La cabeza perdida de Escobedo

Gabi Martínez aprovechó los azares del destino para escuchar la historia de un neurólogo, ingresado durante un tiempo en un psiquiátrico tras perder la cabeza, y componer su nueva novela, «Las defensas».

Gabi Martínez aprovechó los azares del destino para escuchar la historia de un neurólogo, ingresado durante un tiempo en un psiquiátrico tras perder la cabeza, y componer su nueva novela, «Las defensas».

Si se acerca alguien en pleno Sant Jordi para comentarte que tiene una historia que ya imagina estrenada en Hollywood y protagonizada por un tal George Clooney, existen varias opciones: pasar, reír, escuchar... Entre ellas, pensar que el tipo, cuanto menos, te está tomando el pelo, y si no, que es un tarado. Pero no, precisamente «loco de verdad» –se presentó– es lo que fue en el pasado y el motivo al que se debe el abordaje. Gabi Martínez se paró: «Dos minutos», le concedió al asaltante. Lo suficiente para conocer que el que tenía ante sí era «un neurólogo que estuvo encerrado en un psiquiátrico durante un tiempo y que había padecido una enfermedad de la que no se pudo recuperar en un principio porque sus compañeros no atinaban en el dictamen, hasta que fue saliendo poco a poco». No dio para mucho más el encuentro, pero aquello «tan auténtico, visceral e íntimo» –recuerda– era lo que buscaba el escritor. Así que, apoyado en un humor que llamó la atención de Martínez, aquel hombre se acababa de ganar una cita una semana después; un café «en el que se abrió una historia poderosa».

El neurólogo pasaría a llamarse, desde ese momento, Camilo Escobedo y su historia real iba a convertirse en una novela: «Las defensas» (Seix Barral). Tras un ataque de locura violenta –«insultó y agredió a personas a las que amaba, además de a unos compañeros con frecuencia superados», cuenta– y los posteriores internamientos, diagnósticos y luchas, el protagonista no imagina que la misma enfermedad autoinmune a la que ha dedicado obsesivamente su vida es la que ahora lo acecha a él. Trabajo que, ligado irremediablemente al estrés, da la mano a la evolución de España desde la Transición hasta «hace pocos años», presenta el autor: «De las manifestaciones de finales de los 70 en Cataluña al 11-M o la aparición de Meetic, del que Camilo es usuario». Como influencia directa en todos los momentos de su vida aparecen las mujeres. Hasta nueve: su madre, dos hermanas, cuatro hijas y dos esposas. Perfiladoras todas ellas de su carácter. «Suponen una fuente de presión en determinadas ocasiones y una ayuda importante para salir del agujero en el que se ha metido», comenta. Un sufrimiento doble para el personaje principal, como paciente sufridor –de la enfermedad y de los estigmas– y como médico que no puede hacer nada ante lo que intuye. Ni ante la pérdida de credibilidad a la que le condenan sus compañeros.

No es un cuento de médicos, sino el retrato de un mundo en el que la ansiedad se desborda y en el que «mucha gente tiene todos los números para ser tildada de loca», apunta un Gabi Martínez que propone con este personaje el punto límite al que se puede llegar al desarrollar una montaña de estrés. «Tanto como para que se vaya la cabeza por completo». Cómo una vida acomodada se torna en un infierno: «Nos han educado para pensar que el esfuerzo tiene su recompensa, que la familia es tu entorno amigo y que las autoridades son justas, hasta que te das cuenta de que las compensaciones no son como se esperaba, que la familia tiene grietas y que las autoridades no son justas. Todo lo contrario a lo que nos han vendido». Sirva el «speech» como trazo paralelo entre la sociedad de Camilo –la nuestra– y «un sistema inmunitario en el que las defensas se vuelven contra ti, como ocurre con esa enfermedad provocada por tus propias defensas».

Se vale Martínez de Camilo Escobedo para «hablar con la libertad de la que gozaban antes los francotiradores y los librepensadores» y escudarse ahora en las tres voces que narran «Las defensas», desde la primera persona: el momento de locura en el que empieza a recuperarse, «más directo y agresivo» –explica–; otra que recuerda cómo llegó hasta este punto, «mucho más literaria y comprensiva»; y una tercera en la que la gente que le ha rodeado le ha contado la historia.