La estrategia perversa de negar el Holocausto

La negación de los crímenes nazis ha sido intensa desde los Juicios de Núremberg y cada cierto tiempo un pseudo-historiador, como Fernando Paz, quien tuvo que renunciar a formar parte de la lista de Vox, revitaliza el debate sobre el peligro del blanqueo del nacionalsocialismo.

El nombramiento de un candidato de Vox cuya interpretación del Holocausto coincidía en algunos aspectos con el negacionismo ha traído a primera plana el peligro de la banalización del mal, que escribió Hannah Arendt, y el blanqueo del nacionalsocialismo. Ya ocurrió por un «chiste» de Guillermo Zapata, concejal de Podemos en Madrid, sobre el exterminio de los judíos. El negacionismo sobre la Shoah (el Holocausto) es tan viejo como el propio plan de acabar sistemáticamente con los judíos. Su origen está en el lenguaje burocrático usado por el Estado nacionalsocialista. El exterminio era enmascarado con expresiones como «internamiento», «trabajos forzados», «custodia preventiva» o «distrito de asentamiento judío». Además, el plan «Aktion 1005», orquestado por Himmler en 1942, trató de eliminar cualquier documentación y prueba sobre la Solución Final, ya que se estaba conociendo fuera del Reich, y los cuerpos estaban mal enterrados y podían dar problemas sanitarios. Los Sonderkommandos, compuestos por presos porque los nazis no querían tocar los cadáveres, desenterraban los muertos para quemarlos. Luego araban el campo y plantaban encima para que no hubiera rastro. El negacionismo lo impulsó la extrema derecha, pero también la extrema izquierda; no en vano les une el odio a Israel, el rechazo a la globalización –que ven como algo sionista y capitalista–, y el repudio a la Unión Europea. El francés Paul Rassinier, militante comunista y miembro de la Resistencia, publicó «La mentira de Ulises» (1950) donde decía que «solo» habían muerto un millón de judíos, y que la mayor parte por hambre y enfermedades. Robert Faurisson, un derechista francés, aseguraba que la Shoah era una conspiración judía para sacar dinero y poder constituir el Estado de Israel, y que los Juicios de Núremberg fueron injustos porque los acusados únicamente cumplían órdenes. El marxista Roger Garaudy escribió en «Los mitos fundacionales del Estado de Israel» (1996), que el Holocausto era un mito, que no había existido, que era la «Shoah business»; claro que a él se le hubiera podido aplicar lo que dijo otro marxista, August Bebel, en 1884: «El antisemitismo es el socialismo de los imbéciles». Finalmente, la Justicia francesa condenó a Garaudy dos veces por «difamación racial» y «negación de crímenes contra la Humanidad». En la misma línea está Joaquín Bochaca, independentista catalán, traductor de varias obras nazis y autor de «El mito de los 6 millones» (2014), entre otras de igual estilo. El norteamericano Noam Chomsky, lingüista y anarquista, prologó el libro del negacionista Robert Faurisson, y dijo que éste era una víctima de la intelectualidad francesa por ir contracorriente. Por su parte, el alemán Ernst Zundel publicó «¿Murieron seis millones?», lo que le llevó a la cárcel en 2007 porque en Alemania se castiga la negación de la Shoah. El negacionismo comenzó a organizarse de forma seria en la década de 1970, impulsado por el Institute for Historical Review, situado en California (EEUU). Los panfletos quedaron a un lado y comenzaron a publicarse obras con pretensiones académicas al objeto, decían, de fomentar el debate. A esa campaña se apuntaron historiadores americanos, franceses e ingleses, como el famoso David Irving, quienes negaban los asesinatos masivos por gaseamiento, y hablaban de acciones de guerra y enfermedades.

