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Ancladas en el río Támesis

Es indudable que la sabiduría no es una virtud que acompañe necesariamente a la madurez, pero cuando así sucede y la persona madura en cuestión tiene el don de la escritura y ha crecido rodeada de intelectuales el resultado no puede ser más satisfactorio para los beneficiarios, que en este caso somos los lectores.

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Penelope Fitzgerald fue una autora tardía. Publicó su primer libro, una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, cuando tenía cincuenta y ocho años, su primera novela a los sesenta y tres después esa joya literaria llamada «La librería» cuya adaptación cinematográfica la ha descubierto para el gran público y que fue finalista del prestigioso Booker Prize. Solo hizo falta un año más para que el galardón llegara a sus manos en 1979 gracias a «A la deriva». Su protagonista es una mujer canadiense que no tiene dinero para alquilar una vivienda en Londres a principios de los años sesenta y vive con sus dos hijas de once y seis años en una barcaza llamada «Grace» anclada en el Támesis. A sus problemas económicos ha de añadir los sentimentales, pues su marido, inglés, no quiere vivir con ella y las niñas.

Las tres comparten sus vidas con unos peculiares vecinos: el elegante Richard Blake, propietario del «Lord Jim», con un buen trabajo y dificultades con su esposa que no quiere vivir en el barco; Sam Willis, un pintor especializado en marinas que quiere vender el suyo, el «Acorazado», antes de que se hunda y un jubilado que vive en el «Rochester». Cada uno refleja en el nombre de su barco lo que es o todo lo contrario y todos ellos viven lejos de la tierra firme, al albur de las mareas del Támesis. Es un conjunto peculiar de personajes secundarios a los que Fitzgerald retrata con suma habilidad, sin perder perspicacia ni humor incluso cuando habla de la gata de Nenna, que es «mentalmente inestable» y se llama Rayada. La mente de la protagonista no se encuentra mucho mejor ya que los pensamientos de Nenna adoptan a veces la forma de un proceso judicial, un juicio enajenante en el que ella actúa como acusada, fiscal y juez de su propia vida y que da lugar a hilarantes diálogos que tienen como fondo la afligida vida que lleva la protagonista.

Nacer con la derrota

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Penelope Fitzgerald afirmaba que escribía para dar voz a la gente que parece haber nacido derrotada o profundamente perdida. Así son los protagonistas de este libro, pero hay que hacer una brillante excepción, la autora posee una gracia especial para dibujar personajes infantiles (recordemos a la Christine de «La librería») y en esta ocasión descubrimos a Martha y Tilda, las dos hijas de Nenna, dos niñas que iluminan el texto cada vez que aparecen. El libro es en parte autobiográfico, porque la autora vivió un par de años en un barco del Támesis. «A la deriva» es como uno de los buenos barcos anclados en el río, sólida y ligera a la vez. Una auténtica delicia de novela. Sus páginas destilan esa sabiduría de quien ha vivido mucho y sabe cómo contarlo.