Historia

La sangre de la calabaza no es azul

Científicos españoles determinan que la sangre de Luis XVI no se encuentra dentro de una calabaza considerada hasta ahora una reliquia

Maximilien Bourdaloue nos engañó a todos durante más de 200 años. Y eso a pesar de que su historia parecía bien atada. Era la mañana del 21 de enero de 1793. La Convención ya estaba a cargo del Poder Legislativo de la recién proclamada República. Bourdaloue vio llegar la carroza que transportaba a Luis Augusto de Borbón hasta la plaza de la Concordia, entonces bautizada como plaza de la Revolución. Y poco antes de que la guillotina le separara la cabeza del cuerpo, escuchó el hasta entonces monarca exclamar: «¡Pueblo, muero inocente de los delitos de los que se me acusa! Perdono a los que me matan. ¡Que mi sangre no recaiga jamás sobre Francia!». Su sangre «recayó» en Bourdaloue. Consciente del valor de esta reliquia, mojó su pañuelo en la sangre que goteaba de la guillotina y lo guardó en una calabaza, un recipiente bastante común por aquel entonces. Poco después, ordenó a un artista parisino, Jean Roux, que la decorara con motivos pertenecientes a la reciente y convulsa historia de Francia. Su objetivo no era precisamente romántico: pretendía venderla a un joven militar apodado «El Águila» y que respondía al nombre de Napoleón Bonaparte. Más de dos siglos después, podemos afirmar con una certeza rayana al cien por cien que la sangre de aquella calabaza no corresponde al monarca ejecutado. Ésta es la conclusión a la que ha llegado un estudio internacional publicado en «Scientific Reports» y en el que ha participado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Los investigadores han secuenciado el genoma completo de una pequeña muestra del pañuelo –para hacerse una idea, apenas la mitad de la uña del meñique–. ¿El resultado? Ni los ancestros ni el aspecto físico del portador de esa sangre coincidían con los del monarca Borbón.

Un hombre de altura

Así, en primer lugar se comprobó la línea genealógica del «dueño» de la sangre. Los registros históricos mostraban que Luis XVI y hasta 16 de sus tatarabuelos poseían una línea genealógica muy heterogénea en la que predominaban los ancestros europeos, sobre todo de Polonia y Alemania. Sin embargo, la sangre analizada tenía un claro componente francés y, sobre todo, italiano. Después, estaba la cuestión del físico. Y, en este sentido, las pistas fueron definitivas. Parece documentado que Luis XVI era una persona de gran altura. «Siempre le nombran como un gigante, como el tipo más alto de toda la corte», explica Tomás Marqués-Bonet, investigador ICREA del Instituto de Biología Evolutiva UPF-CSIC y del Centro Nacional de Análisis Genómico. Sin embargo, el genoma recuperado indica que estamos en una «estatura media». El color de los ojos también fue clave. Como afirma Marqués-Bonet, «en todos los retratos Luis XVI aparece con los ojos azules. Mirando el genoma, lo pudimos ver de forma relativamente fácil: nuestros resultados indicaban que los tenía marrones».

En una disciplina como la genómica es realmente difícil hablar con absoluta certeza. «Si coges uno a uno todos los análisis que hemos hecho, siempre te quedas con la duda. Quizá, reinterpretando, siendo un poco amable, podría ser...», dice el investigador. Pero, «en cuanto vemos cuatro o cinco aspectos que no cuadran, preferimos ser conservadores. Al final del estudio lo decimos: no hay una evidencia muy directa», asegura. De hecho, siempre hay «un grado de imprecisión».

Hay que recordar que esta calabaza lleva en Italia desde hace más de un siglo y es posesión de una familia de Bolonia que prefiere guardar el anonimato. De hecho, el recipiente se encuentra en la cámara acorazada de un banco y no lo han visto ni siquiera los científicos españoles. El investigador principal, Carlos Lalueza-Fox, del Instituto de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra-CSIC, consiguió, a través de un profesor de la Universidad de Bolonia, convencer a esta familia para que accediera a mandarles una minúscula muestra. Ni siquiera es tela del pañuelo; con el paso del tiempo se ha descompuesto hasta convertirse casi en cenizas. La muestra le llegó al equipo científico en un paquete certificado, cerrado herméticamente y con un poco de hielo para que se conservara en condiciones frías.

Los científicos no descartan que la muestra haya podido «contaminarse» con el paso del tiempo. «Cabe la posibilidad de que haya habido mucha contaminación. Han pasado más de dos siglos. Está documentado que sellaron la calabaza y que no accedieron a ella. Pero una cosa es lo que se escribe en los libros y otra lo que sucedió. Ha pasado por muchas manos privadas», dice Marqués-Bonet. O también es posible que la sangre no perteneciera a Luis XVI, aunque el bueno de Bourdaloue no fuera consciente: no fueron pocos los que pasaban por la guillotina por aquel entonces, por lo que los restos recogidos podrían pertenecer a cualquiera de los sacrificados en pos de la Revolución.

Segundo acercamiento

Éste no fue el primer acercamiento de los investigadores al marido de María Antonieta. Partiendo de dicha muestra del pañuelo, hace tres años analizaron unos marcadores del cromosoma Y que es el que se pasa de padres a hijos. Algunos de estos marcadores eran muy parecidos a los que arrojaba el análisis de la cabeza momificada de Enrique IV, también de la dinastía Borbón y predecesor en el trono, por lo que parecía, claramente, que estábamos ante la sangre de Luis XVI. Sin embargo, un estudio publicado a finales del pasado mes de octubre de varios investigadores belgas arrojó un sorprendente resultado: después de acceder a tres muestras de ADN por parte de descendientes actuales del monarca, concluyeron que ni la cabeza pertenecía a Enrique IV ni la sangre a Luis XVI. «Por eso decidimos mirarlo todo y hacer el genoma completo. No podemos explicar por qué los marcadores se parecían. Los resultados los replicamos», dice Marqués-Bonet.

Además de indagar un poco más en los secretos de la Historia, el hallazgo del equipo del CSIC atesora algunos beneficios colaterales. Y es que estamos ante el primer genoma perteneciente a un periodo histórico reciente. De ahí que los científicos piensen que las técnicas empleadas puedan ser útiles en los estudios forenses, donde, «más allá de recuperar unos marcadores genéticos informativos, se podrá trabajar con genomas completos», dicen los expertos.

«Esto es tecnología punta. Y es sólo cuestión de tiempo que se utilice en mayor medida», dice Marqués-Bonet. De hecho, en criminología forense se utiliza la técnica conocida como microsatélites, mucho más barata pero también más rudimentaria. Secuenciar un genoma completo puede costar entre 2.000 y 5.000 euros, cuando otras técnicas apenas llegan a unos cientos. «En lugar de utilizar microsatélites, se secuenciará todo el genoma. Pero a día de hoy no se hace. Nosotros tenemos el privilegio de trabajar en sitios punteros. Es cuestión de tiempo que se utilice en la forensia», apunta el investigador.