Muere la cantante María Dolores Pradera a los 93 años

A lo largo de su carrera recibió 30 discos de oro y le concedieron la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo

La cantante y actriz María Dolores Pradera

La cantante y actriz María Dolores Pradera ha fallecido este lunes en Madrid, su ciudad natal, a los 93 años de edad.

Sus manos. Hablaban por ella, y mire que a ella, la señora de la canción, la gran dama, como la rebautizamos (aunque a Pradera no le gustara en exceso tan noble distinción por puramente exagerado) le gustaba hablar. Las movía como si desprendieran una energía suya y única. La mirada, los ojos preciosos también distinguían a María Dolores Pradera, una mujer que nació siendo elegante. La parieron así, con porte de señora y con clase. Precisamente, «dulzura y elegancia son dos palabras que ya no se usan, por desgracia, y que la definen a la perfección», explicaba ayer Pasión Vega, última persona que se encerró en un estudio junto a Pradera para grabar.

Nació en Madrid en 1926 y murió con una canción en los labios. Su padre se fue a hacer las Américas a Chile y la madre y los hijos viajaban en interminables travesías en barco al otro extremo del mundo. Solía ser una vez al año. Y ella, poquito a poco, seguro, se fue haciendo con ese acervo de la cultura de Latinoamérica que le sentaba como un guante. Pero tiempo al tiempo, que eso vendría después. La voz la tenía desde niña. Y cantaba al piano. Era fuerte para su edad, dijo ella alguna vez. Los vecinos, contaba la anécdota para que se callara decían por la ventana «Esa radio». Madera había, desde luego.

Después llegaron los años terribles de la Guerra Civil y el vivir cuando había que reconstruir un país con casi nada. El padre quiso estar cerca de la familia y regresó a España. Al poco tiempo murió sin haber cumplido los 50. Y la niña y los hermanos se quedaron con una madre que los sacó adelante. «Era una mujer fantástica», la recordaba. Al mal tiempo le puso sentido del humor y le sacó una y mil sonrisas. Era delicada y fortísima a la par, risueña, irónica, divertidísima. Y cultivada. Antes que la música la visitó el cine, en los tiempo del blanco y negro, claro está, aunque llegó hasta el color, pero casi de manera testimonial. «Inés de Castro», de García Viñolas, fue su primer papel en 1944 (aunque en 1941 tuvo un de aquellos que se llamaban «de frase» en «Porque te vi llorar») al que seguirían trabajos con Juan de Orduña, Forqué, Florián Rey, José Luis Borau y Luis Lucía. El cine la atraía y sabía decir de una manera característica con esa voz suya grave, vocalizando, como debe de ser, y la pantalla la llevó al escenario (que tablas siempre tuvo) y se rodeó de los más grandes como Bódalo o Rodero. Verla actuar, dicen quienes trabajaron a su lado, era bastante mejor que recitar y memorizar el método Stanislavsky americano. De su voz salieron diálogos inolvidables escritos por Arthur Miller («Todos eran mis hijos»), Ionesco («El rinoceronte») o Chéjov («El jardín de los cerezos»), aunque los autores españoles tampoco se le resistieron, desde «Don Juan Tenorio», de Zorrilla a «Los intereses creados», de Benavente, pasando por «Mariana Pineda», de Lorca.

Era María Dolores Pradera una señora con mucho brío y energía. Se caía y se levantaba una y otra vez. Solía cantar de largo e hizo suyo el repertorio que se escuchaba cruzando el charco. José Alfredo Jiménez, la enorme Chabuca Granda, tan amiga suya, Violeta Parra y tantísimos otros más. «La flor de la canela» en su garganta ya no volvió jamás a ser la misma. «Que te vaya bonito», «Fina estampa» o incluso «Las mañanitas» que solía cantar en los cumpleaños a sus amigos aunque fuera a través del teléfono, sonaban distinto, llevaban el marchamo de Pradera.

En casa de todos

Durante mucho tiempo, cuando las televisiones eran un armatoste inmenso y había dos canales que sobraban y bastaban, a ella la dejábamos colarse en nuestros hogares. Con ese repertorio bellísimo y los gemelos detrás, a la guitarra, los hermanos Julián y Santiago López Hernández. No solo fue un fenómeno en España, una mujer respetada que jamás se pasó de moda (quizá porque huyó de ellas como alma que lleva el diablo) y que podía presumir de gustar a varias generaciones al mismo tiempo. En Estados Unidos decían que su manera de cantar, de decir el idioma, era perfecta. En Latinoamérica era pura adoración la que sintieron y sienten. Y en Holanda fue casi un ídolo nacional, una artista con club de fans a la que literalmente se veneraba.

La salud, un tanto mermada, la había dejado más quieta, más en casa durante los últimos años; sin embargo, ella fue una mujer de salir y disfrutar. Una titiritera, como decían en su casa casi al minuto de haber nacido. Sus amigos no la dejaron jamás y confesaba hace unos años que le gustaba estar rodeada de gente más joven. Quizá por irradiar vitalidad, quizá porque ella era al tiempo absolutamente capaz de contagiarla.

Fue durante doce años la esposa de un actor inmenso, Fernando Fernán Gómez. Una relación que se fraguó cuando ella empezaba a tener reconocimiento y él trataba de abrirse paso en el mundo de la interpretación. Siempre juntos, siempre tan bien avenidos, muchos compañeros llegaron a creer que eran hermanos en vez de novios, qué cosas. Con él estrenó «Marido y medio» en el Teatro Gran Vía de Madrid 1950, en cuyo reparto también estaba María Asquerino. Después de unos cuantos paseos y un noviazgo casto como se estilaba en aquella España se dieron el sí quiero y tuvieron dos hijos, Fernando y Helena. El tiempo confirmó que aquella no era un relación para perdurar, aunque ella confesara un día que le habría gustado envejecer a su lado. Él, ya entregado a la bohemia y los amores, siguió una ruta. Ella continuó sola. Nunca hubo un reproche.

Siempre puso por delante al público. Cuando le preguntaban por qué cantaba sus canciones de siempre, su repertorio eterno, y que no podía defraudar. Cuando ponía el pie en el escenario, vestida con una túnica vaporosa, elegante siempre, se crecía. Sabía que pisaba terreno amigo y que esa seguridad que exhibía era tal gracias a los años que había pasado en las tablas. Daba gracias por haber vivido tanto. Se consideraba feliz «a veces». Y confesaba que un día había dejado de fumar, no porque le hiciera mal a la garganta o porque el médico se lo hubiese recomendado. Para nada. Lo dejó porque sus nietos se reían de cómo cogía el pitillo y exhalaba el humo. A su madre también le llamaba la atención esa manera suya tan particularísima de fumar. Y decidió hacerles caso.