El descaro de Rafael Gumucio

Irreverente y descarado, Rafael Gumucio (Santiago de Chile, 1970) no es, quizá, el mejor escritor chileno de su generación (una generación que encontró su espacio en aquello que se llamó, en la década de los años noventa, «nueva narrativa chilena» y que, según Bolaño, no era nueva y apenas llegaba a ser narrativa), pero sí es, tal vez, el más corrosivo: un escritor sin pelos en la lengua pero que escribe, eso sí, con la lengua desatada, siempre imperfecta, y con un humor impúdico que es capaz de llegar hasta los rincones más oscuros de la sociedad contemporánea.

Ese humor es el que sostiene la trama de su nueva novela, «El galán imperfecto», donde Gumucio, al igual que en sus libros anteriores, hunde el bisturí de su pluma para mofarse de la falsa inocencia que anima, muchas veces, el movimiento de lo que se considera políticamente correcto. En este caso, el deseo de viajar, de conocer lugares, gente, con el único propósito de ir y volver con un «selfie» en el bolsillo y muchos «likes» en Facebook o en Instagram.

Así, a través de la voz de su narrador (un periodista que ha cruzado la barrera de los cuarenta años, que ha leído la Biblia, que no se fía de las mujeres porque está repleto de una sospechosa timidez y que decide hacerse una cirugía en el pene), Gumucio se embarca en una historia en la que aparecen, mientras soporta las horas del postoperatorio envuelto en el delirio, una novia que pasa sus vacaciones en el Sudeste asiático pero, sobre todo, su historia personal. Una historia de compañeros de colegio que se reían de su inocencia, de un padre ausente, de miedos y temores que fueron tejiendo una trama de dolor pero que, gracias a los mecanismos que ofrece el humor y el desparpajo, se han transformado, con los años, en una historia de felicidad.