El medievo como amenaza

Si es verdad aquello de que cada escritor tiene una obsesión, la de Jim Crace podría ser el cambio, el movimiento de un periodo a otro, de un estado anterior a uno posible, así lo que cambie sea una persona, una etapa histórica o algo determinante para la humanidad. Ya lo hizo con «The Gift of Stones», que se asienta en la transición del Paleolítico al Neolítico; con «Los cuarenta días», que acompaña a Jesús por el desierto, y con «Amanece la muerte», una disección escalofriante de una pareja que encuentra su final entre unas dunas.

Ahora es el turno de «Cosecha», ganadora del Impac Dublin, en la que Crace centra su mirada en el medievo tardío, en una comunidad rural de la campiña inglesa que teme el advenimiento de otra época, la pérdida de una tierra que pronto, muy pronto, entrará en el pasado. Intensa y pausada, la novela, cuyo estilo nebuloso impide ingresar con los ojos bien abiertos en ella, no tiene, sin embargo, nada de elegiaco, sino un tono de amenaza constante, de algo que no puede detenerse.

El narrador es Walter Thirsk, un hombre que ha sido testigo de los hechos y que cuenta la historia una vez acabada. Hosco a veces, en su estilo, recuerda la época en que llegaron a la aldea donde vivía tres foráneos que se instalaron en las afueras, al final de la cosecha. Eran dos hombres y una mujer pequeña que enseguida se vieron implicados en un incendio que acabó con su palomar y con las últimas espigas de la cebada.

La novela, más allá de enfocarse en un momento histórico como es la transición desde el feudalismo a una época más moderna, no se propone ser una reconstrucción de la coyuntura de entonces. Crace compone un ambiente adecuado para que esta historia de transición, y con mucho de relato bíblico, sea lo que debe ser: el recuerdo de un tiempo que ha quedado atrás pero que, escrito en la memoria del narrador, resulta perenne.