Los fantasmas vuelven por Navidad

A pesar de que a los clásicos literarios se les atribuye el privilegio de la eternidad –o, al menos, el poder de revivir infinitas veces como lectura incombustible a través de los siglos–, lo cierto es que ni siquiera la condición de inmortalidad les libra de caer a veces en una suerte de existencia fantasmagórica. Para redefinir las desgastadas líneas de su presencia y que recuperen su merecido esplendor, Círculo de Lectores lleva dos décadas insuflando nueva vida a los grandes títulos en mimadas reediciones para las que cuenta con destacados ilustradores que añaden un nuevo atractivo a la obra. El último libro en sumarse a esta colección ha sido «Otra vuelta de tuerca» (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), de Henry James, que cuenta con las poderosas imágenes de Ana Juan, ganadora del Premio Nacional de Ilustración de 2010 y que promete convertirse en uno de los regalos navideños más esperados por los amantes de la literatura con mayúscula.

La alianza entre James y Ana Juan ha resultado en una fructífera simbiosis en la que texto y dibujo se rinden al desasosegante juego de los protagonistas: la esencia de la obra tintinea en cada ilustración gracias a imágenes de una belleza herida que plasma la dolorosa inquietud de la mansión victoriana de Bly en la que transcurre la acción. «Cuando me propusieron ilustrar el libro, me invadió cierto escepticismo, pero me di cuenta de que no estaba ante una historia de fantasmas al uso. No era una historia de oscuridades, sino de brumas», comenta Ana Juan durante la presentación del libro en Madrid.

La ilustradora prefirió evitar la estética gótica y descolorida y jugar, al igual que Henry James lo intentó a través de la palabra, a transmitir la angustia de esos niños huérfanos atormentados por seres espectrales exprimiendo la intensidad cromática y su riqueza expresiva. «Quise escapar de los ambientes oscuros. Aunque el color no es algo que se espere en una historia de fantasmas, también puede producir desasosiego», sostiene. Así, después de tres meses trabajando en las ilustraciones de esta reedición, la traducción gráfica de la obra de James acabó plasmada en dos tipos de dibujos: por un lado, los que acompañan el inicio de los capítulos –que anticipan de algún modo el estado psicológico de los personajes en esa parte del libro– en el que los pequeños protagonistas se convierten en inocentes ratones en manos de los espíritus, transformados en felinos que perturban la tranquilidad de su refugio; y, por otro, las ilustraciones interiores, bucólicas estampas de la campiña inglesa, en las que se capta esa delirante atmósfera en la que los personajes se ven atrapados. «Los fantasmas les acosan desde fuera de la casa. Los niños están dentro. Es como si fuesen ratoncitos bajo la mirada de los gatos», asegura la ilustradora, que ha querido mantener la ambigüedad del texto original en sus dibujos. De hecho, en el eterno debate sobre este libro de James –si la existencia de los fantasmas es real o sólo fruto de los delirios de la institutriz–, Ana Juan sostiene que es mejor «no desvelar». «Se trata de una historia en la que hay que pasar de puntillas, mirando a través del agujero de las cerraduras, pero sin poder abrir ninguna puerta», comenta». Y ése era el juego que proponía James: la incertidumbre puede ser la mejor arma para desatar los histéricos hilos del miedo.