Cuando Springsteen era el rey

La caja conmemorativa «The Ties that Bind» documenta la época en que «El Boss» logró llegar a su máximo apogeo creativo con «The River» (1980), álbum con el que alcanzó su estilo propio dentro del rock and roll tras años de experimentación con sonidos y estilos

El «Boss» entregado en cuerpo y alma en un concierto de 1978
El «Boss» entregado en cuerpo y alma en un concierto de 1978

La caja conmemorativa «The Ties that Bind» documenta la época en que «El Boss» logró llegar a su máximo apogeo creativo con «The River» (1980)

En aquel ya lejano 1980, Bruce Springsteen era el rey del rock and roll. Al menos, el rock and roll en sus formas más clásicas. Elvis había muerto en 1977 con más grasa que glamour, Bob Dylan enterró su comercialidad entregando su música al cristianismo y los Rolling Stones ya habían firmado la que sería su última obra maestra, «Some Girls», comenzando a morir de megalomanía. Tampoco los Beatles –cada miembro por separado, se entiende– lograban reverdecer aquellos lejanísimos laureles. Mientras, las viejas bandas descubrían que el futuro estaba en llenar estadios y facturar discos carísimos de producción, y el punk, el movimiento musical más interesante en 15 años, rechazaba en sí mismo cualquier posible vocación de trascender. De alguna forma, «El Último Waltz», el concierto de despedida de The Band el 25 de noviembre de 1976, había marcado el final de una era.

Ante esta perspectiva, quedaba Springsteen. El músico de New Jersey ya tenía una obra maestra del tamaño de «Born to Run», de 1975, aunque se trataba de una creación un tanto barroca para los estándares que más tarde desarrollaría el propio autor. Luego vendría, en 1978, «Darkness of the Edge of Town», otra maravilla cuya fuerza quedó ligeramente mitigada por una producción incorrecta. Otra cosa eran las canciones, sensacionales, como se demostró en la gira de presentación. Ahí encontraría Springsteen su ubicación definitiva. Y lo siguiente que ofreció al mundo fue «The River».

La caja «The Ties that Bind», la joya de la corona de Sony para el comienzo de año, documenta ampliamente aquella época con cuatro discos –dos de ellos correspondientes al disco original- que incluyen las sesiones de grabación y tres DVDs que contienen un espectacular concierto y un interesante documental–. La edición es una maravilla, con un buen número de fotografías de la época, detallada documentación y una hábil memorabilia que harán las delicias del fan. Aunque el precio, sobre los 100 euros, también es considerablemente disuasorio. Porque, con toda franqueza, y salvo un par de excepciones, lo mejor de las sesiones ya fueron incluidas en el disco original.

- La fórmula secreta

Springsteen pasó largos años buscando su sonido. Primero quiso ser Dylan, luego le interesó añadir a Phil Spector a la mezcla, después amplió sus horizontes con unas gotas de soul... Hasta que dio con la fórmula secreta y mágica que se concretó en «The River». Ahí expuso Springsteen todo el catálogo de sonidos que le convertiría en una de las grandes leyendas de la música contemporánea. «El disco fue una especie de puerta de entrada a parte de mis composiciones futuras», señalaría más adelante. Efectivamente, «The River» poseía el romanticismo rocker de «The Ties that Bind», la melancolía de «Jackson Cage», el abandono de «Independence Day», la luminosidad de «Hungry Heart», la sangre de «Point Blank», la fuga de «Drive All Night», la desesperación del tema que daba título al álbum... Todo el Springsteen contemporáneo estaba ahí. Había ido eliminando envoltorios para dejar sólo la esencia de las canciones. Al tiempo, y de la mano de Jon Landau, había creado el tipo de sonido que quería para registrar sus canciones, con la banda y su voz sonando en primer plano, como en un garaje. Es en este disco donde la E-Street Band suena por primera vez a banda que marca las diferencias. Sin apenas solos, consigue que los músicos formen un cuerpo perfecto, una maquinaria magníficamente engrasada que sabe tocar cualquier estilo de música, pero siempre con un sello distintivo. «The River» se iba a llamar en un principio «The Ties that Bind», e incluiría canciones como «Hungry Heart», «You Can Look», «I Wanna Marry You» o «Be True». Pero Springsteen, siempre ambicioso, entendió que aquella colección sólo recogía una parte de su música. Entonces, en un auténtico desafío maratoniano, siguió completando canciones hasta encontrar el perfecto equilibrio entre solemnidad y ligereza, entre prosa y verso, entre oscuridad y luminosidad. Puro Springsteen.

«Entregué un solo disco y di marcha atrás porque sentía que no era lo suficientemente completo. Quería capturar los temas que había escrito en ‘‘Darkness’’, quería mantener esos personajes conmigo y al mismo tiempo añadir música que convirtiera nuestros conciertos en algo divertido y alegre para nuestra audiencia», resumiría el artista.

