La Real Academia expone su historia

La muestra reúne 300 obras, entre libros, cuadros y objetos

Detalle de la exposición

Cada época tiene su lengua, sus propias palabras y expresiones y formas particulares de manejar el idioma. Y durante 300 años, la Real Academia Española ha registrado con minuciosidad, atendiendo al habla de la calle y al idioma escrito, los nombres, verbos y usos de los hablantes. Unos registros que hoy, cuando se alza la vista y se mira hacia atrás, forman una bella estratigrafía de nuestro idioma, un testimonio bello y tangible de algo tan abstracto, pero de calado fundamental y hondo, como es una palabra.

A través de las fichas, diccionarios y estudios que ha publicado la RAE puede observarse la evolución del castellano, y los vocablos que han quedado en el camino y han desaparecido; pero, también, esas otras que han sobrevivido, se han adaptado a los tiempos y han ido añadiendo a su primitivo significado otros nuevos. La Biblioteca Nacional acoge una celebración especial: una exposición que conmemora los tres siglos de existencia de la Real Academia Española. Un recorrido que no es sólo por el español. También es un «viaje» por el tiempo, por las circunstancias políticas y económicas que ha padecido España, por los éxitos y los fracasos que han configurado nuestra identidad histórica y lingüística.

Los hombres piensan con palabras y cada periodo se piensa con las que tiene en ese instante, con el bagaje que aporta el pasado, pero, también, con las que añaden las diferentes tecnologías y ciencias del momento. Y esto, también, está presente en este recorrido que comienza bastante atrás, cuando nuestra civilización comenzó a escribir. La escritura cuneiforme es el punto de partida de un periplo que concluye con la irrupción de la era digital. En medio asoman ejemplos, verdaderas joyas, desde primeras ediciones de la primera y la segunda parte de «El Quijote» (cuya presencia aquí es lógica y apenas merece la pena recordar) hasta Lope de Vega, Quevedo, Zorrilla, Rubén Darío o Miguel Delibes –del que precisamente se exhibe el manuscrito original de «Los santos inocentes»–, que han ayudado a construir nuestro universo literario. En medio asoman el «Diccionario de Autoridades» o ediciones distintas de la «Gramática» o la «Ortografía». También se ha incluido un diccionario en el que aparece el nombre de «Academia Española», que corresponde al periodo de la II República, y una edición posterior, de 1939, en el que se recupera su nombre completo: Real Academia Española. Como señalaba la historiadora Carmen Iglesias –que estuvo acompañada en la presentación por José Manuel Blecua, director de la RAE y los académicos José Manuel Sánchez Ron y Darío Villanueva– «los académicos también se vieron influidos por los sucesos». Y esos sucesos están presentes en esta muestra, desde la guerra de Independencia hasta la guerra civil española. La exposición, que está organizada cronológicamente, ha recurrido a grandes obras de arte para ilustrar los distintos periodos de su existencia. Así, pueden contemplarse obras de Goya, como un retrato de Jovellanos, procedente del Museo de Bellas Artes de Oviedo, una «Alegoría de la Villa de Madrid», unos grabados sobre los horrores de la guerra, y una curiosidad del pintor que pocas veces se ha contemplado en público: un alfabeto dactilológico para sordos.

Los otros protagonistas

No son los únicos lienzos que se muestran en esta ocasión. Los distintos ámbitos de la exposición están jalonados por dibujos o lienzos de Mengs, Claudio Coello, Vázquez Díaz, Sorolla –un excelente retrato de Santiago Ramón y Cajal–, Fortuny y una pieza especial, singular y casi imprescindible: «Mis amigos», de Ignacio Zuloaga. Un lienzo a carboncillo en el que aparecen, entre otros, el duque de Alba, Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Ramón María del Valle-Inclán y una pajarita de papel que recuerda a Miguel de Unamuno.

Los académicos de la Real Academia Española, desde sus inicios hasta hoy, son los otros protagonistas. Aquí aparecen algunos de sus retratos y sus nombres. Incluido Salvador de Madariaga, el único de los exiliados que volvió a España para leer su discurso de ingreso (que se muestra), o los dibujos que Antonio Mingote hacía para decorar las felicitaciones y los menús de Navidad de los académicos. Para acercar el público la actividad de la RAE, hay una filmación de una de sus reuniones semanales, donde el espectador puede observar cómo trabajan y deliberan estos grandes observadores de nuestra lengua.