Ostende, el último verano de las letras

Stefan Zweig, en un barco, con su aspecto cosmopolita
Stefan Zweig, en un barco, con su aspecto cosmopolita

El escritor Volker Weidermann narra en un ensayo los últimos días que pasaron juntos Stefan Zweig y Joseph Roth, que encarnaron la Europa cosmopolita que el nazismo arrasaría.

Stefan Zweig se inventó una Europa inexistente porque la que veía ya no le gustaba, demostrando una vez más que las decepciones de la realidad empujan a la ficción. Con el ascenso del nacionalsocialismo, acudió a la memoria para rememorar una Europa sin fronteras que comenzaba a leer la prensa por las páginas de cultura y que había prescindido de los pasaportes. Una visión nostálgica que volcó en «El mundo de ayer» y que le impidió reconocer las violencias y tensiones sociales que sacudían a Europa en aquellos vertiginosos años de ideologías, desfiles y banderas. El escritor –el más popular, el más leído y el más vendido del Viejo Continente–, poseía una capacidad innata para radiografiar la Historia y una ceguera absoluta (intencionada o no) para reconocer los peligros inherentes a los acontecimientos coetáneos. A pesar de que los nazis habían prohibido la lectura de sus libros, le costó renunciar al mercado alemán y ceder a la terquedad de los hechos: sus obras habían ardido, junto a las de docenas de autores, en las hogueras que los estudiantes habían encendido en 1933 en Alemania. Su amigo Joseph Roth siempre le recriminó su posición pactista. Él también era judío y él también era un escritor famoso. Pero, a diferencia del autor de «Castellio contra Calvino», reconoció enseguida el acento dramático de los tiempos que sobrevendrían, mantuvo intacto su orgullo y le recriminó a Zweig por carta: «Cállese usted, o luche, lo que le parezca más prudente». El escritor Volker Weidermann recrea en «Ostende» (Alianza) los últimos días que pasaron juntos estos literatos antes de separarse para siempre. Uno, Zweig, había nacido en una familia acomodada, disfrutaba del éxito y hacía gala de una vida cosmopolita; Roth, procedente de un pueblo apartado de Austria, diez años más joven, había conquistado su reputación con esfuerzo, pero ahora, sin tantos recursos económicos, naufragaba en un delirante alcoholismo. «Él prefiere guardar silencio durante los primeros años de la toma del poder por los nacionalsocialistas, e, incluso después de que sus libros sean quemados en la plaza de la ópera de Berlín. Guardar silencio y poder seguir trabajando en paz», escribe para definir la postura de estos dos novelistas.

–¿Por qué opta por esa posición?

–Es comprensible que intentara reconciliarse, porque, de lo contrario, sería un autor sin público, y no tendría sentido. Hay que tener en cuenta, también, que en la quema de libros de 1933 no hubo ningún plan preconcebido. No fue una idea de los que estaban en el poder, sino de los estudiantes de Berlín que deseaban demostrar que la mayoría de ellos estaban de parte de los nazis. Goebbles tardó en firmar la autorización porque tenía miedo de hacer el ridículo ante el mundo. Después, él mismo, al ver ese éxito, reconoció: «Quién iba a pensar que estaríamos tan lejos en tan poco tiempo».

Zweig se refirió a su inclusión en la lista de autores prescindibles por el Tercer Reich como un error. «No contaba con que él pudiera estar en esa lista –comenta Weidermann–. Cuando escuchó su nombre, pensó que le habían confundido con un autor que se apellidaba como él y que era pacifista y comunista. Intentó deshacer el entuerto. No se dio cuenta de que aquella lista ni siquiera estaba confeccionada a propósito. Tres o cuatro días antes, los que impulsaron esa quema repararon en que no tenían elaborada una lista y escogieron una por azar, que tenía alguien. Una clasificación personal entre buenos y malos escritores alemanes. Intentó aclarar que era judío, pero que no desempeñaba de judío. Pero fue Joseph Roth quien le señaló: «A los nazis, el hecho de que seas un judío no practicante apenas les importa para decidir a quién queman y a quién no». Weidermann ha estudiado muy bien la quema de Berlín. De hecho, a él se debe la recuperación de una obra que parecía destruida para siempre: «Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump» –publicado en España por Impedimenta–. Esta obra había permanecido perdida durante décadas hasta que la localizó. «La consecuencia de la quema de libros es que muchos autores, muy buenos entonces, clásicos, ya no están en la memoria de los alemanes. Sus obras son accesibles, pero se han extinguido en el recuerdo de la gente».

La consecuencia de aquel hecho fue la fuga del país de un montón de literatos: «En realidad, esa quema de libros demuestra el miedo que tienen los del poder a la letra escrita. Por eso intentan que se vayan estos autores. Hoy parece que la postura de estos intelectuales es inútil, pero, para mí, son héroes: usan la pluma y el lápiz para luchar contra las armas; los libros contra un régimen totalitario. Aunque no sirva de nada, mantienen la fe en la cultura para sostener una utopía: lo que vaya a venir en el futuro».

–¿Parece que Roth intuía mejor que Zweig lo que iba a suceder?

–En cuanto los nazis toman el poder, Roth sabe lo que va a ocurrir, que todo desembocará en una guerra, que se perseguirá a los judíos, que no se editarán a determinados escritores. Roth no está predispuesto a aceptar ninguna clase de compromiso con ellos. En el fondo, a pesar de estar inmerso en el alcohol, lo que desea es que regrese el viejo imperio. Zweig no es que sea tonto, veía lo que ocurría a su alrededor, pero tenía una gran capacidad para cerrar los ojos para protegerse y no cometer un suicidio antes de tiempo. En el fondo son estrategias diferentes para sobrevivir. Los dos son unos melancólicos utópicos».

Volker Weidermann ha viajado a Ostende. No queda nada. De aquella ciudad, refugio de expatriados, autores sin país, emigrantes relevantes de la alta cultura y la alta burguesía europea, sólo queda el fantasma. Los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial borraron la fisionomía que tenía en aquel verano de 1936, cuando Zweig y Roth volvieron a reunirse y a discutir sus libros, compartiendo ideas, ayudándose mutuamente a culminar sus obras. «La Europa que ellos imaginan fue una ficción. En ellos persiste una idea romántica. Parecía como si al dedicar más poemas a esa idea europea, más posibilidades habría de que existiera, más acercarían su ficción a la realidad». Después de 1945, Europa parecía encaminarse, por fin, a ese unión de naciones, un lugar sin barreras que soñaban estos dos escritores, representantes de una Europa multicultural. Pero la crisis parece dinamitar esos logros. «Hace diez o quince años estábamos en un momento mejor... ahora hemos vuelto a las fronteras, existe menos solidaridad, han resucitado los estereotipos de los países, las naciones se han cerrado. Mal camino. No veo a un político con una visión tan buena de Europa que pudiera convencer a la población de que apoyara esa visión europea. Va a ser difícil recuperar la solidaridad y contrarrestar el egoísmo. Puede que esa tarea sea de los escritores. Necesitamos que narren esa Europa como utopía, con futuro. Debemos recuperar la fe en la cultura y la literatura, luchar para que exista un equilibrio social y nosotros reflexionar para hacer avanzar a Europa».