Literatura

Esa patética meca del cine

«Karoo», de Steve Tesich, es novela dura, irónica y divertida sobre un escritor que se dedica a «arreglar» guiones en Hollywood

John Turturro interpretaba a un escritor de guiones en Hollywood en «Barton Fink», de los hermanos Cohen.  Un personaje que recuerda al de Tesich
John Turturro interpretaba a un escritor de guiones en Hollywood en «Barton Fink», de los hermanos Cohen. Un personaje que recuerda al de Tesich

Saul Karoo es la viva encarnación de la decadencia del primer mundo: cincuentón, barrigón, rico, vitriólico, materialista, cínico y carente de emociones... No en vano resume que ir a la tintorería los sábados es lo más próximo a la religión que puede profesar. El tabaco y su adicción al alcohol completan la hoja de ruta de su sinrazón existencial, sin olvidar que es un divorciado y padre de un vástago adolescente al que escatima todo el afecto que puede. Se gana la vida «desinfectando» guiones ajenos, aunque tiene la secreta aspiración de una variación futurista del mito de Ulises: ¿toda una joya enfangada en la ciénaga, no?; ¿A qué negarlo? Es un libertino desnortado, abatido y solitario en la ciudad más poblada y más solitaria del mundo: Nueva York. A medida que avanzamos por la mítica ruta 66 de su existencia, van surgiendo más lindezas de su entorno: florece una amante, dibuja el retrato ridículo de la industria del entretenimiento hollywoodiense, la falta de escrúpulos, la obesidad imperante, el consumismo circundante, el egoísmo como símbolo de nueva fe, la enfermedad o la carcoma socioeconómica de toda inmensa urbe.

Vivir, sufrir, amar

Cuando abordamos la lectura de un libro, deberíamos hacerlo sin prejuicios y, especialmente, sin dejarnos intimidar por los grandes popes que han osado adjetivarlo –en este caso, nombres como los de Arthur Miller o Doctorow–. Cuando, simple y llanamente –excluyendo también a quien esto escribe– optamos por sustantivar sólo para dejarnos impregnar por la obra puede llegar a transportarnos a algún sitio –o abandonarnos clavados únicamente en el entretenimiento, sin más–. Esta es de las primeras. Aunque en literatura todo vale, reconozcamos que hay historias que configuran un espacio, llevándonos a una dimensión ignota para el lector, donde de forma inabarcable e inconcebible los personajes viven, sufren, aman y mueren... O resucitan de sus cenizas. Eso sucede con arquetipos como Ignatius Relley, otro olvidado del mundo editorial, Alonso Quijano, o este Saúl Karoo, que sienten y padecen, que evolucionan, que piensan, que se equivocan; personas de papel que existen en ese universo que nos da más claves de las deseadas acerca de nuestras miserias.

Repasemos con lupa de siete aumentos: Karoo es un guionista retorcido que lo único que sabe es destrozar guiones ajenos. Trabaja como «reescritor» –como tantos «negros» en Hollywood y en medio planeta– arreglando las no escasas ideas de otros para adaptarlas a la maquinaria hollywoodiense y convertirlas en taquillazo o reinas efímeras de «share». El sentido de su vida es pasar por la trituradora de carne de «El Muro» de Pink Floyd cualquier obra que ponen sobre su mesa hasta convertirla en digerible, comercial y rentable. No es un artista en el sentido literal del término, pero sí lo es. ¿Cómo llamar, si no, a aquel que hace, rehace, mejora y resucita historias anodinas?

Eso sí... Su trabajo, su vida, su mundo y acaso su cosmología anímica le pasan factura. Por eso bebe. Pero tiene un problema bioquímico: no se emborracha.... Y para no defraudar la «mala imagen» que todo guionista arquetípico tiene –vida desastrada, mal conductor, alcohólico, putero, divorciado y excesivo–, hace el gran favor a su entorno de volcarse alcohol sobre la ropa para que todos huelan el olor a destilería barata que emana. Nadie se preocupa de saber que, al tiempo, como el picador de una mina chilena, es víctima de los achaques propios del devenir y la mediana edad que frisa: sufre extrañas enfermedades, tiene una patética vida sentimental y es incapaz de sincerarse con nadie o manifestar ningún tipo de emoción, como un verdadero enfermo del síndrome de Moebius...

Nos habla en primera persona del mundo que conoce, acaso destinado a quien nunca verá algunas de sus series, películas o adaptaciones cinematográficas. Incapaz de alzar la voz para decir que aquella frase magistral es suya. Sabe el autor de ello más que nadie y desvirtúa su imagen en espejos valleinclanescos.... Pero no cuela. Sabemos que Tesich escribió los guiones de varias películas entre los setenta y ochenta –como «El ojo mentiroso» o «El mundo según Garp»– y que incluso tuvo un Oscar por «El relevo»... Pero es tan fornida su desilusión, tan arraigada su necesidad de denuncia y tan gástrica su decepción que todo lo satiriza. Es la lucidez en estado puro de quien ha sido un mercenario pero no ha olvidado su capacidad de crítica y autocensura. La última escena, cuando él viaja en su mente por uno de los universos de su literatura, por la nada y el vacío, resulta extraordinaria y majestuosa. Una alegoría y la conclusión de la tragedia de la vida a través de la catarsis inmotivada al reencontrarse con su destino, que era –vaya sorpresa–, simplemente vivir. Aunque a veces resulte un poco irregular, porque la primera mitad se lee con fruición mientras la segunda se ocupa de la redención del personaje (y es más dolorosa), refleja magistralmente el virus hollywodiense que tenemos impreso todos en los genes occidentales: lo divertido y sarcástico vende... Lo doloroso, para los griegos, ¿o no es así?. Sí es importante para el lector que lo ignore que esta magnífica obra se publicó en Estados Unidos en 1998, dos años después de la prematura muerte de su autor, y aunque recibió buenas críticas, la recepción de los lectores norteamericanos fue apenas discreta. Las recomendaciones –como esta misma (y de veras lo creo)– no sirvieron para nada.

No hay talento que quede enterrado

Tuvieron que pasar 15 años para que un pequeño sello francés la rescatara y se convirtiese en la sorpresa de la temporada tras recibir el equivalente al Premio Llibreter, el Mémorable, que rescata obras inéditas o que han pasado desapercibidas. No hay talento que quede enterrado: tarde o temprano, la arqueología emocional de la civilización lo rescata y lo saca a la luz. Amantes de Hollywood y de la literatura americana: estamos ante una obra maestra que contará a lectores futuros lo que fuimos. Y tanta basura que se publica bajo palio no merece descalzarle las sandalias a Tesich.

Sobre el autor

Esta novela se publicó dos años después de la muerte del autor. Está considerada una obra de culto. Tesich fue un escritor y guionista olvidado que ganó, sin embargo, un Oscar por «El relevo».

Ideal para...

Comprender el mundo de la sociedad occidental con todas las miserias que tiene.

Un defecto

La segunda parte decae respecto a la primera, como si el narrador hubiera perdido parte del pulso.

Una virtud

Ayuda a mirar de otra forma las series y películas, así como para valorar a las personas que las escriben.

Puntuación: 9

El libro de la semana

«Karoo»

Steve Tesich

Seix Barral

560 páginas, 20 euros

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