Libros

Kiko Amat, un punky de las letras

Con su novela «Rompepistas» se dijo que cerraba su ciclo sobre los hostiles años 80, pero como la cabra tira al monte –y el punk rocker a destrozar la Stratocaster– volvemos a ver a Kiko Amat transitando por la Barcelona del Naranjito, Paolo Rossi –aunque nuestro protagonista admire más a Kevin Keegan–, el escándalo del aceite colza, «Falcon Crest» o los Mortadelos como antídoto contra la enajenación. Y eso que locura hay mucha, en este libro. Curro, el protagonista, es un chaval de 12 años cargado de tics –cruje las muñecas, se huele compulsivamente las uñas y repite el ritual de encender y apagar los interruptores–. De fobias tampoco anda escaso, lo que no es extraño cuando se vive rodeado de lo que él llama especímenes: un abuelo demente, un padre adicto a la vigorexia cuando ni existía el concepto, una madre con dimorfismo a causa de su «zampabollez» como sustituto del afecto, y un hermano abusón profesional. Entre la supervivencia de nuestro Curro, y su amigo Priu, como nerds de primera camada en el extrarradio barcelonés y la actualidad, media la bioquímica. Un brote de locura homicida llevó a nuestro joven al cotolengo de Santa Dympna, donde permanece desde hace más de 20 años. Allí, junto a su «mayordomo» Plácido asistiremos sus planes de fuga. ¿Qué le llevó al psiquiátrico? ¿Cuándo detonó su enajenación? ¿Por qué ha firmado un juramento de vasallaje con otro «tupi» de librea y adicto a citar a Churchill?

Todas las respuestas las encontremos en una historia en la que todo funciona y en la que todo es creíble, por más extraordinario que parezca. Habla del miedo, de «ser distinto», de la inadaptación, de la vida en los márgenes de los arenales de cualquier límite, de la puñetera genética y el modo en que nos condiciona, mezclando delirante ternura con la más dura desnudez de una realidad en proceso de descomposición. Amat consigue una impactante novela que regala una de las más cautivadoras visiones de una infancia rarita mientras el mundo gira, que haya dado la literatura de la última década.

Morder el barro

Hiperbólico, navajero, mercenario del sustantivo, insolente, adictivo, gozoso, indomesticable, melancólico y con inmejorable oído para la voz de la verdad. Aunque le fastidie al autor, porque no desearía ser canónico de nada, ha logrado un libro redondo; a medio camino entre la película «Léolo» y una buena columna de don Ramón –esto le escocerá más–. Que muerda el barro si prefiere seguir siendo maldito. A su edad, ya es imposible. En cambio, convertirse en un poderoso creador de imágenes con un libro difícil de digerir, es como recibir la Bota de oro al mejor narrador del año.