Lo que va de Bernstein a Dudamel

Gustavo Dudamel
Gustavo Dudamel

Obras de Mahler y Berlioz. Orquesta Filarmónica de Viena. Director de orquesta: Gustavo Dudamel. Teatro Real, Madrid, 13-I-2018.

Créanme que no pensaba hacerlo, que no deseaba establecer comparaciones. Sin embargo la primera propina de Dudamel me obliga a efectuarlo. Se trató del vals del «Divertimento» de Leonard Bernstein, obra que, completa, dirigió el propio compositor con la misma Filarmónica de Viena y en el mismo Teatro Real en 1984. Bernstein abordó su divertimento, la «Sinfonía 35» mozartiana y, nada menos, que el segundo «Concierto para piano» de Brahms con Zimerman al teclado. Fue uno de esos conciertos que jamás se borran del recuerdo, justo lo contrario del aquí comentado que, una vez terminadas estas líneas, pasará mi olvido. Bernstein, cuyo centenario se cumple este año y esperemos que para colocar su figura por todo lo alto que se merece, fue un artista tan mediático como Dudamel. ¡Hasta le espió la CIA por sus posturas políticas! Pero con muchísimo más peso musical, que es lo que nos importa. Nada en sus interpretaciones era anodino ni epidérmico, como esta vez y con mucha frecuencia lo son las de Dudamel. El director venezolano fue apalabrado por Helga Schmidt –primicia que cuento hoy– como director para el Palau de les Arts antes de su apertura, pensando en un joven con mucho talento que podía irlo desarrollando allí, pero se cruzó una ópera en la Scala y la ambición por el éxito fulgurante –aunque fue un desastre aquel debut– desvió al artista del camino correcto. Dudamel avasallaba y refrescó la música, pero hoy podemos afirmar que de momento no ha llegado donde pudo llegar. Claro que triunfa, porque estamos en un mundo mediático en el que la incultura se disfraza socialmente. Bien claro resulta el ejemplo del público que asistió al Real, aplaudiendo tras el insulso primer tiempo de la «Fantástica». El «Adagio», lo que nos quedó de la que debió ser décima sinfonía de Mahler, es música en una encrucijada, tanto un recuerdo al pasado en sus tres cuartas partes como un adelanto a las «Variaciones op.31» de Shönberg en su final, desde la explosión sonora hasta su íntima dilución. Bernstein afirmó que Mahler escribió ocho sinfonías y una para él, la «Novena», pero también dirigió este «Adagio» y lo hizo con la concentración y profundidad que reclama, tal y como podemos comprobar en grabaciones o Youtube. La lectura de Dudamel no pasó de la vacuidad e intrascendencia, por mucho que el sonido de la Filarmónica de Viena fuese oro puro. Miedo había de qué plantilla vendría, pero la presencia de Rainer Honeck como concertino aseguraba que no era la segunda división. Las esperanzas estaban puestas en la «Fantástica», cuyos espectaculares dos movimientos finales parecían encajar con Dudamel como anillo al dedo. Pues tampoco. Barenboim, con mucha razón y valentía, afirmó estos días en Madrid que Berlioz fue uno de los pocos compositores que ha influido en el rumbo musical, aunque en mucha de su música alternen los momentos geniales con los banales. La «Fantástica» tiene mucho de los primeros, pero también algo de los segundos y un director ha de saber convertir los primeros en segundos. Dudamel no lo logró e incluso en los dos últimos tiempos no hubo el contraste, la tensión, la ruptura que cabía esperar. Los años probablemente le han acomodado y ¿qué es Dudamel sin la frescura de su «Mambo»? Menos mal que estaban en el escenario los veteranos vieneses, con su cuerda aterciopelada y con flauta, corno inglés, oboe y clarinete brillando en sus intervenciones en el tercer tiempo, la «Escena en el campo». Como colofón, la polca straussiana «Winterlust», un recuerdo del concierto de Año Nuevo de 2017.