Historia

«No tengo bando político, me niego»

Las certidumbres que hasta hace muy poco considerábamos eternas hoy son tan vacuas como un AVE sin pasajeros o un aeropuerto sin aviones. La crisis económica ha dejado al descubierto un país vulnerable en el que el brillo que nos dimos tiempo atrás levantando grúas en cualquier secarral ahora es sólo sombras. Antonio Muñoz Molina escribe en «Todo lo que era sólido» (Seix Barral) una crónica sobre la moralidad pública que permitió tanto crecimiento sobre la nada. Es la hora de levantar la cabeza sin esconderse en el fatalismo hispánico. Y es la hora de superar la política entendida como bandas enfrentadas e irreconciliables.

–Así que éramos la economía más dinámica de la Unión Europea, después de Suecia, pero sin embargo no dejábamos de hablar de la Guerra Civil.

–Lo de ser la economía más dinámica de Europa lo decían Zapatero y «The Economist», pero nadie se preguntaba de dónde venía toda aquella riqueza. A mí me producía extrañeza ver tanto dinero, tanta construcción, tanto coche de lujo y comprobar que la Universidad y la educación seguían igual. No me salían las cuentas. Claro, luego hemos comprobado que todo era una burbuja.

–Todos hemos sido cómplices de aquella situación.

–Unos más que otros. Es cierto que no supimos ver, o denunciar en el momento, los excesos que se cometían: el gasto desaforado en la Administración local y autonómica; los delirios por construir cada uno su cultura particular, como si ésta no fuese común y universal; los esperpentos de determinados empresarios, como aquel constructor que se fue a Nueva York a hacer una paella gigante en Central Park, porque, claro, él era valenciano... y luego quebró su empresa.

–Y, mientras, peleándonos de nuevo sobre la Guerra Civil.

–Debatir sobre la Guerra Civil no es malo si lo hacemos para superar los bandos; si sólo sirve para hacer más profundo el enfrentamiento...

–¿Y cómo es posible que, cuanto más ricos éramos, más irreconciliables fuesen las diferencias políticas?

–Para lo que ha servido es para mantener el predominio de determinadas élites, en el sentido de minorías. Toda discusión o todo debate, sea sobre lo que sea, siempre acaba marcando el territorio entre izquierda y derecha. Los nacionalistas vascos y catalanes han conseguido imponer que no se pueda hablar de política de otra manera que no sea con las coordenadas marcadas por ellos. Pero el nacionalismo no es culpable, porque eso también pasa en Andalucía, en Valencia, en Castilla- La Mancha... en una exaltación delirante de lo propio, no de lo que nos une. Yo defiendo una idea ilustrada de la ciudadanía y no esencialista.

–Ahora existe un gran aparato que funciona con una energía inagotable: el agravio.

–Durante más de treinta años, hemos aceptado el discurso de la reconciliación en un país, por cierto, en el que todos nos parecemos bastante. Por encima de las diferencias, que las hay y son legítimas, tendríamos que resaltar lo común, como en cualquier Estado federal, que es lo más parecido al nuestro.

Imposible «tercera España»

–«¿Cuándo se jodió el Perú?» Así lo preguntaba Zabalita, el personaje de Vargas Llosa de «Conversaciones en La Catedral». ¿Cuándo se jodió España? Porque usted recuerda hasta la Expo de Sevilla en el 92...

–Me voy incluso más lejos. Yo diría que viene de la Ley de Administración Local de 1983. Es decir, fue la decisión de los partidos políticos de ocupar la Administración para construir un aparato clientelar y sin control. Los partidos políticos han ocupado la sociedad civil, y el problema no es que haya políticos corruptos, sino que no haya control. Estamos pagando no haber creado una Administración austera y sometida a la Ley. Todo viene de ahí.

–Somos un país muy politizado, pero con poco compromiso individual.

