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José Antonio Gurpegui: «Los presidentes de EE UU son más televisivos que literarios»

Publica «Dejar de recordar no puedo», una historia de amor que reflexiona sobre el azar y las heridas del pasado

José Antonio Gurpegui ha fraguado una novela de paralelismos y guiños literarios; una obra que habla de encuentros imprevistos y sentimientos no buscados.

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José Antonio Gurpegui ha fraguado una novela de paralelismos y guiños literarios; una obra que habla de encuentros imprevistos y sentimientos no buscados. Un profesor universitario, con las desilusiones y desencantos propios que dejan las carreras profesionales, y una mujer que busca su reconocimiento académico, coincidirán en un momento inadecuado de sus vidas. Una coincidencia que se convertirá en un diálogo entre dos almas distintas en el que van aflorando antiguos miedos y se reabren heridas que parecían cerradas. «Dejar de recordar no puedo» (Huerga & Fierro) es una narración, contada con el pulso y el poso que da el tiempo, que discurre por las aguas de un género poco frecuentado en nuestras letras. «Está muy extendido en EE UU y Gran Bretaña. Se llama “Campus Novel”. En España no es muy popular, no se ambientan obras en atmósferas universitarias. No existe esa tradición co-mo en esos países. En EE UU, en casi todos los departamentos de Literatura tienen escritores. Aquí, no. Aquí, existen los que enseñan literatura y los que escriben».

–¿El intelecto y la cultura juegan un papel en la seducción de una persona?

–Son fundamentales, de hecho. Lo que le seduce a ella es el conocimiento que tiene mi protagonista. Es lo que le atrae de él, su vertiente como pensador y hombre de letras. En cambio, él responde a un estereotipo y se ve traído por el físico de ella. Sin duda, cuando el magnetismo procede de la inteligencia, los sentimientos son más duraderos. La atracción, cuando es meramente física, se desvanece enseguida. La belleza física se marchita antes que la intelectual. Lo que aparece en mi libro es una atracción peligrosa, que, por otro lado, son las que merecen la pena.

–Los amores que describe suelen dejar consecuencias...

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–Aquí describo una persona con la vida hecha, con todo su recorrido vital cumplido, al que no le queda nada por hacer. De repente, surge un acontecimiento que le desbarata la rutina. Emerge algo que le trastoca. Este es uno de los aspectos que me interesaba abordar.

–Él es alguien acomodado.

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–Justamente, un pequeño burgués al que le transforma un hecho que le sorprende, que entra a formar parte de su vida. De todas maneras, lo cuento, él es un hombre al que siempre le ha gustado exponerse a situaciones límite. En esta ocasión, sin embargo, los dos empiezan a adentrarse en esta relación de una manera ingenua. Su amor por la literatura es lo que les va a unir. Pero ninguno es capaz de prever lo que va a ocurrir, hasta que ya ha ocurrido. De todas maneras he dejado el final abierto. Será el lector quien tendrá que decidir.

–¿Cómo influyen las heridas del pasado en el presente?

–La penas sentimentales acaban por conformar cómo somos. En nuestro discurrir existencial lo único que puede cambiarnos son las heridas en los afectos, como la muerte de un o la traición de un amigo, porque el resto la vida es bastante rutinaria y anodina. Estas heridas no se pueden olvidar. Es lo que sucede en «Fiesta», de Hemingway. Jake, el protagonista arrastra una lesión que le impide mantener una relación con su amor. Las heridas de este tipo no acaban nunca de cicatrizar y nos marcan como personas.

–De hecho, existe un paralelismo entre los personajes de «Fiesta», de Hemingway, y los suyos.

–Totalmente. He intentando, de hecho, desarrollar una estructura intertextual, crear un diálogo con Hemingway y «Fiesta». Parte del destino de los protagonistas de mi libro corre paralelo a los de estos otros personajes. Pero también he incluido guiños a otros autores, como Faulkner o Mark Twain, o a Homero, cuando el profesor de mi libro, Joaquín, vuelve a su casa. Recuerda a Ulises. Además, como los dos son profesiones de literatura, he podido incluir otras referencias.

–Es un libro fragmentado. ¿No tiene sentido escribir ya como Dickens?

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–El tipo de novela decimonónica no me interesa. En la novela no sólo importa qué se cuenta, sino también cómo se cuenta. La fragmentación a la que he recurrido está más acorde con nuestros tiempos, por la inestabilidad, que encaja muy bien en esta época posmoderna y que ha dejado una huella en la literatura.

–¿Cómo están afectando las redes sociales, o internet, en la manera de contar historias?

–A veces me pregunto cómo va influir, si no lo ha hecho ya, Twitter o Facebook en la literatura. En estas plataformas predomina un mensaje rápido, breve, conciso. Todavía no he visto el cambio que puede procurar, pero sin duda llegará al autor esta economía del lenguaje. Mi novela iba a ser epistolar, pero después descubrí que esta estructura interna, en la que también hay, correos electrónicos, se ajustaba mejor.

–Usted es catedrático de Literatura Norteamericana. ¿En qué corriente o género literario incluiría a Donald Trump?

–¡Indudablemente a este presidente habría que incluirlo en el posmodernismo! Sobre todo porque con él no hay nada seguro. Trump es el posmodernismo en estado puro.

–¿Va a generar muchas novelas?

–Es un personaje que me interesa bastante poco. Lo único, es que es un peligro por las decisiones que puede llegar a tomar. Pero los presidentes norteamericanos no han generado un gran volumen de literatura. No hay tradición. Se ve que ellos son más cinematográficos y televisivos que literarios.