Muamar Gadafi, los excesos de un dictador desde su Jaima

El coronel quería rescatar Libia, unificarla y convertirla en un país adalid del socialismo panarabista. Pero sus aires mesiánicos ensombrecieron su obra.

El coronel quería rescatar Libia, unificarla y convertirla en un país adalid del socialismo panarabista. Pero sus aires mesiánicos ensombrecieron su obra.

Las crónicas en España del día después al golpe de Estado militar que derribó al Rey Idris de Libia no mencionaban el nombre de Muamar Gadafi –«el coronel que asume la jefatura de la revolución es totalmente desconocido fuera de Libia»–, pero sí que apuntaban a que «sin rodeos ni riesgo de error se puede afirmar que es un revés para Occidente en el aspecto político, y sobre todo, en el de sus intereses económicos». Lo cierto es que en muy poco tiempo, Gadafi se encargó de que su nombre se convirtiera en leyenda dentro y fuera de las fronteras libias. Con su puño de hierro y su feroz política exterior, el beduino fue poco a poco olvidando sus ideales de socialismo panarabista para transformarse en un extravagante rais de gafa ancha y tonalidades caquis.

El 1 de septiembre de 1969 Libia cambió para siempre. El coronel asumía el control de este geoestratégico país del Mediterráneo que había hallado recientemente lucrativos pozos petrolíferos. Nacido en Sirte y criado en Fezzan, el coronel tenía bien diseñada su misión «de salvación» respecto a Libia, pero su actitud mesiánica se volvió en su contra.

«El golpe de Estado de 1969 se ha vivido como un acontecimiento muy importante por los libios. Hoy todavía se habla de los pro Gadafi como los “septembristas”. Veían al coronel como a un revolucionario que actuaba para el bien de todos y que tenía la ventaja de liberar a los libios de una monarquía que era bastante impopular», explica a LA RAZÓN Barah Mikail, director de Stractegia y profesor de Seguridad Internacional en la Universidad de Saint Louis. «Los libios veían a Gadafi como la garantía de un cambio hacia mejor; y han seguido creyendo en sus buenas intenciones durante tiempo». No obstante, Mikail reconoce que «con las políticas de Gadafi y con la erosión natural del poder, muchos libios acabaron cambiando de opinión».

En 1975, Gadafi escribió su ideario político, «El Libro Verde». En sus propias palabras, este manuscrito presentaba «la solución al problema del instrumento de gobierno, e indica a las masas el camino por el cual pueden avanzar de la edad de dictadura a la de democracia genuina». Gadafi describía así algunas de las herramientas democráticas: «Los votos pueden ser comprados y falsificados. La gente pobre es incapaz de competir en las campañas electorales, y el resultado es que el rico es el único electo»; «El partido es una forma contemporánea de dictadura. Es el instrumento moderno de un gobierno dictatorial»; o «Los plebiscitos son un fraude contra la democracia».

En cuanto a la comunidad internacional, «las maneras excéntricas de Gadafi tuvieron un impacto a la hora de analizar cómo se tomaban las decisiones a nivel político en Libia, pero de manera independiente de la cuestión democrática», indica Mikail. Quedó constancia «a partir de 2003, cuando muchos países que contaban como enemigos de Libia –empezando con EE UU– cambiaron de actitud y acabaron dispuestos a tener relaciones con Gadafi a cambio de su renuncia al desarrollo de tecnología nuclear». Ese paso, logró que la mayoría de gobiernos del mundo y ya no solo los pertenecientes al «eje del mal» comenzaran a hacerle un lavado de cara tanto al régimen como a Gadafi. El rais, que ya en 2007 se asemejaba a una caricatura de la idea que se tiene de dictador, visitó España y tanto los gobiernos del PP como los del PSOE abrieron las puertas de La Moncloa para él, su séquito y su famosa jaima.

A Gadafi le acompañaba un Ejército femenino denominado «Guardia Amazónica» y un harén, no siempre de manera voluntaria. Tras su fallecimiento, asesinado atrozmente en Sirte en 2011, son muchas las esclavas sexuales de Gadafi que se han atrevido a compartir los horrores de ser elegidas para complacer los deseos sexuales del rais. Algunas libias han contado a este diario que muchas mujeres recelaban de tener una vida social o un trabajo visible «por temor a que uno de los Gadafi o sus asesores directos se encapricharan y después te mataran a ti o a los tuyos». En sus redes no solo cayeron mandatarios, también artistas de la época como Mariah Carey o Beyoncé se rindieron a sus dinares y participaron en muchas de las ostentosas fiestas del clan Gadafi.

«Entre el tirano visionario y el beduino indomable, ¿qué recordará la Historia?», se preguntaYasmina Khadra en su obra «La última noche del Rais», (Alianza Editorial).