J. Pablo Escobar: «Mi papá era el bueno de la familia, imagine al resto»

El hijo del narco más poderoso y temido ajusta cuentas con su padre en un libro y pide perdón a las víctimas de «El Patrón».

Hay apellidos, como Escobar en Colombia, que pesan mucho. Sebastián Marroquín se liberó de él para, literalmente, seguir con vida. Cambió de identidad y dejó de ser Juan Pablo Escobar, el hijo del mayor narcotraficante de la historia. Se instaló en Argentina, donde vive junto a su mujer, su hijo, su madre y su hermana. Este arquitecto y diseñador –«pacifista» se define en su perfil de Twitter­– ha decidido ahora ordenar sus recuerdos. En las páginas de «Pablo Escobar. Mi padre» pide perdón a las víctimas de los sicarios de «El Patrón», ajusta cuentas con su familia paterna y redescubre a un hombre «con todas sus virtudes, pero también con todos sus defectos».

–¿Cómo era Pablo Escobar como padre?

–El mejor del mundo.

–¿Qué aprendió de él?

–La lealtad hacia su familia, su amor y su permanente presencia desde la clandestinidad. Tengo centenares de cartas que nos escribió, una el día que nací, y también en sus últimas semanas. Cultivaba nuestro sentido de la compasión por los pobres, la solidaridad y el placer de ayudar. Fuera de casa no nos daba buen ejemplo con la violencia que ejercía pero esas otras cosas también eran ciertas y no lo hacen menos malo o más bueno, sino la persona que fue, contradictoria, que amaba y odiaba mucho; que era de izquierdas y fundó la ultraderecha en Colombia; que me decía «valiente es aquel que no consume droga» y construía con dinero de la droga canchas para que los chicos no cayeran en ese mundo.

–¿Por qué ahora echa la vista atrás?

–Para darle el derecho a las víctimas a la verdad real, entendiéndolo como uno de los principios de su reparación. La segunda razón es mi hijo, para que nadie le vaya a echar cuentos acerca de su abuelo. Dejé que pasaran 21 años para poder contar su historia como ocurrió y no como nos la han querido contar durante décadas de confabulaciones, de agendas ocultas tras los libros de biógrafos que nunca se tomaron un café con él. No hablo para justificar sus actos, sino para hacer un reconocimiento de su participación en los crímenes, en los que realmente sí participó y en los que no.

–De las mentiras a las que alude, ¿cuál le duele más?

–Mi padre fue un chivo expiatorio y un idiota útil para las autoridades de Colombia. No había caído el muerto y ya estaban acusándolo a él de haber sido el autor intelectual. Eso simplificaba el trabajo de los investigadores. No importa quién muriera, mi padre siempre estaba disponible para figurar como responsable. Fue acusado de magnicidios que hoy sabemos que no cometió. Eso no lo hace menos delincuente, ni menos bandido. Fue un bandido y fue un padre y yo conocí a ambos. Su trascendencia mediática generó una cierta «espectacularidad», las bombas explotaban pero la manera en la que los medios recogían eso terminó convirtiendo a mi padre en un personaje muy atractivo. Hacía que, además de correr mucha sangre, corriera mucha tinta. Se agotaban las ediciones en las que se hablaba de Pablo Escobar en primera página. Vendía más que Juan Pablo II, Bush o Reagan.

–¿Cómo fueron las conversaciones en las que usted le reprochaba el dolor que provocaba?

–Gracias a un padre que generó un clima de confianza con su hijo para que se pudiera hablar hasta de los crímenes más atroces. Me podría haber pegado una patada para que no preguntara nada pero él daba el espacio para que se generaran esos debates. Veíamos un noticiero juntos con informaciones sobre él y nos decía: «Esto sí lo hice y esto no».

–Usted asegura que entre las víctimas ve «intención de perdonar».

–Entre estas familias he entendido que nadie quiere perpetuar el dolor, odiando infinitamente a mi padre. Eso no significa que vayan a olvidar lo que sufrieron. Han entendido el perdón como una herramienta liberadora del odio que perpetúa ese dolor.

–¿Se ha reunido con ellos?

