Solo verde

No es un manual de dieta ni una defensa del veganismo ni un alegato animalista. Es una novela tan lírica como perturbadora, tan exquisita como plástica y tan delicada como brutal. No pocos comparan a este libro, ganador del Man Booker International, con «La metamorfosis» de Kafka, porque el sueño de su protagonista es renunciar al cuerpo y a las flaquezas que nos pervierten como especie.

Yeonghye –según su maltratador esposo– no tiene «ningún atractivo en especial ni defecto en particular». Ella, en cambio, le trata con sumisión, le prepara la cena y no se resiste a que la viole cuando llega ebrio. Hasta que un día tira toda la carne y el pescado a la basura y decide no volver a comer otra cosa que vegetales. En un país como Corea del Sur, donde toda la dieta gira alrededor de la carne y los productos animales, esta decisión supone una afrenta para su entorno y el despertar de los más feroces instintos entre los hombres que la rodean.

Esa es su metamorfosis, su revolución pacífica, que no tiene que ver con el brócoli y sí con su necesidad de desaparecer. Una lucha que la lleva a desligarse de todo lo que implica el animal humano, su violencia, su intolerancia, su canibalismo... Paradójicamente, la protagonista es la única que no tiene voz en estas páginas. En la primera parte será el marido quien nos relate el comienzo de esta obsesión. La mancha mongólica será explicada por su cuñado, un artista que es el único que ha encontrado la diferencia entre Yeonghye y las demás: precisamente na mancha en su dermis. La última parte, «Los árboles en llamas», está relatada por su hermana, que nos guiará hasta el desenlace. Como la de Yanagihara –y su maravillosa «Tan poca vida»– la literatura de Hang Kang resulta obligatoria.