«Alcina», ¿Podemos o no podemos?

De Händel. Intérpretes: K. Gauvin, A. Christy, C. Rice, S. Prina, L. Tittoto, A. Clayton, E. Escribá. Dirección musical: C. Moulds. Orquesta Titular del Teatro Real. Dirección escénica: David Alden. Teatro Real. Madrid, 27 -X-2015.

El montaje de Alden se basa en el «show business»
El montaje de Alden se basa en el «show business»

Las casi cuatro horas de duración de «Alcina» han evitado que los críticos tengamos que escribir a toda pastilla para la segunda edición de nuestros diarios. En condiciones normales, a la salida del teatro a las once de la noche, me habría puesto a escribirles mi opinión sobre los artistas. Les habría informado sobre la corrección con aristas metálicas de la protagonista, de las estridencias por arriba de Morgana, de las escasamente limpias coloraturas de Oronte, del personal timbre pero no de contralto de Bradamante, del buen trabajo de Ruggero, muy especialmente en su extensa aria del tercer acto. Me hubiera referido a la equilibrada y cuidada dirección musical y a los inspirados solos, con buen sonido barroco si bien con falta de incisividad en algunos momentos. También de una dirección actoral relevante dentro de una puesta en escena confusa que no tiene nada que ver con Woody Allen por mucho que se nos intente vender una moto que yo, por supuesto, no compro porque no ayuda al espectador a entender y seguir a unos personajes que, como en el fútbol, deberían llevar un dorsal en estos casos. Pero esta vez no es esto lo más importante y es que, con tiempo y reflexión, el crítico puede ver el bosque y no perderse en los árboles. Sería muy positivo que en nuestros diarios se tomase nota.

Representación con un gran punto a favor: la formidable música de Haendel, casi al nivel de la que compusiera para «Julio Cesar», obra más redonda tanto musical como dramáticamente. Espectáculo servido con dignidad y mis observaciones iniciales no empañan una labor de conjunto muy aceptable. El problema es el criterio con el que debe juzgarse. La producción se estrenó en la Ópera de Burdeos en mayo de 2012 y, curiosamente, se nos anuncia como «coproducción» del Real con aquel teatro, que en su web no menciona para nada al español. La representación que aquí se contempla hubiera merecido una muy alta calificación en Burdeos, un teatro de provincia en el que para este título la entrada más cara costaba 85€euros. La misma producción, con cantantes compartidos o de similar nivel elevaba en Madrid ese precio a 382. Esto no es admisible.

No resulta extraño que casi todas las entradas de estreno correspondan a empresas, como claramente se observa en los descansos y que queden muchas sin vender fuera de ese segmento o que muchos espectadores desertasen tras la segunda pausa. Sí resulta extraño que, con una música tan maravillosa, ni siquiera se colocasen el resto de localidades con el descuento del 90% a los jóvenes. Algo falla y merece reflexión en su patronato. Un patronato en donde se ha eliminado la discusión seria, en donde las críticas se trasladan en susurros a los oídos de los interesados en privado y en donde, por poner un ejemplo, lo que se discute es la petición del representante de Podemos del Ayuntamiento para que se enlacen con las actividades del Ayuntamiento títulos con lejana vinculación a la violencia doméstica. Tiempos convulsos plenos de confusión e ignorancia. ¿Acaso cumple el Real una función social con su actual política? ¿Tiene sentido una financiación pública, aunque sólo sea del 30%, a un público que se puede permitir pagar casi 800€ por dos entradas? ¿Es de recibo presentar una producción de un teatro francés de segunda categoría a precios cuatro veces superiores? ¿Podemos o no podemos permitirnos un teatro de primera división en Madrid? ¿Qué es lo que ha de exigirse culturalmente al Teatro Real? Medítenlo sus responsables, las administraciones que lo financian y sus patrocinadores, porque así no se debería seguir.