–Con muchísimos. He hablado con familiares de víctimas del atentado de Avianca, del narcoterrorismo, con hijos de policías asesinados y de narcotraficantes muertos. Ello me renovó la fe de que es posible el perdón y la reconciliación.

–Dedica el libro «a los escasos amigos que trascendieron el miedo». ¿Cómo es el momento en el que descubre que su gente ya no está?

–En ese momento yo le dije a mi padre: «Yo no estoy de acuerdo con tu violencia pero me quedo contigo, estoy dispuesto a morir a tu lado». En ese momento te pone a prueba la vida para saber si eres leal.

–¿Y quién es ese hombre que menciona como «el único que le fue leal» y no optó por el camino de la ingratitud y la codicia?

–Se supone que está muerto y hay que dejarlo así. Está muerto pero te manda saludos.

–Es muy duro con su familia paterna. ¿Hasta dónde llegó la complicidad de ellos con los enemigos de su padre?

-Hasta las peores consecuencias. Mi padre era consciente de la rivalidad que tenía con su hermano. En vida, me previno: «Cuídame mucho a mi niña porque mi hermano es capaz de secuestrarla». Mi papá se murió sabiendo qué clase de persona era su hermano.

–¿Existió esa complicidad de los Escobar con el enemigo en el acorralamiento final?

–Y después también. Cómo se explica si no, que vayas a hacer la paz con el resto de carteles de la droga a un lugar con dos sofás, el de Medellín –el que dirigió Escobar- y el del resto de carteles, y en el sofá de enfrente están mi abuela y mis tíos junto a los jefes del cartel de Cali. En el de Medellín, los únicos que estábamos éramos mi madre y yo. Una bonita familia: la buena persona en esa familia era mi papá, y con eso se puede hacer uno a la idea de cómo era el resto.

–Tras la muerte de su padre, el primer instinto es vengarla, pero se arrepintió.

–Era natural y humano, tenía 16 años. Cuando empecé a elucubrar aquella venganza me dio miedo porque podía causar mucho daño al país y convertirme en la persona que había criticado.

–Estaba usted señalado como su sucesor, ¿le preparó para ello?

–Me preparó para que fuera libre. Me dijo que si yo quería ser médico, me daría el mejor hospital y si quería ser estilista, tendría el mejor salón de belleza. Si hubiera querido ser bandido, me hubiera dado clases. Pero él no necesitaba ayuda, tenía un ejército a sus órdenes.

–En el recorrido junto a su madre para firmar la paz con sus enemigos, ¿qué fue lo más duro?

–Lo peor es ir a una reunión a sabiendas de que te van a matar. Imagínate mi cabeza con 16 años: ir donde «fulano» a Cali donde te van a matar y a descuartizar.

–Y aun así fue, ¿no se planteó la huida?

–Yo sabía huir. Si mi padre algo me enseño fue a huir, a esconderme. Pero estaba cansado. Había que ponerle un punto final y si eso significaba ser desmembrado vivo pues terminemos con eso. Creo que ellos no se lo esperaban y valoraron esa actitud: «Si este muchacho esta aquí es porque no quiere correr más. Dejémosle ir con vida».

–Usted no tiene dudas de que el tercer disparo que recibió el día de su muerte lo realizó él mismo.

–Es una certeza absoluta. Los médicos forenses fueron los primeros que nos informaron del suicidio. Toda la vida mi padre me habló de que se iba a suicidar si se veía acorralado. «Prefiero una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos», decía. Investigó con médicos dónde se tenía que pegar el tiro. No era en la boca ni en la sien, era en el oído derecho. El tiro apareció 5 milímetros desviado de donde me dijo y ese día violó todas las reglas de seguridad que nunca había violado. Si se ven las fotos de su muerte, se le ve descalzo. ¿A alguien le parece que a las tres la tarde el hombre más buscado del mundo va a andar descalzo llamando a un hotel de los militares a su familia sólo para saludar cuando tenía hombres para que hicieran esas llamadas? Eligió su último día.

–Cuando crezca su hijo, ¿que le contará?

–Todo y más. Es mi responsabilidad como padre que sepa la historia y lo buen y mal hombre que fue su abuelo para que no la repita.