Del taparrabos a la piel de oso

«El africano de Groenlandia», que fue publicado por primera vez en 1981, y ha sido reeditado por Turner en 2016

«El africano de Groenlandia», que fue publicado por primera vez en 1981, y ha sido reeditado por Turner en 2016

“Salvaje” es la palabra peyorativa que se usa para calificar a toda aquella sociedad ajena al capitalismo, sistema que nos permite vivir en un mundo evolucionado, al menos materialmente. Y los llamamos “salvajes” porque “se comportan como animales”, como se suele decir, por el simple hecho de basar su producción de alimentos en la caza y la recolección. No cabe duda de que esta interpretación procede de la época precolonial, el salvajismo de las comunidades era la excusa para “civilizarlas”. Dos de esas sociedades que intentaron transformar los países europeos (cuyo único objetivo era explotar los recursos de los territorios ocupados, ya que se agotaban los del propio continente), fueron la africana y la groenlandesa, es decir, las comunidades de las regiones más inhóspitas del planeta. Y se les debe reconocer esa virtud, la de poblar tierras en su mayoría hostiles para la supervivencia humana, para el beneficio de toda la población mundial. Tanto africanos como groenlandeses podrían empequeñecer el mundo, desplazándose a Europa, Estados Unidos o Asia, y de hecho, como las noticias nos recuerdan cada día, muchos lo hacen.

La opción más extraña fue la que Tété-Michel Kpomassie, que en 1958 tomó la decisión de viajar desde Togo (que no se independizaría de Francia hasta 1960), un país cubierto por la frondosa selva y donde la temperatura media supera los 30ºC, hasta Groenlandia, la isla, o mejor dicho placa de hielo, más grande del mundo, y en la cual difícilmente se superan los 0ºC. Kpomassie relató la travesía y su estancia en Groenlandia en su libro “El africano de Groenlandia”, que fue publicado por primera vez en 1981, y ha sido reeditado por Turner en 2016.

Siete años tardó nuestro protagonista en alcanzar la costa groenlandesa debido a la escasez de dinero para el transporte. Pasó por Ghana, Francia, y, evidentemente, Dinamarca. De allí cogió un barco hasta el gélido sur de Groenlandia con el miedo en la piel, literalmente, pues estaba expectante a cómo los esquimales reaccionarían a su color. Podrían haberle deportado al otro barrio violentamente, pero la realidad fue que su bienvenida fue mesiánica. Los niños le seguían a rebufo y los adultos deseaban acogerle en su casa, cuyas paredes no son de hielo ni mucho menos. Cuando ya se instaló comprobó que realmente la vida en Groenlandia era incluso más comunitaria que en África, las puertas de las viviendas permanecían abiertas, unos y otros se visitaban constantemente para compartir el café caliente, y ni siquiera existían los celos hacia otra persona, ya que siempre reinaba una plena confianza. En este panorama, los primeras días de Kpomassie en la isla, a pesar del frío, fueron felices. No obstante, poco después, ya como un esquimal más, comprobó los efectos de la colonización. El Gobierno de Dinamarca ofrecía pagas a los groenlandeses, lo que había provocado que abandonasen su vida de cazadores-recolectores para consumir los escasos productos que llegan de Europa y, cómo no, con tanto frío era lógico que el producto preferido fuera el alcohol. Así, según cuenta Kpomassie, parte de los groenlandeses se pasan el día borrachos y en el “dancing”, es decir, la discoteca. Para el togolés, los esquimales del sur de Groenlandia se habían asalvajado por culpa de la civilización.

Por ello decidió partir hacia el norte de la helada isla, donde aseguraban los esquimales del sur, en tono despectivo y cargado de superioridad, que aún quedaban comunidades de cazadores-recolectores. Una vez allí, Kpomassie (que volvió a ser recibido como un mesías) por fin pudo comprobar lo que para él era la invulnerable vida primitiva de un esquimal, sencilla y austera, que eran denominada salvaje. Salió a pescar en kayak, a cazar focas con arpón y se desplazó en trineo. Además, conoció la pureza de las costumbres no contaminadas por un agente externo, como sí lo habían sido las togolesas por la ocupación francesa; y tras ser adoptado por una civilización ajena a la barbarie imperialista, pudo hacer el camino de vuelta con su conciencia totalmente libre.