Héroes proletarios

La reedición de la obra cumbre de Michael Gold, «Judíos sin dinero», pone la guinda a la recuperación de clásicos de la novela de la clase obrera

Los escritores de la novela proletaria son ellos mismos proletarios, porque es esencial hablar en primera persona
Los escritores de la novela proletaria son ellos mismos proletarios, porque es esencial hablar en primera persona

La reedición de la obra cumbre de Michael Gold, «Judíos sin dinero», pone la guinda a la recuperación de clásicos de la novela de la clase obrera

¿Existen libros que no vencen la prueba del tiempo? Por supuesto, pero a veces, bajo esa afirmación incuestionable, se cometen injusticias terribles. Lo bueno es que, a veces, sólo a veces, las injusticias pueden ser derrotadas. La editorial Dirección Única encontró una copia de la traducción que la editorial Cénit hizo de la novela «Judios sin dinero», de Michael Gold, en 1930. No sabían quien era ese escritor, pero por una de esas fantásticas casualidades que hacen que la vida valga la pena, decidieron comprar el ejemplar. Cuando lo leyeron, quedaron estupefactos que una obra así no hubiese resistido el paso del tiempo y se hubiese olvidado.

A partir de aquí surgieron las dudas. ¿Debemos reeditar una novela que parece que ya no importa a nadie y que debe de haber perdido su relevancia? Buena pregunta, importante pregunta, que merece la mejor de las respuestas. Lo que hicieron, con la complicidad de un instituto, fue entregar el manuscrito a un grupo de adolescentes. 90 alumnos de primero de bachillerato lo leyeron y la reacción fue abrumadora. No sólo les gustó, sino que pidieron a los profesores novelas de la misma temática. Ya tenían la respuesta, no sólo podían reeditarlo, sino que debían hacerlo.

«Judíos sin dinero» es el escrupuloso recuento de los años de infancia de Gold en el Lower East Side de Nueva York, microcosmos donde sobrevivía como podía la inmigración judía a principios del siglo XX. Gold, cuyo verdadero nombre era Itzok Isaac Granich, era el hijo de un pintor de brocha gorda de origen rumano, cuyo gusto por contar historias le había convertido en una especie de celebridad en el barrio. La novela describe la angustia y asfixia de la vida que se veían obligados a vivir, en una sobrepoblada superficie de chinches, moscas, infelices, borrachos, maleantes, rufianes, y trabajadores, sobre todo trabajadores que hacían todo y más para asegurar la vida de sus hijos.

Lo milagroso de este recuento de infancia es su capacidad para hacerte partícipe de la vida de estos personajes y, a la vez, la conmiseración y vergüenza en la raza humana que despierta. Y lo hace con sus gotas de lirismo y de humor, porque todavía hay luz hasta en las vidas más desesperadas. La huelga de alquileres que promueve su madre es antológica y consigue que cien años después su mensaje llegue alto y claro, tan actual como entonces. Aunque es tan grande que es muchas más cosas, estos «Judíos sin dinero» son ejemplo claro de la llamada novela proletaria.

Para aquellos adolescentes que exigían novelas como esta para leer, aquí hay otros ejemplos míticos. La editorial Capitán Swing ha recuperado «Los filántropos en harapos», de Robert Tressel, otro pintor y decorador que trabajó toda su vida con miedo de que si caía enfermo, su única hija, a la que criaba solo, quedaría desamparada. Y cayó enfermo, y murió, pero su hija no quedó desamparada, consiguió que se editara su obra maestra e inmortalizó su nombre para siempre. «Los filántropos en harapos» cuenta la historia de un grupo de trabajadores tan altruistas que acceden a trabajar en condiciones miserables y por salarios de vergüenza para que sus señores tengan más beneficio. La ironía, llena de rabia y desesperación, consigue un mensaje que hoy habla de tú a tú a la gran mayoría de mortales.

Otro gran ejemplo de esa vertiente de la narrativa es «La hija de la mujer de la limpieza», de genial James Stephens, al que Joyce pidió si podía acabar con él su intrincado «Finnegan’s wake». Más poética, más extraña, aquí nos encontramos en Dublin, con una niña de 16 años que ve asombrada como su madre limpia casas hasta borrarse del mundo. Una delicia.