La modernidad nació en un jardín

La Royal Academy of Arts de Londres ha reunido un soberbio conjunto de 120 obras para ilustrar la pasión por la jardinería y las plantas de los grandes maestros de finales del siglo XIX y principios del XX.

Los agricultores estaban preocupados por lo que ese hombre tenía en su jardín. Eran especies exó-ticas, traídas desde lejos. Había flores blancas de México, pero lo que atemorizaba a los campesinos eran unas plantas acuáticas. «Creían que iban a envenenar el agua y matar a su ganado», explica Ann Dumas, curadora de la Real Academia de Artes (RA). No es usual hablar de horticultura en una institución artística de tal calibre. Pero la ocasión lo merece. De otra manera no se entiende a Claude Monet (1840-1926). Sí, Monet. Monet el pintor, Monet el padre del impresionismo, era jardinero. O para ser más exactos, Monet era jardinero y luego artista. «Quizá debo a las flores el haberme convertido en pintor», fueron sus palabras.

No fue el único. Caillebotte, Pissarro, Matisse, Joaquín Sorolla, Kandinsky o Klee también deben a la floricultura la inspiración que luego plasmaban en sus lienzos. La muestra que presenta el museo londinense no es lo que parece. Bajo el título de «Representaciones pictóricas del jardín moderno: de Monet a Matisse», uno no sólo disfruta de obras que rara vez se han expuesto al público, sino que descubre una faceta desconocida de los grandes maestros de finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX. La jardinería para ellos no era una mera afición. Se trataba de una pasión que les llevaba incluso a organizar encuentros para discutir exclusivamente de plantas. Monet, por ejemplo, quedaba con frecuencia con Pierre Bonnard en su casa en Giverny. Se enamoró de ella cuando la vio desde el tren camino de París. Primero la alquiló y cuando su economía se lo permitió, logró comprarla.

Gastaba cantidades muy importantes en cuidar el jardín que más tarde protagonizó sus trabajos. «Es el artista-jardinero por excelencia en la historia del arte», destaca Dumas. Traía plantas de todo el mundo que iba cambiando según la estación del año. El jardín era de estilo nipón. Es más, la embajadora de Japón llegó a ser invitada para conocerlo. Monet disfrutaba también criando gallinas, vacas y cerdos.

«No todo el mundo sabe el increíble horticultor que llegó a ser. Él mismo pensaba que era mejor jardinero que pintor», recalca la experta. Como anécdota, cuenta que cuando en otoño estaba pintando los árboles y las hojas comenzaban a caerse, las volvía a poner en su sitio con pegamento. En definitiva, primero creaba el paisaje y luego lo reflejaba en sus cuadros.

Inspirado por los jardineros ingleses William Robinson y Gertrude Jekyll, creó estanques de nenúfares logrando incluso que el alcalde de Giverny le permitiera desviar el cauce del río Epte.

Los agricultores de la zona observaban toda aquella transformación con escepticismo. Creían firmemente que aquellas plantas acabarían matando a sus vacas. Pero finalmente el escritor Octave Mirbeau ayudó a su amigo escribiendo una carta a las autoridades donde calificaba de «ridículas» las preocupaciones infundadas.

Una ocasión única

Monet, por tanto, se salió con la suya y los nenúfares le llevaron luego a crear una de sus obras más importantes. El monumental tríptico elaborado entre 1916 y 1919 marca, según la curadora, el «gran finale» de la exposición. Se trata de la primera vez que las tres piezas se exponen juntas en Europa. Actualmente, se muestran por separado en el Museo de Arte Nelson-Atkins de Kansas City, el Museo de Arte de Cleveland y el Museo de Arte de Saint Louis, Missouri. «Es difícil pensar en otro pintor que supiera combinar la pintura y la jardinería con la profundidad y el detalle con que él lo hizo», matiza la experta. El tríptico es de una belleza abrumadora. Llena por sí solo la última sala. Durante su creación, Monet vivía la angustia de la Primera Guerra Mundial. Desde Giverny, oía los cañones por lo que concibió su serie de nenúfares como una res-puesta a la matanza. «Ayer retomé el trabajo», escribió en 1914. «Es la mejor manera de evitar pensar en estos tiempos tristes. De todos modos me siento avergonzado de pensar en mis pequeñas investigaciones sobre la forma y el color, mientras que muchas personas están sufriendo y muriendo por nosotros», añadió.

Según Dumas, durante estos años, «Monet asumió seguir pintando como un esfuerzo de la guerra, era su personal gesto patriótico». Los efectos del conflicto se dejaban ver en los lienzos de Santiago Rusiñol. Los jardines abandonados de la aristocracia española protagonizan unos cuadros donde las estatuas y las fuentes sin agua representan el paso del tiempo. Por su parte, Kandinsky o Klee se concentraron en la vitalidad de la tierra misma. «Parece como si quisieran dibujar el poder regenerador de la naturaleza y la jardinería», explica la experta. «La jardinería era un intento de poner orden y paz a un mundo caótico», matiza. La exposición reúne 120 obras, firmadas por 50 artistas, entre ellos Van Gogh, que amaba los jardines, aunque no llegó a tener uno. Cada pintor se inspiró en su espacio de forma diferente. Sus gustos por las plantas eran tan diversos.

«El cuidado del jardín propio en la parte trasera de la vivienda fue algo que empezó a finales del Siglo XIX con el surgimiento de la sociedad burguesa», afirma Dumas. Esta transición de los grandes parques públicos a los pequeños jardines privados coincidió con la evolución de la botánica. «La apertura de los mercados económicos y la mejora de los viajes trajo a Europa nuevas especies de plantas, importadas de América, África y Asia. Y esto combinado con los avances en la ciencia, condujo a la producción industrial de una amplia gama de nuevas flores híbridas con formas y colores más variados, que entusiasmó a estos artistas», explica. Emil Nolde, por ejemplo, llegó a escribir: «El color de estas flores me llevaba magnéticamente a ellas y, de repente, me encontraba a mi mismo pintando».