Solo se culpó a los alemanes

La versión negacionista se ha extendido en algunos países musulmanes tras la Guerra de los Seis Días contra Israel en 1967. Palestina ha sido motivo y foco del negacionismo como consecuencia de su odio al Estado israelí. En realidad comenzó antes, con el líder palestino Amin al-Husseini (1895-1974), aliado de los nazis, amigo de Hitler, y admirador de la Solución Final. De hecho, hubo un plan alemán-palestino de conquistar Egipto y exterminar a 60.000 judíos. En esa onda, Mahmud Ahmadineyad, ex líder iraní, organizó en Teherán en 2006 un congreso internacional fundado en que el Holocausto fue un «cuento de hadas» y una «superchería sionista». La negación de los crímenes nacionalsocialistas ha sido muy intensa desde los Juicios de Núremberg (1945-1946) y ha seguido varios derroteros. El primero consiste en rechazar la cifra de muertos, y alegar que se trata de un montaje sionista, o bien asegurar que fallecieron, no por un sistema de liquidación masiva, sino por actos de guerra, enfermedades como el tifus, o por grupos descontrolados o los pueblos eslavos. A esto le añaden otro argumento: no hay que culpar a los nazis porque el antisemitismo y la eugenesia estaban muy extendidas por Occidente. Es más, los soviéticos cometieron crímenes que no han sido juzgados, y lo aliados ocultaron que compartían las bases eugenésicas y antijudías de la Solución Final, pero luego solo se culpó a los alemanes.

La segunda negación se refiere a los Juicios de Núremberg, que los consideran nulos de pleno derecho por cómo y quiénes constituyeron el Tribunal Militar Internacional, y el procedimiento de «inseguridad jurídica». En resumidas cuentas: un jurado «ilegítimo» culpó a los líderes nacionalsocialistas de cumplir órdenes. Estos negacionistas insisten en que en esa «farsa judicial» se aplicó el Derecho natural, no el positivo; esto es, que primaron las leyes naturales basadas en la moral universal y que son fundamento hoy de Derecho, y no la legislación que entonces estaba vigente en Alemania. Fue injusto, dicen, que se les aplicara delitos como el de crímenes contra la Humanidad cuando esa tipificación no existía. Así, para estos negacionistas los criminales nazis eran meros servidores de la ley y, por tanto, merecedores de otro juicio, e incluso de ser exonerados.

La tercera negación es que hubiera un plan para la Shoah, y por tanto, es falso que el dictador Adolf Hitler diera la orden para el exterminio o que supiera que se llevaba a cabo. A esto suman varias negaciones: no hubo cámaras de gas para el asesinato masivo porque la tecnología no lo permitía, no existe documentación objetiva que pruebe el genocidio y la cantidad de población judía permaneció estable entre 1941 y 1945, por lo que es mentira, dicen, que hubo millones de muertos. La tesis parte del libro «La guerra de Hitler» (1977), del reconocido fascista David Irving. En sus páginas decía que el dictador era un hombre débil y vacilante que no supo nada del exterminio hasta 1943, y que nunca dio una orden en este sentido. Los neonazis y fascistas europeos y americanos tomaron la idea porque les servía para disociar a Hitler y sus teorías de la práctica que llevaron a cabo algunos nacionalsocialistas. Irving afirmó que las cámaras de gas de los campos de exterminio habían sido construidas por los Aliados tras la guerra como «atracción turística». Los judíos, decía, no murieron por ese método, sino por lo extenuante del trabajo y las enfermedades. En este caso la responsabilidad se la atribuyó a Heinrich Himmler, jefe de las SS y ministro del Interior.

Los autores negacionistas, en suma, en un pretendido debate contra la «verdad oficial», se dedican a blanquear el nacionalsocialismo y a atacar a Israel. A ese objetivo político, al que se suma en alguno de ellos la búsqueda de popularidad por sus «irreverencias», retuercen la documentación y recogen la argumentación que en su día dieron los nazis. El negacionismo, por todo ello, es visto como una pseudo-historia, el cuento de una supuesta conspiración sionista-aliada por motivos económicos y de dominación mundial. El riesgo de esta versión lo expresó bien Primo Levi, víctima del nazismo, cuando dijo que si se minimiza o niega lo que fue Auschwitz construir otro será más fácil, «y nada garantiza que engullirá solo a los judíos».