Obama, entre líneas

Podría hablarse del deshielo cubano, del acuerdo nuclear con Irán, del impulso económico o de la reforma sanitaria de la que se han beneficiado más de 20 millones de estadounidenses, pero sin duda, el mayor legado de Barack Obama es el haberse convertido en el primer presidente negro de Estados Unidos. Un hito que marcó un antes y un después en la historia de la primera potencia mundial, abanderada de las libertades y valores democráticos, poniendo de manifiesto con su victoria el «gran sueño americano» y el axioma de que quien se esfuerza puede conseguir lo que se proponga. Pero si hurgamos más allá de la peculiaridad del color de su piel, Obama ocupará un lugar en los libros de texto por su capacidad de conexión con el electorado y ahí entra en juego la fuerza de su discurso. Una oratoria brillante que ha pulido durante ocho años en la Casa Blanca con un despliegue de más de 4.000 discursos que han llevado a cosechar el apodo de «orador en jefe».

Entender lo que dice

La editorial Duomo recoge ahora en «Barack Obama: un mundo mejor para nuestros hijos» los mejores 20 textos que han encumbrado al líder demócrata y que, entre otras cosas, han conseguido que sea el presidente de EE UU que abandona su cargo con la mayor tasa de popularidad, superando el 55% de aprobación. Mañana, el mandatario se despide y pasa el testigo al irreverente Trump, que ha roto con la magia de los discursos elaborados y ha optado por la política del tuit. «Él éxito de las alocuciones de Obama reside en que todo el mundo comprende lo que dice. Por ejemplo, el realizado el pasado día 10 en Chicago tenía un grado de comprensión 8 y el nivel medio de los estadounidenses es 7, por lo cual era perfecto», asegura a LA RAZÓN Bob Lehrman, que fue el escritor de discursos del vicepresidente Al Gore.

El libro, traducido por Miguel Alpuente y Gemma Deza, da el pistoletazo de salida con la alocución que Obama ofreció justo mañana hace ocho años durante su toma de posesión. Su esquema: agradecer el legado de sus antepasados y mirar al futuro, a la esperanza. «La grandeza nunca es un regalo. Debemos ganárnosla», dijo. «Ha llegado la hora de reafirmar nuestro ánimo infatigable, la promesa divina de que todos somos iguales y libres», sentenció.

Detrás de sus mágicas se encuentran auténticos artesanos del lenguaje. El gran artífice de esta labor ha sido Jon Favreau, un treintañero que llegó por casualidad al equipo de Obama y que le catapultó al estrellato. Fue en 2004, durante la Convención Demócrata de la que salió elegido John Kerry, cuando a Favreau recibió el encargo de convencer al entonces candidato a senador de Illionois (Obama) de que cambiara algunas líneas de su discurso ya que coincidían con las de Kerry. Aquel día cuando todas las miradas se posaron en Obama, ese joven negro, carismático e inquieto que apuntaba alto. «No hay un EE UU negro y un EE UU blanco, latino o asiático; hay un Estados Unidos de América» fue una de las frases que le abrieron las puertas en Washington. Él reconocimiento de sus alocuciones reposa en que una sucesión de palabras sencillas y repeticiones clave envueltas en una historia.

En 2008, Favreau se convirtió en su director de discursos. Entre sus logros están el homenaje en memoria de las víctimas del tiroteo de Tucson, Arizona, o la declaración tras la muerte de Osama Bin Laden. En ambos apeló al sentimiento de unidad de la nación y la cercanía con el electorado. «Hace ya casi diez años que un luminoso día de septiembre se ensombreció ante el peor ataque de nuestra historia contra el pueblo estadounidense. Las peores imágenes son aquellas que el mundo no vio. El asiento vacío en la mesa a la hora de la cena, los niños obligados a crecer sin su madre o su padre, los padres que nunca disfrutarán del abrazo de su hijo», afirmó el 2 de mayo de 2011. Todo discurso debe albergar una historia coherente, con su planteamiento nudo y desenlace, y Obama (y su equipo) es un maestro en este aspecto. Qué mejor oportunidad se le planteó durante la inauguración del monumento a Martin Luther King «ese predicador negro sin cargo público que dio voz a nuestros sueños más profundos y a nuestros ideales más perdurables», aseveró. Este volumen también recoge dos de los «speeches» más aplaudidos de Obama: el que ofreció en la puerta de Brandemburgo, emulando a John Fitzgerald Kennedy y a Ronald Reagan y el 50º Aniversario de las marchas de Selma a Montgomery contra la represión a los afroamericanos.

Con el paso de los años, estas palabras serán objeto de análisis en las facultades de Ciencias Políticas, más aún con el barbecho al que ahora se enfrentan en EE UU tras la llegada de un presidente de verbo descabalgado e impulsivo que no hará sino más valioso el legado de Obama.