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Historia secreta de las novelas

Sostenía el cineasta François Truffaut que la segunda vez que vemos una película es, en realidad, la primera, porque es en ese visionado cuando se pueden captar sus estructuras internas, dobles sentidos y calculadas ambigüedades más allá de un argumento o unos sucesos en pantalla que pueden importar menos. Lo mismo aduce Nabokov aplicado al género novelístico, como muy bien se encarga de comentar Adam Thirlwell (Londres, 1978) en este ensayo perspicaz, riguroso y documentado, aunque en absoluto académico. Se desarrolla aquí la idea de que un relato literario no es el mero reflejo de una realidad figurativa o abstracta, sino que tiene una entidad propia basada en las diferentes formas de trasladar esa realidad al lenguaje de la ficción.

Revolucionario Maupassant

Aparte de la traducción de un idioma –el original de la obra– a otro, lo que implica una «recreación» del texto interpretado en otra lengua, se abordan temas tan variados como la definición y ordenación que de una frase referencial traza Roland Barthes, así como sus teorías sobre el arte fotográfico y su mimética plasmación de la realidad; la obsesión de Flaubert por la estructurada disposición de las secuencias narrativas en sus novelas o el revolucionario hallazgo cuentístico de Maupassant con su «tranche de vie», un momento crucial en la vida de los personajes; sin olvidar cómo refleja Kafka la perplejidad del Josef K de «El proceso», encarado éste a su otro yo presuntamente culpable; la función del monólogo interior en el Ulysses de James Joyce, que «traduce» los pensamientos de los protagonistas a la prosa de la genial novela; la literatura de Dickens, basada en la estudiada repetición de conocidas tramas, secuencias y tipologías; o la original narrativa de Carlo Emilio Gadda, basada en el deliberado enrevesamiento del enigma policial planteado. Destacada atención merecen los apartados dedicados a la narrativa de Bohumil Hrabal procedente de contenidos orales vertidos a la mixtificación de lo literario; a Lewis Carroll y su «Alicia en el país de las maravillas», obra que, mediante la parodia, muta del inicial relato fantástico a una fábula simbólica sobre la engañosa realidad; y, sobre todo, el profundo análisis de «Tristan Shandy», de Sterne, y la importancia de su configuración capitular en la dosificación de la trama general. En un tono de libre especulación crítica, bien fundamentada, recurriendo a suculentas anécdotas literarias, se ahonda en la diversidad formal de la novela como género de inagotable riqueza ética y estética.