Cultura

Mihura, para quitarse el sombrero... de copa

El Teatro de la Zarzuela estrena a nivel europeo la obra del genial dramaturgo, con música de Ricardo Llorca y dirección musical de Diego Martín-Etxeberría en un montaje lleno de sorpresas y con un elenco repleto de voces españolas

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No sabe Dionisio la que se le viene encima. El joven, de buena clase, tan educado, con una vida tan de carril y tan almidonada, dispuesto a pasar por el altar en cuestión de horas, va a saber que existen otros mundos dentro de éste. Una existencia vuelta del revés. ¿O quizá no? El pobre Dionisio, por ponerle un calificativo, porque se nos antoja afortunado y poseedor de un trébol de cuatro hojas en la mano, hace noche en un hotel que frecuenta. Y esa noche será su gran noche. ¿En qué se parece su mundo al que vive una troupe de variedades con la que compartirá espacio? ¿Qué tiene que ver esa existencia de oficinista del este jovenzuelo con bigotito recortado con la vida sin relojes, sin hora para acostarse y tampoco para levantarse de la chica que con que acaba de toparse?

El argumento que concibió Miguel Mihura, un gigante del teatro español, en “Tres sombreros de copa”, es el que ha servido a Ricardo Llorca para poner en pie por primera vez en Europa, pues ya se estrenó en América (en Brasil y volverá después de verse en Madrid al brasileño coliseo de Manaos), una zarzuela que tiene al texto como protagonista. La cosa surgió, de manera improvisada, en una cena en la que el director del Teatro de la Zarzuela, Daniel Bianco, compartió mesa con Ricardo Llorca, el compositor. Allí le habló de lo que estaba haciendo y de aquello en lo que estaba trabajando, que le estaba dando vueltas a una obra de Mihura, que estaba a punto de terminarla. A Bianco, dice que se le abrieron los ojos de par en par y vio claro que ese proyecto tenía que hacerse: “Mihura me parece un memorable dramaturgo, un adelantado sin ninguna duda, precursor del teatro del absurdo que trabajó con la comicidad y que nunca ha sido lo suficientemente valorado. Y era un momento perfecto. Lo fue todo, hasta coguionista de ‘’Bienvenido Mister Marshall’’”, cuenta el regista. Poner en valor a uno de nuestros grandes talentos del teatro es lo que debió pensar el director de la Zarzuela. Y ante lo que asiente el director de orquesta Diego Martín-Etxebarría, que se une a esa reivindicación, “sin la menor duda. Hoy todo el mundo ha estudiado a Mihura, pero no se trata de un autor que sea especialmente leído, de ahí que esta ocasión sea única para descubrirlo y recuperarlo”, comenta.

Este dar voz a los a los nuevos autores que están vivos es una de las dos líneas que sigue el coliseo. La otra es recuperar obras que forman parte de nuestro patrimonio. Lo tenía Bianco en bandeja de plata: “Qué obra ésta más fascinante que enfrenta dos mundos. Y es el de la imaginación el que creo que precisamente nos falta hoy a los que tenemos cierta edad y ya vivimos el de la utopía”. Después llegó una presentación de un par de números en casa de Rosa Torres Pardo al piano. Y lo vio claro: “El teatro de la Zarzuela era el sitio justo. Mihura tiene un inmenso sentido teatral y conecta con el público. Y Ricardo Llorca ha sido capaz de entrar en ese sentido tan teatral que tiene la obra y lograre un verdadero teatro musical con un elemento que me parece modernísimo, aunque al compositor no: el protagonismo que tiene el acordeón, que está siempre presente en la partitura y que en la lírica prácticamente no existe”, comenta. “Un solo de acordeón en do mayor es tan extraño hoy que resulta rompedor”, señala el director Martín-Etxebarría que “solamente cuando vi aquello me dije: ''Esto va a funciona''”. Y añade que se nota que el compositor ha vivido treinta años en estados Unidos, “algo que se ve en su manera de escribir el minimalismo americano”.

Además, Bianco, con esta obra ha ejercido una labor de recuperación: primero con el director de orquesta, “un talento joven y con una carrera sobresaliente y el compositor, que es profesor en al Juilliard de Nueva York. Me parecía perfecto tirar una caña para que volviesen”. Y ambos lo han hecho. Cuando se lo comentamos al director de orquesta se ríe. “Cuando se habla de un compositor vivo la gente tiende a echarse las manos a la cabeza. Yo he dirigido bastante música contemporánea, me considero bastante curioso con el repertorio y no me gustan nada las etiquetas”, comenta.