Efectivamente, su aportación al rock and roll no quedaba en la grabación de decenas de canciones para grandes álbumes. Más allá de todo ello, Springsteen se había ganado una tremenda reputación al establecer un tipo de show muy alejado de los cánones tradicionales. Los aforos todavía no eran gigantescos, ni mucho menos. Los conciertos se extendían más allá de las tres horas, la banda y él actuaban como un todo, la sucesión de canciones era fascinante, los músicos eran extraordinarios, el jefe se esforzaba en demostrar a sus seguidores que el dinero invertido en el ticket era una ganga, su actitud permitía a la audiencia sentirse parte del espectáculo... Y Springsteen se lo dejaba todo en escena. «Era increíble ver cómo llegaba al hotel absolutamente exhausto y cómo al día siguiente te enseñaba las dos mejores canciones que acababa de componer. Daban ganas de matarlo», relataría el guitarrista Steve Van Zandt.

- Elvis redivivo

Todo encajaba. Hasta había dado con la indumentaria adecuada. Ya no iba vestido como un «hípster» –un auténtico «hípster», se entiende, de los de antes, sino que iba a las bases del rock and roll. Era Elvis, Eddie Cochran o el Marlo Brando de «The Wild One». Era un auténtico «greaser», la imagen de quien todavía creía en el sueño americano y un sábado por la noche en los billares antes de tomar cervezas pegado a un escenario desde el que disfrutar del sonido de una buena banda. No era el artista inalcanzable, el ídolo intocable, sino ese músico de cierto éxito que algún día tú también podrías llegar a ser. Porque, también conviene aclararlo, Springsteen no era por entonces la megaestrella en la que se convertiría apenas cuatro años después. Y mucho menos en Europa, donde por entonces le costaba llenar recintos más o menos amplios.

Para muchos, el Springsteen más clásico estaba ahí, en esos primeros años 80, un músico que al fin había conseguido definir qué tipo de arista quería ser y qué tipo de canciones quería grabar. Las de «The River», sin ir más lejos. Después vendría un álbum oscuro y un tanto menor, «Nebraska», de 1982, su primera incursión en el folk más puro, y en ningún caso definitorio de su sonido. Y dos años más tarde llegaría algo radicalmente diferente, «Born in the USA», un disco que marcó el triunfo absoluto del «sonido FM», su definitivo superventas y su alzamiento a los altares de la popularidad con una gira monstruosa por estadios de fútbol llenos hasta la bandera de seguidores con bandanas. Eso, por supuesto, ya no era «The River», los tiempos en los que Springsteen era el gran estandarte del rock and roll clásico, la creación a fuego de una nueva estrella forjada desde la esencia, el trabajo, el respeto y el talento musical. Cuando Springsteen era el rey.

Una gira nostálgica

Poco después de ponerse a la venta la caja de «The River» Bruce Springsteen anunció el comienzo de una gira por Estados Unidos y Canadá de tres meses, entre enero y marzo de 2016, en la que recuperará junto a la E-Street Band el material de «The River». El nombre, «2016 The River Tour» deja claro que tocará íntegramente el contenido del disco original y, seguramente, irá añadiendo material que aparece en la caja.Todos los conciertos se grabarán y saldrán a la venta a los pocos días, algo que ya ocurrió con la gira «High Hopes» de 2014. Las fechas que se han publicado pertenecen únicamente a Norteamérica, pero es fácil suponer que habrá una extensión del tour y que llegará a Europa. Los fans de Springsteen ya se están mordiendo las uñas.

Aquella primavera de 1981

Ocurrió el 21 de abril de 1981. Dos meses después del intento de golpe de Estado de Tejero, Springsteen y su orquesta desembarcaron en Barcelona para dar su primer concierto en España. Por supuesto, entonces era un músico todavía de minorías aquí y el Palacio de Deportes no se llenó. Había muchos militares americanos en las gradas y bastantes despistados que acudían con más curiosidad que entrega. Lo que ofreció Springsteen fue una buena muestra de qué tipo de músico era entonces: un hombre que se quería comer el mundo, como haría. Con su cazadora vaquera y sus largas patillas, ofreció un recital, en el más amplio sentido de la palabra, de más de tres horas de duración. Presentó «The River» y cayeron piezas importantes como «Out in the Streets», «Independence Day», «The Ties That Bind», «Sherry Darling» o «Hungry Heart». Y repasó obras maestras de su anterior discografía, como «Badlands», «Thunder Road», «Backstreets» y «Racing in the Streets». El final lo marcó el «Rocking all over the world» de su querido John Fogerty. Quienes estuvieron allí hablan de un show memorable, de un momento legendario para la historia de la música en directo en este país, de una respuesta entusiasta del público y de un artista emocionado y agradecido, que diría Lina Morgan. Barcelona asistió a un tipo de show que nadie hacía en esos momentos, el de un músico iluminado.