre esta base nació allí a finales del siglo XIX el populismo, de base rural, al que ha apelado Donald Trump.

La ideología de Trump es básicamente nacionalista, conservadora y proteccionista, aunque sometida al estilo populista. Esto ha supuesto que en su discurso señalara a los enemigos interiores y exteriores: el establishment, los islamistas, los inmigrantes ilegales, y determinados países musulmanes. Al tiempo, ha exaltado las virtudes cívicas del norteamericano, que, a su entender, están vinculadas al mantenimiento de las esencias del régimen originario. El proyecto de Trump se presenta como corrector de décadas de dominio del establishment progresista en medios y universidades, que a su entender ha provocado la decadencia de EEUU. De ahí el lema: «Make America great again!».

El aislacionismo fue tradicional en la mentalidad estadounidense desde la Fundación hasta principios del XX. Sus intervenciones militares, como en 1898, 1917 y 1941, se hicieron tras grandes controversias y en respuesta a ataques exteriores. Es más; EE UU renunció a estar en la Sociedad de Naciones en la época de entreguerras, y rectificó durante la Guerra Fría. Desde entonces hasta la administración Obama la geoestrategia neoconservadora dominó su papel en el mundo. Trump ha roto esta política para regresar al aislacionismo, corrigiendo alianzas exteriores, entre ellas la financiación casi exclusiva de la OTAN.

Trump ha llegado al poder ganando las primarias modélicas del Partido Republicano, con una campaña televisiva y en redes, interpretando perfectamente el sentimiento del votante medio. El equipo asesor y de comunicación supo en qué Estados debía ganar los compromisarios. Las acusaciones de que no aceptaría su derrota electoral solo sirvió para aumentar su imagen de «outsider» y enemigo del establishment. Las rápidas medidas que ha llevado a cabo se han encontrado con el freno de unas instituciones republicanas que funcionan gracias a su clásica separación de poderes. Trump no es un golpista ni se ha-bía presentado antes a las elecciones. La estructura federal de EE UU es inalterable, así como su entramado institucional de «check and balances». Tampoco ha hablado de sustituir la Constitución ni de gobernar por decreto, cosas que no podría hacer. El marco institucional y la tradición democrática en EE UU son muy superiores a las que había en la Alemania de entreguerras.