Ilan Stavans: «Llegué a recibir amenazas por el proyecto»

–Usted ha declarado que el espanglish configura toda una civilización en Estados Unidos.

–Hoy por hoy, somos testigos de un mestizaje de proporciones inusitadas. Me refiero a un mestizaje semejante al de la conquista y colonización de América, aunque en esta ocasión no es exclusivamente racial, religioso o cultural sino principalmente lingüístico. El espanglish es un síntoma inconfundible de esa confluencia, de ese encuentro desencontrado.

–¿La propia biografía le ha servido para entender tal fenómeno? Es mexicano judío emigrado a EE UU en 1985.

–Mis primeras lenguas fueron el español y el yidish, el idioma de los judíos de Europa del este. Mis abuelos inmigraron a México de Polonia y Ucrania. Sólo al cumplir los 25 años me di cuenta de que tanto el español como el yidish son lenguas bastardas. Porque en realidad, no hay lengua que, para sobrevivir, haya podido resistir la promiscuidad. El castellano en sí es un mejunje que parte del latín vulgar y que se va nutriendo de todo un poco: el vasco, el visigótico, el árabe y el bereber, el francés, el inglés, y, por supuesto, los cientos de idiomas indígenas a partir de 1492.

–¿En verdad se trata de una lengua hablada por 60 millones de hablantes? ¿En qué contextos o sociedades se habla?

–La pregunta, en realidad, es dónde en los Estados Unidos no se habla el espanglish. Basta salir a tomar el aire en Nueva York, Miami, Chicago, Los Ángeles, Dallas, San Antonio, Boston, para toparse de inmediato con él. Lo mismo, o acaso más, ocurre en las zonas rurales. Porque de este lado del Río Bravo, la hispanidad está en todas partes. Uno de cada seis norteamericanos es de origen latino.

–¿Y a efectos migratorios?

–El espanglish hay que entenderlo como una suma de partes: el «cubonics» es la variante usada por los cubano-americanos, el «domincanish», la de los dominicano-americanos, y lo mismo con el «nuyorrican», el espanglish pocho o chicano. Y el habla de los inmigrantes es distinta al de sus hijos y también al de sus nietos. O bien, las variantes tienen que ver con la geografía: el espanglish de la frontera méxico-americana difiere del de Puerto Rico.

– Incluso llegó a componer un diccionario: «Spanglish: The Making of a New American Language» (2002).

–Es espanglish-inglés. Fue un proyecto en el que me ayudaron muchos colegas. La primera edición incluyó unas seis mil voces. Tengo recopiladas muchas más para una próxima edición. Me gustaría sacar una edición espanglish-español, si hubiera una editorial en España que se animara.

Se le ha comparado, por sus labores de lexicografía, con Antonio de Nebrija y el Doctor Johnson.

–Me enorgullecen enormemente ambas comparaciones. A Nebrija, que tenía sangre conversa, le debemos esa primera gramática de la lengua española de 1492 en la que describe a nuestra lengua como la «compañera del imperio». Fue él quien nos forzó a pensar, quizás sin quererlo, que el idioma del vulgo es el idioma de la sabiduría. Y ante Samuel Johnson siento una admiración enorme. Su diccionario de la lengua inglesa de 1755 no es sólo excelente, sino divertido.

–¿Por qué decidió traducir «El Quijote»?

–«El Quijote» es el eje de rotación de la civilización hispánica: un libro inacabable, un mapa de nuestra psique. Hay más de veinte traducciones al inglés; de hecho, después de la Biblia, es el libro más traducido a esa lengua. De igual manera, hay traducciones a todas las lenguas importantes del mundo. Yo diría que lo que las hace importantes, en parte, es precisamente el hecho de que tienen su propio «Quijote». Así, un «Quijote» en espanglish le brinda legitimidad a su mestizaje. Porque el actor de traducir es, en esencia, un acto de apropiación y validación.

–¿Cuáles fueron las reacciones dentro del mundo académico ante ello?

–Cuando publiqué en Barcelona en 2002 el primer capítulo, se desató una controversia a nivel internacional. Por todas partes surgieron reacciones enconadas: de un lado estaban los puristas, que vieron el proyecto como una herejía; del otro, los «asimilacionistas» (yo prefiero llamarlos «realistas»), que aplaudieron la empresa. Esa oposición al principio se exacerbó, a grado tal que recibí más de una amenaza de muerte y en un par de ocasiones, al dar una conferencia en algún auditorio, parte del público se levantó y durante todo el evento me dio la espalda. A su vez, los entusiastas adaptaron mi traducción al teatro, le pusieron música, etc. Afortunadamente, los ánimos se han calmado con el tiempo. Es difícil mantenerse como purista ante una realidad verbal que cada vez gana más territorio.