–Que no provoca una fuerte conciencia democrática, sino caciquismo. Ahí está el caso del cese hace unos días de la directora de la Biblioteca Nacional. Es una cuestión de fondo: hemos caído en la trampa de que si no eres de un partido eres del otro. Pero hay determinadas decisiones que no la pueden tomar los políticos, como cesar a la directora de una Biblioteca Nacional.

–Es mejor la seguridad de la tribu que el compromiso individual.

–«Todo lo que era sólido» es un texto escrito bajo la invocación de Orwell, como una intervención ciudadana. Él decía que el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen a verdades. Es el valor del lenguaje y sobre todo no dejarse llevar por el lenguaje de la ideología, por su grandilocuencia. Los políticos dicen hablar en el nombre del pueblo... ¿y tú cómo lo sabes?

–Cita a Chaves Nogales, Arturo Barea, a Néstor Almendros, del que recuerda que al regresar de Cuba perseguido por su condición de homosexual sus compañeros españoles, todos de izquierdas, no le saludaban por criticar a Castro... Insiste, de nuevo, en la idea de la «tercera España».

–Creo que es la posición de la mayor parte de la gente, porque no creo que sean tan sectários. Las élites políticas siempre han estado interesadas en crear esta confrontación, porque ésa no es una tendencia innata de las personas. Fijémosnos que en 1936 el político más votado fue Julián Besterio, uno de los más conciliadores. No quiero caer en las dos Españas, porque tampoco hay una tercera. Yo no tengo bando político, me niego.

–A medida que avanza el libro y desde el avión que le trae a España desde Nueva York va descubriendo una geografía árida llena de grúas y descampados. Es como el paisaje de un gran fracaso. Da la sensación de que usted huye de este país.

–Lo que he querido es plantear un debate racional. Mi tesis, si hay alguna, es que, como escribió Antonio Machado, no están el mañana ni el ayer escritos. Así como hemos hecho cosas bien hechas, no estamos condenados a hacerlo mal. Entre todos hemos construido la democracia y el Estado del Bienestar. Ni estamos condenados a nada ni tenemos asegurado nada. Soy un antiesencialista.

El detalle

LA EXHUMACIÓN DE MACHADO Y AZAÑA

Siendo director del Instituto Cervantes de Nueva York, en diciembre de 2004 visitó al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en La Moncloa, junto al director del Cervantes, César Antonio Molina, además de Juan Pedro Aparicio y José Jiménez, que estaban destinados en Londres y París, respectivamente. El objetivo de la visita, según ha confirmado posteriormente César Antonio Molina, era pedir mayor financiación para la institución, pero «inevitablemente la conversción derivó hacia el pasado», dice Muñoz Molina. Zapatero les anunció que su Gobierno se había planteado exhumar los restos de Manuel Azaña en Montauban y los de Antonio Machado en Colliure y traerlos a España. «Fijó en mí sus ojos muy claros con un gesto de impasible extrañeza cuando le dije que no estaba de acuerdo», escribe Muñoz Molina. Y le recitó al presidente del Gobierno un verso de Machado: «Sólo la tierra en que se muere es nuestra».

Nueva York, Elvira y los derechos civiles

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) vive a caballo entre Madrid y Nueva York. En Madrid, dice, vive encerrado en la casa, mientras que en Nueva York busca la calle. ¿Hay una huida permanente? «Es mi carácter, me gusta cambiar. Pero si la huida hubiese sido tan fuerte no habría escrito este libro. Tengo culo de mal asiento». Está casado desde 1994 con la también escritora Elvira Lindo. Además de la literatura, comparten su afición por el cine. «Todo lo que era sólido» acaba exhortando a la «edad de la razón», la responsabilidad cívica y personal. «Responsabilidad en la acción diaria de cada uno, que nuestros actos estén bien hechos. Tal vez no remedie los problemas que tenemos planteados, pero por lo menos cambiamos una actitud: si uno abandona la carrera en segundo curso, que sepa que está ocasionando un gasto terrible. Hay que fijarse en el movimiento de los derechos civiles para aprovechar el sistema», afirma.