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Luisa Carlota de Borbón, una infanta alcahueta

Logró que un rey receloso como Fernando VII se casase con su hermana.

  • Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, cuadro de Vicente López Portaña
    Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, cuadro de Vicente López Portaña

Tiempo de lectura 4 min.

14 de agosto de 2019. 04:09h

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José María Zavala 14/8/2019

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Demasiadas veces se olvida injustamente que la infanta Luisa Carlota de Borbón Dos Sicilias (1804-1844) fue la única mujer capaz de engatusar a un monarca tan desconfiado y receloso como Fernando VII, erigiéndose así en una infalible alcahueta. Que no se interprete mal lo que acabamos de apuntar pues, más que un defecto, su exitosa mediación en el matrimonio de su hermana pequeña, María Cristina de Borbón, con su tío carnal Fernando VII resultó ser una virtud en verdad encomiable.

Hasta conocer en persona a su amada, el rey felón se consolaba auscultando con la mirada cada detalle del retrato que le entregó su cuñada Luisa Carlota. Era una imagen de esmalte en miniatura que bastó para seducir al lascivo monarca. Pero, por si acaso éste cambiaba de opinión en el último instante, Luisa Carlota siguió poniéndole al rey los dientes largos con varias cartas, como la que exhumé en su día del Archivo de Palacio. Está fechada el 31 de octubre de 1829, un mes antes de partir María Cristina hacia Madrid desde Palermo, donde había nacido el 2 de agosto de 1806, para contraer matrimonio con Fernando VII.

Redactada con buena caligrafía y algunas faltas de sintaxis y ortografía subsanadas, en parte, debido a su educación en italiano y en francés, la infanta Luisa Carlota esculpía para el rey el retrato físico más completo que conozco de la futura reina de España, como si del reclamo de una agencia matrimonial se tratase: «Querido Fernando de mi vida, Fernando de mi corazón. Hoy ha sido el día para mí más feliz de mi vida. Como si no faltara más para que fuese completo que estuvieras aquí. Albricias a mis ojos, Cristina se parece al retrato de la pulsera tanto como el que te he dado, pero éste es mejor pues es animado, tiene los ojos en los carrillos, es de unas curvas regulares, morenilla, pero con mucha gracia, es un poco más pequeña que yo, de buenos colores; la nariz es muy regular, no se le conocen manchas, el pelo muy negro, ojos bastante oscuros y brillantes, muy buenas cejas; en fin, a mis ojos es un conjunto muy hermoso... Le he entregado el librito y me encarga por si no tiene tiempo que te dé las gracias y la disculpa en su nombre y te repita que te desea ver cuanto antes. Perdona la molestia...».

La minuciosa descripción de María Cristina hecha por Luisa Carlota surtió en el monarca el mismo efecto que si la contemplase con sus propios ojos, como lo prueba esta otra carta del propio Fernando VII dirigida a «la novia», como él la llamaba, fechada el 29 de septiembre del mismo año: «Yo ya me había informado de tus prendas personales –escribía, obsceno, su tío carnal– y todo esto ha hecho que sin conocerte, ya estoy enamorado de ti y no deseo más que unirme a ti, pues todo el día no pienso más que en mi amada Cristina... Mi anhelo ahora es si yo te gustaré a ti...». Tal fue su arrebato al contemplar la diminuta imagen, obsequio de Luisa Carlota, que la misma noche en que falleció su tercera mujer, Fernando VII envió a Nápoles a Pedro Bremón y Alfaro para iniciar la negociación de la boda con su sobrina carnal.

Rompamos ahora otra lanza por Luisa Carlota, cuyas armas de mujer resultaron decisivas para casar a su hermana con el monarca, coronando así dos inaccesibles montañas: el cúmulo de intrigas suscitado por este nuevo matrimonio, unido a la innegable fealdad del regio novio.

Ofrecimiento de boda

Sobre la primera recóndita cumbre, la propia hermana del rey, la infanta Carlota Joaquina, llegó a ofrecerle como esposa a su hija la princesa de Beira, viuda y con un hijo. Incluso las huestes apostólicas, acaudilladas por la infanta María Francisca de Asís, propusieron como novia de Fernando VII a otra princesa alemana muy influenciable. Pero la infanta Luisa Carlota, de espíritu liberal y fuerte carácter, hizo sucumbir al rey ante los encantos de su hermana menor, hasta el punto de lograr que exclamase, en presencia del bibliotecario del Monasterio de El Escorial, José Quevedo: «Otras veces me han casado... ¡Ahora me caso yo!».

Ocupémonos finalmente de la otra gran cima que debió superar el monarca con ayuda de su cuñada: su repulsivo aspecto. De figura contrahecha, los grandes y vivarachos ojos negros de Fernando VII no lograban disimular la protuberante napia borbónica, ni su boca hundida y rematada por una saliente mandíbula. Pero Luisa Carlota movía montañas...

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