Un estilo perfecto para un boxeador explosivo

La Razón
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Mucho se ha escrito sobre Mike Tyson, una vida que trascurre entre luces y sombras, con una infancia marcada por el abandono, la muerte y el rechazo. Unos hechos que conformaron una personalidad y a un deportista que todos conocemos y del que todos tenemos una opinión propia. Para Mónica Turner Tyson, su segunda esposa, sólo es «un osito de peluche» con algunos problemas. Para otros, es depresivo, paranoico e inseguro. A los 13 años cuenta con casi cuarenta detenciones, pero el Guante de Oro Bobby Stewart decide presentarle a Cus D’Amato. Él mismo dijo: «Primero transformé la chispa en una llama. Ésta se tornó en fuego y el fuego, en un incendio incontrolable». Seis años bajo su influencia transforman a Tyson en el Campeón del Mundo de los pesos pesados más joven de la historia. Era 1986. Al fallecer D’Amato, Mike se vería huérfano y aflorarían sus adormecidos instintos. Acontecimientos co-mo su divorcio y su relación con Don King harían florecer sus sentimientos destructivos. Las declaraciones hacia sus rivales y su actitud ante el público sirvieron para alimentar su fama de «bestia incontrolable» y cautivarían a millones de aficionados. Su actitud desafiante y descarada y sus acciones sobre el ring marcaron una época del boxeo. Gran estratega bajo la apariencia de un boxeo primario, Tyson llenó un vacío entre los grandes pesos durante el final de la década de los 80 y el inicio de los 90. Cus D’Amato diseñó una forma de boxear (que también dejó patente en Floyd Patterson), y convirtió a Tyson en una maquina de pelear. Hizo de él un púgil explosivo, entregado, que lanzaba combinaciones y movía la cabeza. Un estilo perfecto para su anatomía y sus cualidades que le permitió defender el cetro de los pesados nueve veces. Su movimiento hacía de su ataque una «agresión elusiva» ya que permanecía fuera de la línea de acción de su rival, lo que hizo a Tyson evadir los golpes de sus adversarios. Sus esquivas a veces eran tan profundas que muy pocos boxeadores podrían ejecutarlas con éxito durante más de dos o tres asaltos por el consumo de energía que supone. Él sí podía. Sus aptitudes se lo permitían así como contrarrestar con su explosividad la pérdida de tiempo que conlleva un movimiento tan amplio. Sometía a sus rivales a una presión que contrarrestaban agarrándose al poderoso pegador. La corta distancia no era donde más peligro presentaba Tyson, sino en la media, donde conseguía conectar sus mejores golpes. El ímpetu con el que realizaba la transición de larga a media distancia, la potencia del impacto de sus golpes, junto con sus movimientos de esquiva, hacían de él un excepcional «contragolpista de ataque». En 1990 sobre el ring de Tokio se enfrentaron dos almas convulsas: Tyson, que por la muerte de su mentor, inmerso en un matrimonio tóxico y rodeado de personas que lo utilizaban, ya no era el mismo. Al otro lado del ring estaba «Buster» Douglas, un atleta perfectamente dotado para el boxeo y que, espoleado por la muerte de su madre, impuso su ley. Él consiguió mantener a distancia al campeón conectando sus poderosos directos con ambas manos. Tras un potente gancho de derecha hizo derrumbarse al imbatido «Iron Mike» consiguiendo una gloria efímera. Un Tyson apeado del deseo por ganar, debilitado en su propia fe y sin ser capaz de escuchar la voz de Cus, caía abatido ante la mirada atónita de todo el mundo. Su momento había pasado. El gran campeón nos hizo recordar que era «tan solo un hombre».

*Entrenador nacional de Boxeo