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Una partitura "compleja"

La producción es nueva y oculta entre sus giros y sus pliegues una sorpresa en cada uno de sus movimientos. “Es muy chula”. Así la define el afortunado Dionisio, al que da vida el tenor Jorge Rodríguez-Norton, que va a tener que empadronarse en la calle Jovellanos, a tenor de la agenda que gasta últimamente. Después del verano de Bayreuth abrió temporada en la Zarzuela con “El caserío” y ahora se hace omnipresente en escena. Cuando le llegó el texto y la partitura no pudo decir otra cosa que sí. Se convertiría en ese burgués venido a menos como define al protagonista. “El mundo de la burguesía y la bohemia estaban y siguen estando separados y él lo descubre. Y se queda fascinado”, revela. Recordemos que Mihura escribe el texto de “Tres sombreros de copa” en los años treinta del siglo XX, pero que no se estrena en Madrid hasta 1952. ¿Es un viaje el que emprende este joven? “Lo es, un periplo personal de quien se debate entre lo que tiene que hacer, que es casarse al día siguiente, y lo que quizá le gustaría hacer”. Para ello, el compositor ha concebido una partitura que el tenor define como compleja “que comienza de una manera melódica y que según va avanzando la trama se va complicando, Es tremendamente efectista, con marimbas, tubular bells y un acordeón”.

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Dice el director de orquesta que Mihura funciona de maravilla con música: “En el siglo XXI es extraño utilizar la palabra zarzuela, pero tiene todos los elementos que la conforman, es una obra de texto, está escrita en español, tiene números musicales cerrados y posee diálogos. Me parece un trabajo fabuloso el que se ha realizado. Además, todo el elenco es español. Es una manera de reconocer a esa estupenda cantera que tenemos a la que en muchas ocasiones no se le está dando salida”, opina y añade la “gratísima sorpresa que le ha dado trabajar con la Orquesta de la Comunidad de Madrid, “una formación que tiene tanto un nivel como una actitud de lo más favorable con el trabajo y con una obra que no es fácil de tocar. El ambiente ha sido de lo más agradable”.

Rodríguez-Norton se planta en el escenario una hora y cuarenta minutos. De ahí no le mueve nadie. Y hasta tiene algún truco para que la garganta no le pase factura con algún buchito de agua bien colocado, como en la escena de la fiesta en la que hay distribuidas botellitas de agua. “Además, hay bastante diálogo y otra parte cantada. Es decir, música sobre parte hablada”, dice, con lo que la maratón se antoja dura y extenuante.

La carrera de Martín-Etxebarría está lanzada (con una carrera muy potente en Alemania donde el pasado agosto le nombraron principal director residente de la Ópera de Chemnitz), pero no olvida sus comienzos, ni tampoco aquellos que cuando se abría camino le echaron una mano. Por eso quiere agradecer de manera especial a Bianco que confiara en él “porque me contrató antes de que pasan las cosas que después sucedieron. Él me ofreció esa primera oportunidad. En 2015 cambio ya radicalmente mi carrera, aunque yo era ya profesional desde 2009. Y él fue uno de los gestores que vio que ahí había un posible talento futuro. Le agradeceré siempre su valentía”.

Habrá un total de siete funciones a partir del 12 de noviembre. “Una lástima que no podamos hacer más. Que nadie se quede sin verla porque está hecha con todo detalle, con una escenografía minimalista, que es como una jaula y nosotros parecemos los hamster que están ahí dentro, cada uno dando vueltas a su rueda”, comenta el tenor que desde febrero no se ha bajado del escenario. En enero empezará con la Abao de Bilbao, después llegará el Liceo, Asturias, Alemania, el Teatro Real..., y así hasta diciembre de 2020.

¿Tiene algo que ver Jorge con Dionisio? “Bueno, responde, ahora ya no tanto. Un poco quizá en al inocencia del personaje, que es bueno y carece de esas esquinas de maldad que otros sí tienen”, dice. Es educado, como Rodríguez-Norton. Y a la chica de la obra, alocada y embaucadora, le llama la atención. Ah, y el bigotito, ese mostacho que le han afinado en plan años treinta y que se está convirtiendo en una seña de identidad del tenor.

Madame Olga, una mujer con toda la barba

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Los números que posee esta zarzuela son completos, pero si tienen tanto él como Bianco que destacar uno no lo dudan al apostar por Enrique Viana, un todoterreno maravilloso, un nombre de referencia dentro de la lírica, que en esta ocasión se traviste como Madame Olga, la mujer barbuda de la troupe que llega hasta el hotel donde también recala el joven y que aparece en escena subido a unos tacones de 23 centímetros. “Es el personaje que le abre los ojos a Dionisio. Es el contrapunto musical de la vida que arrastran los otros personajes”. Un “numerazo”, como ambos lo califican, de 8 minutos que es una gozada. Y del que el director de orquesta añade “que posee un carisma único. El número que interpreta es dificilísimo, pero lo borda”.