Elegantísima alteza

Con un mantón de manila en los premios T de «Telva» de 2010

No estoy muy seguro de si lo he encontrado en algún libro de André Gide o lo he soñado, seguramente lo primero, pero creo haber leído alguna vez que Marcel Proust sostenía que enamorarse de una mujer guapa era una falta imperdonable de imaginación. De esa opinión debía de ser Eduardo VIII de Inglaterra al caer rendido a la magia oriental de la señora Wallis Simpson y su seguro admirador en las artes de la moda, don Jaime de Marichalar, pues de las muchas cualidades que adornan a la Infanta Elena probablemente no esté la de la belleza, cualidad escasa, dicho en su favor, entre las mujeres de la casa Borbón, a la que le salen mucho mejor los hombres. Una pequeña contrariedad que al parecer derogará definitivamente la Infanta Leonor gracias a la sana mezcla de sangre plebeya que ha heredado de su mamá.

¿Qué puede hacer cualquier señora estupenda ante esta enojosa adversidad? Ser elegante. Y eso sí puede decirse de ambas altezas. ¿Lo fueron por sí mismas o excitadas por la admiración de sus maridos? En el caso de la Infanta Elena, hay división encendida de opiniones. Alta, grande, un poco distante excepto con sus amigos, su aparición en sociedad a cargo del «couturier» Petro Valverde la recordamos como la colección completa de los típicos horrores de los ochenta. Aquellas pretenciosas imitaciones de Oscar de la Renta o de Emanuel Ungaro siempre serán un amenazante fantasma en la biografía más mundana de Doña Elena. Pero he aquí que desde el mismo momento de su boda, su traje, hecho por ese mismo modista, cambió su imagen para siempre. No sé si fue ella, Marichalar o Valverde quien vio que aquel cuello era el mejor objeto de deseo para ofrecer a todas las miradas. Doña Elena iba tan elegante que consiguió el milagro que se espera de todas las novias del mundo: estar insuperablemente guapas el día más feliz de su vida. Sevilla asistió admirada al prodigio de un cuento de hadas con carroza incluida.

Desde esa fecha, Doña Elena fue otra persona. Llegamos a verla en un desfile de Chanel, descubrimiento del que salió el traje blanco con pamela que lució en la boda de su prima Alexia de Grecia, vestida también varias veces de Christian Lacroix y algunas otras del modisto Lorenzo Caprile. Doña Elena empezó a ser considerada, de verdad, no por peloteo de amigos o cortesanos arribistas, la mujer más elegante de la Casa Real. La culpa la tenía su marido, una especie de estilista en la sombra, que a su vez gozaba de excelentes consejeras entre sus amigas Naty Abascal, Beatriz de Orléans, Sonsoles Díaz de Rivera, Delphine Arnault o Marisa de Borbón. Ya se sabe que una mujer que lleva un traje elegante se convierte en una mujer elegante... Balenciaga dixit.

Doña Elena fue elegante hasta el exceso, una de las cualidades de la verdadera elegancia, siempre que no se abuse de ello. Recuerden cuando apareció con aquella irresistible pamela en la boda de su hermana, o cuando cayó rendida en las manos de Lacroix para asistir a la de Federico de Dinamarca, vestida como si ella fuese la misma reina. Doña Elena es tan elegante que a veces vuelve a poner a prueba nuestra confianza ciega en ella, vistiéndose, como lo hizo en una exposición en Valladolid o en una cena en Palma, de su peor enemigo.

Una vez separada de ese hombre tan alto, delgado, bien vestido y tan sospechoso de mantener demasiadas «relaciones peligrosas», Doña Elena no ha querido abandonar su estatus de mujer elegante, etiqueta que según sus amigos Carlos García Revenga o Mencía Morales de Borbón sólo se debe a su enorme fuerza de voluntad para volver a ser feliz. En las cenas de gala en el Palacio Real, en la cena previa al enlace de la princesa Victoria de Suecia, con un bellísimo escote bañera verde «chartreuse», en los actos institucionales a la luz del día, en las corridas de toros o en las fiestas de «Telva», hombros siempre descubiertos –en traje rosa para el premio a Torretta y azul para Schlesser–, Doña Elena sólo tiene que evitar cuidadosamente caer en la tentación de las marcas internacionales –por la sencilla razón de que las pagamos todos los españoles– o discutibles copias de Chanel firmadas por algún renombrado español para seguir obteniendo nuestro crítico reconocimiento. Que, aunque crítico, lo tiene: elegantísima alteza.