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La culpa fue de Disneylandia

Hay un programa de televisión del canal barcelonés BTV, el maravilloso «Tot art», que propone conocer cómo un elemento de la vida ha sido reflejado por parte del mundo de la pintura: la línea, el erotismo, la despedida, la locura, la mirada... En el capítulo dedicado a este último tema, a la busca de alguien para quien mirar fuera la esencia de su trabajo, la presentadora del espacio acudía al estudio de Xavi Torres-Bacchetta, acostumbrado a retratar a grandes personalidades del cine, la música y la literatura de todo el mundo. Pues bien, al preguntarle qué personaje al que había disparado su cámara le había resultado más impactante, lo tuvo claro: Terry Gilliam, del que destacaba su vis cómica, un tipo, decía, «sensacional de retratar». De aquella sesión con el actor y director, por cierto, saldrían un par de fotos llamativas: una en la que Gilliam sujeta una lupa delante de su boca, con lo que salen agrandados los dientes de forma esperpéntica, y otra en que se estiraba las mejillas hacia los lados.

Esa anécdota de un fotógrafo que ha captado la belleza o el misterio de los rostros más reconocibles en los medios de comunicación de todas las generaciones resulta paradigmática alrededor de quién es y lo que inspira Terry Gilliam, del que ahora nos llegan unas memorias que no podían haber sido mínimamente corrientes, sino que ya desde el título y el subtítulo sugieren una mente infinitamente creativa detrás, y con mucho, mucho humor, «Gilliamismos. Memorias prepóstumas». Todo un regalo para los sentidos que ha sido traducido por Emilia García-Romeu y que repasa una trayectoria basada en una independencia artística y en proyectos arriesgados como en muy pocos creadores modernos, como es harto fácil reconocer desde su primer filme, «Los caballeros de la mesa cuadrada» (1975), codirigida con Terry Jones, hasta su último largometraje, de ciencia ficción surrealista, «The Zero Theorem» (2013). Que Gilliam empiece su libro hablando de soñar que vuela no es casualidad, si alguien tiene en mente «Brazil» y «Las aventuras del barón Münchausen». Ese «no poder discernir entre sueño y realidad» lo acompañará en los años 1966-67, cuando instalado en Los Ángeles ve a sus amigos flotando gracias al LSD y le retrotrae a cómo de niño era lanzado por los aires por sus padres, él un carpintero que había pertenecido a la última unidad operativa de la caballería del Ejército estadounidense, y ella a sus ojos hoy, la «fuerza controladora» de la familia en el pueblo de Minnesota en que creció junto a sus dos hermanos y en que el invierno se llegaba a cuarenta bajo cero. Una época humilde y plácida aquella de la infancia, muy ligada a la naturaleza, que será decisiva más adelante por las experiencias que le reportaría, hasta el punto de que «la ambivalencia de la relación entre lo rural y lo urbano es el gran tema subyacente de mis películas. Por un lado, me encantan las ciudades por su arquitectura y por su cultivo del arte y la cultura. Por otro, las detesto en cuanto excrecencias humanas que conspiran para ocultar nuestra visión del mundo natural». Gilliam se detendrá en los detalles formativos de sus primeros años –«Los cómics eran la mayor influencia corruptora de la juventud estadounidense»– hasta un momento esencial en la vida de la familia: su traslado a California, en Panorama City, una zona en la que se rodaban westerns, cuando falta poco tiempo para que se ina-gure Disneylandia, en 1955; perderse ese acontecimiento será «lo más parecido a un trauma infantil. Ésta es la razón de que me haya metido en el cine, para adquirir unas heridas más profundas, tanto emocionales como espirituales, que una infancia asombrosamente feliz me negó tan cruelmente».

Infancia feliz

Pasar las páginas de estas memorias supondrá adentrarse en la historia reciente de Norteamérica: los «scouts», la Guerra Fría,«la avalancha hippie»... a medida que conocemos al Gilliam en su entorno adolescente de instituto, iglesia y deporte, hasta que alcanza la universidad y cambia tres veces de carrera y luego consigue un empleo en una publicación de Nueva York y descubre el cine europeo. En la Gran Manzana conocerá a un «inglés alto y anguloso llamado John Cleese», futuro compañero del grupo humorístico que triunfará en la BBC.

Pero lo que el lector interesado esperará con más expectación es cómo Gilliam comenta la creación de sus filmes; a raíz, sobre todo, de su traslado a Londres y la configuración del grupo Monty Python con su show «Flying Circus», cuando entiende que «la falta de sueño, la falta de tiempo, la falta de dinero y la falta de talento» son los factores clave que se convertirán en la «metodología» que le conduciría al cine con un primer éxito, «Los caballeros de la mesa cuadrada» y luego «Jabberwocky» (1977) y la mítica «La vida de Brian». Lo que daría como resultado lo que más le gusta a un autor que odia ser tildado de «inoportuno»: ser políticamente incorrecto y recibir gustoso acusaciones de blasfemia.