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Muere Harold Bloom, el crítico que impuso el canon

Fue la gran autoridad de la crítica literaria de las últimas décadas, incluso provocando polémicas y grandes debates en todo el orbe intelectual. Fue acusado sin piedad de ególatra, pero no hubo ni habrá lector tan descomunal, insaciable, como Harold Bloom, nacido en Nueva York, en 1930, y muerto ayer, en New Haven, Connecticut, a la edad de ochenta y nueve años, tras una vida dedicada a la universidad –fue catedrático en Yale– y a libros como el que le reportó fama internacional, “El canon occidental”, que llegó a ser en 1994 todo un fenómeno globalizado por proponer qué autores tenían que estar metidos en esa lista de inmortales (la mayoría en lengua inglesa).

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De algún modo, Bloom se erigió en EL crítico literario por antonomasia, el que parecía haberlo leído todo, el que parecía elegir quién debía estar en su famoso y controvertido canon, el que andaba siempre leyendo y hablando de los “Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares” (Anagrama, 2005), por decirlo con el título de uno de sus mastodónticos libros, en esta ocasión concebido a partir de conceptos esotéricos extraídos de la cábala. Y siempre, en busca de “¿Dónde se encuentra la sabiduría?” (Taurus, 2005), por decirlo con otro trabajo en que se preguntaba: «¿De qué sirve la sabiduría si sólo puede alcanzarse en soledad, reflexionando sobre lo que hemos leído?», quizá el más personal de sus libros, el que ligaba con mayor vigor sentimiento y erudición. Tras una vida entera dedicada a la mejor literatura universal ―algo ejemplificado en la antología de sus primeras lecturas, “Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades” (Anagrama, 2001)―, Bloom mostraba conclusiones y enseñanzas derivadas de tanto tiempo de estudio y profesorado, afirmaciones que huían del mero conocimiento para convertirse en materia, pedagógica, clarividente y hasta consolatoria.

En todas su obras filtró sensaciones privadas, íntimos gustos estéticos, pautas de su carrera de crítico literario: el desprecio al historicismo, el rechazo a la filosofía, desde que se enamoró de la poesía de William Blake y Hart Crane y comprendió que ni el filósofo más literario, Platón, podía proporcionarle lo que los grandes escritores; su vuelta incesante a Shakespeare «en busca de verdad, de fuerza, de belleza, y por encima de todo, de personas».

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Un Bloom cercano a la franqueza que él tomó en su día de Emerson, su guía espiritual; con el profesor que no se cansaba de denunciar «el espantoso momento que vive nuestra educación» y proponía una visión pragmática, utilitaria, vital de la literatura, la posibilidad de conocerse a uno mismo y a los demás mediante los libros. Fue, en definitiva, un lector que informaba de las cosas por contraste, que tan pronto educaba como entretenía, siempre estimulándonos hacia lo que merece la pena leer, es decir releer. Lejos de corrientes de pensamiento pasajero o tendenciosas, que nunca se cansó de denunciar, las reflexiones de Bloom servían para entender cada obra en su esencia al margen de ideologías; era el esplendor, la fuerza, la sabiduría del texto lo único que imperaba para él.

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Según él, Freud fue el pensador principal del siglo xx, y «en cierto sentido, todos somos freudianos, lo queramos o no», y basó su vida en hacer libros celebraban la experiencia lectora con extraordinarias pasión, intensidad, curiosidad. Bloom llevaba razón: leemos para «reparar nuestra soledad», para lo que, en definitiva, dijo Montaigne en su último ensayo: «No hay deseo más natural que el deseo de conocimiento». Tal deseo lo puso de manifiesto Bloom en cada una de sus recopilaciones de artículos y ensayos, pero muy en particular en torno al que a sus ojos reinventó lo humano, inaugurando el carácter del lenguaje tal como hemos llegado a reconocerlo, el creador de Rosalinda, Shylock, Yago, Lear, Macbeth, Cleopatra y, sobre todo, Falstaff y Hamlet. Es decir, William Shakespeare.

Sobre él escribió que «nos hizo teatrales, incluso si nunca hemos asistido a una representación suya ni leído ninguna de sus obras», como dijo en “Shakespeare. La invención de lo humano” (Anagrama, 2002), una guía de cada una de sus treinta y nueve obras de teatro con un planteamiento que no era nuevo. Por una parte, en “El canon occidental” ya reconoció que «sigue siendo el escritor más original que conoceremos nunca», el centro canónico junto con Dante, aunque este carezca del alcance que le confería a Cervantes. Afirmaciones como: «La lengua inglesa y el ser humano han sido moldeados por Shakespeare», o: «La “bardolatría”, la adoración de Shakespeare, debería ser una religión secular más aún de lo que ya es», al lado de Jesús o Alá, dejaban de parecernos exageradas porque provenían de algo añorado en todo el superficial campo de los estudios literarios de hoy, es decir, de la pasión y de la reflexión íntima.

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La poesía como consuelo

El último libro traducido en España de Bloom fue “Poemas y poetas. El canon de la poesía” (Páginas de Espuma, 2015), sobre un montón de autores universales. Una ocasión culturalista que también era la ocasión para decir que la lectura era la posibilidad de conocerse a uno mismo y a los demás mediante los libros. En una breve introducción, así lo reiteraba al explicar que leía poesía «para soportar la mortalidad. En momentos de peligro y grave enfermedad he recurrido al intenso consuelo de recitarme poemas a mí mismo, ya sea en voz alta o en silencio». Y añadía, sentimentalmente: «La poesía no puede sanar la violencia organizada de la sociedad, pero puede realizar la tarea de sanar al yo».