Teatro

Sombras de futuro

Wagner: «Das Liebesverbot:”Christopher Maltman, Manuela Uhl, Peter Lodahl, Ilker Arcayürek, David Alegret, David Jerusalem, María Miró, Ante Jerkunica, Isaac Galán, María Hinojosa, Francisco Vas. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección escénica: Kaspar Holten. Escenografía y figurines: Steffen Aarfing. Teatro Real, Madrid. Conjuntos del Teatro.

No hay duda de que el estreno en Madrid de esta ópera de 1836 constituye un auténtico acontecimiento; no tanto por el valor intrínseco de la partitura, inspirada en “Medida por medida” de Shakespeare, sino por la novedad y la posibilidad de apreciar la prehistoria del lenguaje wagneriano, todavía imitativo tras su primera obra lírica, Las hadas (1834), seguidor sin desdoro de influencias del género bufo o sentimental italiano y de los modos de comicidad herederos del “singspiel” y la ópera popular germana. Lo audaz se mezcla con lo tradicional. Hay rasgos que anuncian obras posteriores, sobre todo “Tannhäuser”, y un permanente, aunque no siempre conseguido, tono de crítica social.

Hay asimismo una buena factura general, con arias en algún caso muy hermosas, como la arpegiada de Friedrich o la de tan bello y nocturnal tema de Mariana, esta última heredera de Weber. Muchos pasajes nos recuerdan a Cherubini o Boieldieu, por la parte francesa, o a Rossini, Bellini o Donizetti por la italiana. Pero, efectivamente, percibimos mucha influencia weberiana y parentescos con compositores más o menos coetáneos como Lortzing, Nicolai o Marschner. Wagner no tenía más que 21 años cuando escribió la obra que, pese a su contenido de claro matiz sexual, favorecido incluso por el cambio de la acción de la comedia original de Viena a Palermo, finalmente, y lo señala en su bien humorado artículo del programa de mano Chris Walton, la tesis postrera es plenamente germánica al enaltecer el amor monógamo.

Encontramos recitativos de gran fuerza, aunque no siempre, ni en ellos ni en las partes cantabile, la lengua alemana engarza bien con el rápido silabeo. Hallamos anticipaciones variadas de la obra futura, como ese “Salve Regina”, que nos adelanta “Lohengrin”. Los dúos de Isabella y Luzio nos traen igualmente, lo mismo que otros pasajes, la música del no tan lejano “Holandés errante”. Música fluida, conjuntos, concertantes, dúos, tríos, cuartetos, todo tipo de formas operísticas tiene su sitio, al igual que los números corales, profusos y robustos, contundentes y definitorios.

Hemos podido seguir una interpretación musical muy apañada, con alguna que otra voz importante. Como la de la soprano Manuel Uhl, timbrada, potente, voluminosa, bien controlada, con un metal quizá demasiado agresivo. Valiente en todo momento. O la del barítono Maltman, lirico robusto, amplio, buen caricato, firme de emisión y resolución. Flojitos los tenores principales, Lodahl y Arcayürek, sobre todo el primero, de timbre muy feo y nasal. Caudaloso y cumplidor el bajo Jerkunica como Brighella. Aseada María Miró como Mariana, notable María Hinojosa como Dorella. Acoplado el resto del reparto, como el coro, que sonó con vigor. Bien la orquesta y regular la dirección de Bolton. Aunque tuvo pulso e impulso, cayó en algunas de su habituales debilidades, como la de clarificar poco las texturas y los planos e indiferencias los timbres. Pero mantuvo el note y fue firme en el ritmo.

La puesta en escena, que actualiza la acción –se usan continuamente móviles, es funcional, con elementos que se abren y se cierran, proyecciones de variado tipo y un movimiento general ágil. Muy conseguidas las escenas de multitud. No es una producción bella ni profundiza lo deseable en la historia, pero se deja ver y favorece que la función mantenga el nervio hasta el final. Gracioso el telón en el que, durante la obertura, se ve la cambiante cara del joven Wagner.