Ser bipolar no es una moda

Recibir un diagnóstico de bipolaridad supone engrosar la nómina de personalidades ilustres: Einstein, Picasso, Mozart, Lincoln, Churchill, Heming-way, Goethe.... Rostros populares: Catherine Zeta-Jones, Robert Downey Jr. o Brian Adams. O personajes de ficción como la protagonista de «Homeland». A todas luces, estamos ante una propaganda del trastorno. Leader argumenta varios motivos por los que ser bipolar es una enfermedad de moda. El primero es mercantil: cuando caducaron las patentes de muchos medicamentos contra la depresión, las farmacéuticas se quedaron sin su principal mercado psiquiátrico y así fue como se generaron necesidades. En los manuales de diagnóstico aparecieron nuevas categorías hasta que el número de afectados ha aumentado un 4.000 por ciento, algo que desprecia –y deprecia– tanto la enfermedad co-mo el sufrimiento de los que la padecen en su grado más severo. De ahí que el autor reivindique la antigua acepción de maniaco-depresivo, que la OMS modificó en los 80 con el objeto de desterrar la estigmatización en tanto que define mejor el desorden. El peligro de ese «boom» es la banalización, como si ser bipolar fuera un carrusel de diversiones. Quienes padecen depresión resultan cenizos y enfermedades como la esquizofrenia están asociadas al miedo. En cambio, los bipolares tienen imagen de expansivos, generosos, locuaces, creativos, sexualmente activos... ¡una visión naif! Nos presentan a los afectados como objetivos normalizados de desarrollo personal: necesidad de estar conectado en todo momento, sensación de ser capaces de cualquier cosa, el don de la ubicuidad... Estamos ante un ensayo de salud mental que va más allá de la psiquiatría, en tanto que efectúa un estudio del espíritu de nuestro tiempo, el alma de una época obsesionada por el éxito, la fama, la productividad y el anhelo de deslumbrar. Todo ello acarrea graves repercusiones: trivializar los trastornos mentales severos, así como la apropiación indebida de éstos como estandarte de singularidad.