Un irónico enredo de Mateo Díez

En los años ochenta un entonces poco conocido narrador, Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), sorprendía con dos deslumbrantes novelas, «Las estaciones provinciales» (1982) y «La fuente de la edad» (1986); en ellas recreaba un atávico mundo entre rural y provinciano, de ascendencia valleinclaniana, mixtificada imaginería, ensoñadas extravagancias y esperpénticas situaciones. Se distanciaba así del convencional realismo, para forjar un universo paródico, fantasioso, algo enigmático y fantasmal. En la actualidad, y desde hace años, cuenta con el reconocimiento de crítica y público, por la elaborada redacción de su prosa, originales tramas argumentales y ocurrentes personajes de legendaria excentricidad. Con «El hijo de las cosas» abunda ahora en una línea de caricaturesco humor que, en su aparente banalidad, amaga una crítica a los áridos convencionalismos sociales y sus hipócritas formalidades biempensantes. En Oceda, que es una ciudad de provincias de aire intemporal, viven Mila y Fruela, dos hermanas de madura edad y cierta encopetada prosapia que han dedicado su vida entera al cuidado de Cano, su hermano inútil y tarambana.

Seres estrambóticos

Ahora, este ha desaparecido y nuestras esforzadas protagonistas contactarán con amigos y familiares que puedan ayudar a encontrarlo. Surge así un friso de estrambóticos seres que, con los más diversos intereses, unos bienintencionados, taimados otros, colaboran en la búsqueda de quien es, para sus hermanas, «el hijo de las cosas que más queremos», su plena justificación de vivir.

Con un estilo de jocoso retoricismo, comicidad de trabajada sintaxis y selecto vocabulario burlesco, esta novela se integra en la mejor trayectoria de un humor crítico de tono grotesco, desquiciado erotismo, un punto escatológico, histriónico y socarrón. Una arraigada tradición que va desde Quevedo a Camilo José Cela, pasando por Ramón Gómez de la Serna o Valle-Inclán. Estamos ante una fábula que satiriza afectos esclavizantes, obsesiones sexuales, amores compartidos y demonios familiares en el seno de una pacata y caduca sociedad. Es este un relato de justificado trazo grueso expresivo, donde fluyen desternillantes situaciones, ocurrentes despropósitos que pretenden un logrado divertimento, una incisiva meditación también sobre un vacuo costumbrismo provinciano. Desnortadas conspiraciones domésticas, chuscos equívocos festivos, absurdos desencuentros sentimentales jalonan esta irónica trama de suspense, que es asimismo una comedia de enredo de elaborada y conseguida hilaridad.