Cultura

Los secretos de Churchill: discursos brillantes, whisky y 160.000 puros

El historiador Andrew Roberts publica una exhaustiva y apasionante biografía sobre el Primer Ministro, un retrato humano y político que no repara en elogios, pero tampoco elude ninguna crítica

El historiador Andrew Roberts publica una exhaustiva y apasionante biografía sobre el Primer Ministro, un retrato humano y político que no repara en elogios, pero tampoco elude ninguna crítica.

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Winston Churchill, el último aristócrata que desempeñó el cargo de Primer Ministro, el hombre que fumó más de 160.000 puros y predijo la bomba atómica. Bebía whisky, despreciaba la escuela, amaba la pintura y jamás pisó un aula universitaria.

Fue historiador, soldado, aventurero, soñador, idealista, egoísta, hedonista y uno de los hombres de mayor ingenio que ha pasado por un parlamento. Admiraba a Lawrence de Arabia, despreciaba el nazismo y convirtió la retórica y la palabra en el arma más eficiente para frenar a Hitler y salvar a Europa.

Andrew Roberts dedica una apasionante y adicta biografía a uno de los ingleses más relevantes de la Historia; un hombre controvertido, pragmático, de enorme sentido del humor, pero que, a pesar de sus numerosos errores, acertó en los tres temas más importantes del siglo XX: el advenimiento del nazismo, la irrupción del comunismo y el telón de acero que dividiría al Viejo Continente.

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–¿Cuál fue la posición de Churchill respecto a la Guerra Civil española?

–Él estaba en la oposición en ese momento, pero es cierto que se dejó llevar por su anticomunismo. Temía que los republicanos fueran comunistas y que supusieran un peligro si tomaban el control en una guerra futura. No se opuso a Franco hasta el final, cuando él ya había ganado y era demasiado tarde. Se le puede criticar por haber estado cegado por su anticomunismo radical. Se opuso a él desde la revolución bolchevique. Durante la Segunda Guerra Mundial, hizo mucho por evitar que España se uniera a los nazis y se aseguró, a través del MI6, de sobornar a los generales franquistas con oro. Eran los mandos que rodeaban a franco. Le aterrorizaba que los españoles se unieran con Hitler y el estrecho de Gibraltar quedara cerrado a la marina naval, porque entonces no podría apoyar a Oriente Medio, que es de donde sacaba el petróleo. Para él era vital que Franco se mantuviera fuera de la guerra.

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–A pesar de su anticomunismo trató con Stalin.

–Se encontró con él en Moscú en dos ocasiones, aparte de en Postdam y Teherán. Los rusos estaban matando a cuatro quintas partes de lo que masacraban los alemanes. Una de las cuestiones más perturbadoras al abordar la biografía de Churchill es hacer frente a que Stalin le caía bien a pesar de que él sabía que el dirigente soviético había asesinado a 20.000 polacos en Katyn, era responsable de genocidios, como el de Ucrania, y las purgas previas a la guerra. Lo conocía perfectamente y se hizo amigo de uno de los grandes malignos de la Historia. Pero al acabar la guerra, Churchill fue la primera figura occidental que denunció lo que Stalin hacía.

–Su otro rival fue Hitler.

–Si lees el «Mein Kampf» te das cuenta de que Hitler solo quería atacar el este de Europa, no declarar la guerra a los británicos, porque había visto lo que pasó en la Primera Guerra Mundial, pero dado que Gran Bretaña no iba a consentir que entrara en Polonia sin guerra, Hitler asumió el riesgo. Hitler odiaba a Churchill. Él fue el primer motivo por el que no se firmó la paz en 1940 entre Gran Bretaña y Alemania. Eso obligó a Hitler a luchar en dos frentes y, como se demostró después, fue desastroso para Alemania. Y cuanto más se daba cuenta de eso Hitler, más maleducado se volvía al hablar de Churchill. Escuchar su nombre le hacía estallar en gritos de rabia. Lo acusaba de ser un alcohólico, un pagado de los judíos, un inestable mentalmente. Nada de eso era cierto. Salvo que bebía (risas).

