Al amazonas

Una de las grandes verdades del periodismo, Walter Lippmann mediante, es que las exclusivas de hoy terminan envolviendo el pescado de mañana. Salvo que quien las lea sea Manuel Leguineche (1941-2014). En ese caso, claro, de una de tantas noticias publicadas en la prensa la tenacidad del periodista es capaz de alumbrar una crónica tan apasionante como «El precio del paraíso», la historia de un español de Monzón (Huesca), Antonio García Barón, que sobrevivió a dos guerras, la nuestra y la Segunda Guerra Mundial, y a cinco años terribles en Mauthausen, para acabar encontrando en el Alto Amazonas boliviano su Arcadia libertaria.

Porque lo que encierra este libro es, sobre todo, un impecable ejercicio del mejor periodismo, de ese capaz de hacer cruzar medio mundo a un reportero que ha olfateado una buena historia. Leguineche, además, tiene la lucidez suficiente (cada vez más infrecuente en el oficio) para echarse a un lado y ceder la voz narrativa al propio García Barón. Él es quien –a través de semanas de conversaciones con el periodista en un rincón ignoto de la selva amazónica– cuenta al lector su angustioso viaje desde «el último círculo del infierno» hasta las orillas del río Quiquibey, allí donde su fe en la libertad halla la felicidad de quien nada tiene y nada desea. Se lee como una moderna fábula sobre el valor de las cosas a las que no damos valor, sobre la impostura de la derrota y la victoria, sobre la incontenible fuerza de un ser humano empeñado en ser fiel a sí mismo. Sus páginas huelen a la humedad de la selva y en ellas se escuchan las pisadas de los chanchos, los chillidos de las bandadas de loros y el rugido del jaguar. Y por encima de todas ellas se eleva la personalidad de un hombre excepcional que siempre defendió que «es más importante ser que tener».