–Churchill era un hombre valiente. Afrontó riesgos, viajó a lugares peligrosos...

–Es uno de los pocos políticos que tiene el mismo porcentaje de coraje moral que físico. Muchos tienen uno u otro, pero no los dos. En los años 30 fue abucheado en la Cámara de los Comunes, en el Parlamento fue ridiculizado y en la Prensa se rieron de él, pero jamás cambió sus advertencias sobre Hitler. Se mantuvo firme. Jamás contrató un relaciones publicas ni una persona que le escribiera discursos. La gente sabía que cada palabra que salía de su boca le pertenecía. Antes de 1939 cometió errores. Pero también es cierto que acertó en los tres grandes temas del siglo XX. Fue el primero en avisar del militarismo prusiano, de lo que suponía Hitler y que adelantó el telón de acero.

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–¿Cómo pudo anticipar el peligro del nazismo?

–Al revés que otros, no tenía amigos filonazis. Hay varios aspectos. El primero es que era sionista. Había crecido con judíos, iba con ellos, al contrario de otros británicos de clase alta. Otro punto es que era historiador y era capaz de relacionar la amenaza de Hitler dentro de un discurso histórico con amenazas similares que había vivido ya Gran Bretaña. Y había algo definitivo: comprendía el fanatismo. Lo había conocido en el fundamentalismo islamista, en la frontera del noroeste de la India y los países musulmanes. Vio las mismas características de ese fanatismo en los nazis. Otros, como Chamberlain, no tenían esa experiencia con el fanatismo. Por eso fallaron en su diagnóstico. Creo que Churchill tuvo una ocasión magnífica de ver de qué iban los nazis.

–Y lo combatió con sus discursos. Es un ejemplo del político que cree en las palabras que pronuncia.

–Cuando tenía 23 años escribió un artículo en el que explica cómo hay que dar un discurso en público. Y todavía no había dado ninguno. Los políticos crean teorías una vez que tienen práctica. Él empezó por la teoría. Después dio miles de discursos. Los usaba cuando necesitaba subir la moral de la población, mantener el espíritu alto, que se siguiera creyendo en la victoria. Era capaz de seducir a la audiencia. Las palabras que empleaba eran reminiscencias de poesía, canciones, de Shakespeare y cosas que había leído 50 años antes. Él era un ferviente creyente del poder de la palabra. Consideraba que aunque un político no tuviera amigos y nadie le apoyara, si poseía la palabra tendría el poder de un rey. La oratoria le daba la oportunidad de acceder a un imperio.

–Los políticos de hoy podrían tomar ejemplo.

–Ahora mismo no hay guerra. Churchill no hubiera sido Primer Ministro sin guerra. Antes había cometido tantos errores que ya nadie se fiaba de él, salvo que no fuera para una emergencia. Los políticos de hoy están bajo presión las 24 horas al día, sobre todo por las redes sociales. Se les consienten menos errores de los que se le permitieron a Churchill. A él le sería difícil ser hoy un buen político, salvo por Twitter. Sus pensamientos y chistes que hacía cabrían en el espacio de esos caracteres.

–Trump usa Twitter.

-(Risas). Y no comparte más similitudes con él. Ninguna. Chur- chill era un gran lector y un autodidacta. Cuando fue teniente en la India se leyó todos los grandes libros de filosofía, política y poesía. No veo equivalencia con Trump. Twitter es la única cosa en común que tendrían.

–¿Qué pensaría él al ver el resurgir del nacionalismo?

–Le preocuparía la extrema derecha y el antisemitismo. Le supondría un shock. Y es imposible decir de qué lado estaría en el gran debate de Gran Bretaña.

–¿El Brexit?

–Él, por supuesto, no se habría metido en los líos de Theresa May. Era un negociador brillante como corresponde a un político de élite. En muchos sentidos fue el fundador del movimiento europeo. Siempre dijo que Gran Bretaña tenía que ser un amigo de Europa y que debía respaldar ese proyecto europeo. Aunque estuviera con el Brexit, lo hubiera enfocado de manera radicalmente diferente, con una naturaleza más sana. También es cierto que nunca tuvo que enfrentarse a Juncker.